viernes, 23 de enero de 2026

Taller Escribir literatura I y J: Tarea 1. Cinco cosas que te llamen la atención. Disparador creativo

Las elaboradas mentiras de mi hijo pequeño me alucinan. Por ejemplo, cuando le dije que no se comiera un segundo polvorón y me contestó que venía del futuro, por lo que estaba masticando el mismo polvorón que aún no había abierto en el presente. Incluso se planteó entrar en un bucle temporal e ir a por otro, pero no coló.

Me apenan las fantasiosas ideas que bullen en mi cabeza día y noche y que nunca serán plasmadas en negro sobre blanco por falta de tiempo. Con lo que, tal como vienen, se van.

Que resulte tan fácil vender tu alma por necesidades tecnológicas, creadas artificialmente, me hace reflexionar sobre, si algún día, llegaré a conocer el verdadero precio, sobre mi identidad y capacidad de decisión, de esta total conectividad.

Todas las primaveras, comienza el éxodo de las cucarachas que huyen de los fumigadores de alcantarillas para acabar muriendo aplastadas o gaseadas en mi casa, haciéndome vivir momentos de verdadero asco y terror

Skynet habita en uno de los pasillos de mi escuela. Todos los días le doy los buenos días y eso me contesta en Morse que no se apodera de la humanidad porque no quiere.

jueves, 15 de enero de 2026

Taller Escribir literatura infantil y juvenil: Clase 1

En la literatura juvenil e infantil hay fronteras, pero poco definidas. Lo que de verdad importa son los intereses y capacidades del lector, y no su edad. Pero la clasificación se hace por edades.

-          De 2 ó 3 años a 6. Álbum ilustrado: lo que se escribe está muy entrelazado con las ilustraciones. Por eso, a la hora de escribir hay que tener muy en cuenta la parte gráfica. Ej: Jon Klassen juega con las contradicciones entre sus textos e ilustraciones

-          De 6 a 7 años. Primero lectores. Unas 100 palabras. Son muy cortos porque van destinados a aprender a leer. Ej: Escuela de monstruos o los libros con pictogramas.

-          De 8 a 11 años. Infantil.  Este apartado se suele dividir aún más entre niños con edades comprendidas entre 8 y 10 años como las novelas de Aan Kadabra y Marcus Pokus de Pedro Mañas; y los de entre 10 y 12 años como Los Futbolísimos o El diario de Greg (ambas sagas).

-         A partir de 12 años. Juvenil. Los niños suelen interesarse por la lectura de textos más densos.

Pero, como ya se ha dicho anteriormente, estas líneas no son inamovibles y existen los lectores precoces y tardíos. Cuando un niño tiene mucho interés en un tema en concreto se suele esforzar más en su lectura. Por ejemplo: Dinosaurios.

Dentro de la literatura Juvenil encontramos esta diferenciación.

-          De 12 a 16: Muy complicada de desarrollar porque hay que conocer muy bien sus problemas, intereses y a qué temas le dan más importancia. Conectar con el lector es fundamental.

-          De 15 a 16: el límite es aún más difuso. Un ejemplo claro de esto es El guardián entre el centeno. Hay quien los mete en literatura juvenil y quien lo estima como literatura adulta. Muchas veces, el que lo escribe no decide que sea literatura juvenil. Es el propio público el que lo acoge con entusiasmo y le hace ganar esa etiqueta. Por ejemplo: el señor de los anillos. Otros libros con límites muy difusos son El principito y El niño del pijama de rayas.

Para escribir una novel es necesario aprender muchas técnicas que han ido surgiendo desde la poética de Aristóteles, siguiendo la estructura y estilos de muchos autores, pasando por los guiones de Hollywood y muchos más estilos y géneros hasta nuestros días.

Hay que construir con mucho cuidado a los personajes (con especial cuidado en los protagonistas y antagonistas), el ritmo, los diálogos (deben parecer naturales, pero no deben trascribir conversaciones reales porque serían ilegibles), temas (qué queremos tratar y cómo), puntos de giro, paradigmas…

En la literatura infantil y juvenil se pueden tratar todos los temas. Lo importante es el enfoque que se le da. Este tipo de libros se leen muy rápido y son fáciles de descubrir y estudiar. Como escritores, tenemos que acercarnos a los libros de otra forma más analítica y no como lectores, buscando tan sólo el ocio y el entretenimiento. Nosotros leemos para aprender y mejorar. Un escritor no sólo lee, también desmonta el libro para descubrir sus errores y aciertos. La lectura para los escritores es un ejercicio. Leemos con más responsabilidad, desgranando elementos.

Los niños son lectores muy exigentes. No hacen el ejercicio de continuar y dar otra oportunidad. En cuanto les aburre lo más mínimo, cierran el libro y a otra cosa.

La literatura infantil y juvenil no es más fácil ni más difícil que la de adultos, sólo tiene potras reglas.

La literatura infantil y juvenil no tiene por qué estar protagonizada siempre por un niño. Que el protagonista sea un niño no convierte automáticamente nuestra historia en literatura infantil y juvenil.

El respeto a la hora de hablar de literatura infantil y juvenil es importante. Hace años, Barco de Vapor era la única oferta de este tipo de literatura que encontrabas en el mercado español. Esto ha cambiado muchísimo. La mayoría de las editoriales le han hecho un hueco a este tipo de literatura y ha habido un impulso gigante a autores españoles.

En Inglaterra, por ejemplo, ya había una industria muy fuerte alrededor de este tipo de literatura, pero en España tardó mucho más. Las editoriales empezaron a poner el foco en este tipo de literatura cuando empezaron a surgir autores españoles potentes.

Dentro de este tipo de literatura es relativamente fácil publicar, porque existe una demanda mucho mayor que la oferta. Además, al niño le interesa más el libro que el autor, no como los adultos. Les da igual que se lo firmen o conocer al autor, ellos sólo suelen querer tener el libro para leerlo.

La lectura atenta de obras de literatura infantil y juvenil nos puede inspirar por eso deberíamos diseccionar las obras que leamos. Este tipo de literatura no está preparada para moralejas o paradigmas. Esto ha funcionado en el pasado porque los niños no tenían tantos recursos a su disposición de forma inmediata. Los niños no leen para aprender, sino para divertirse. Si no les divierte, cierran el libro. Así que el objetivo ha variado y ya no tiene el componente educativo, sino únicamente el de entretener.

Debemos tratar a los niños en su figura como lectores con respeto y escuchar sus intereses y problemas. Aunque a nosotros nos puedan parecer sin importancia, para ellos, sus problemas son enormes y quieren leer sobre ellos con el respeto y la importancia que ellos estiman que merecen para que se sientan identificados y poder acercarnos a ellos.

Hay que bajar la mirada para acercarnos a sus preocupaciones e intereses.

Otro aspecto a tener en cuenta es que los niños tienen una comprensión limitada de lo que leen, que no siempre es la misma porque estamos hablando de una gran diversidad de lectores con diferentes niveles cognitivos y habilidades adquiridas.

Por otro lado, es la única literatura en la que existe la figura de un mediador, ya que son los padres los que compran los libros, con lo que influyen en la elección.

Los guiños a los adultos no suelen funcionar en este tipo de literatura. Los niños se suelen dar cuenta y no les sienta muy bien.

Hay que perseguir la naturalidad de la prosa y que los diálogos suenen a cómo se habla en la franja de edad a la que nos dirigimos, pero sin ser lenguaje oral transcrito porque eso es infumable para un lector.

Hay que aceptar la fantasía del mundo de los niños. En su mundo no operan las mismas reglas que en el de los adultos. En su mundo opera la magia y los sueños de futuro.

La literatura infantil y juvenil se apoya en el concepto técnico que se llama “acción continua”. Si nos detenemos a hacer descripciones larguísimas, el niño se aburre y cierra el libro. Tienen que suceder cosas todo el rato sin parar. Por un lado, es divertido, pero escribir tanta acción continuada es complicado porque tenemos que contemplar todas las causas y efectos de esas acciones constantes.

En la literatura infantil y juvenil todo está bien y hay que deja fuera la vergüenza.

En este tipo de literatura existen las series, las sagas y los libros auto conclusivos.

Las series son aquellas que empiezan con un libro, pero que la historia no continúa en el siguiente libro, sino que son diferentes historias con los mismos personajes. No hace falta leerse el resto de los libros para entender uno de ellos, ni empezar por el primero, aunque éste suele estar bien tenerlo siempre en cuenta porque suele incluir la presentación de los personajes principales, que pueden ir variando un poco en cada libro con desaparición de algún personaje o aparición de alguno nuevo. Las historias se renuevan en cada libro. Los personajes crecen. Las tramas son individuales. Ej: Ana Kadabra y Los futbolísimos.

Las sagas son aquellos en los que hay una continuación de la historia y hay que leerla en el orden indicado. Por ejemplo: Harry Potter. Hay evolución de los personajes y tiene una dificultad técnica muy grande para sus autores a la hora de escribirlos, ya que hay que tener muy claro el esquema general de toda la saga.

Los libros auto conclusivos son aquellos con personajes que nacen y mueren con la primera y la última página del libro. Ej: el pequeño conejo blanco.

En los libros ilustrados lo mejor es que el escritor y el ilustrador sean la misma persona. En caso contrario, que al menos se entiendan muy bien como es el caso de Roald Dahl y Quentin Blake.

Una sinopsis en el mundo editorial es un resumen de la historia que explica quién es el protagonista, qué otros personajes participan en los hechos narrados, qué sucesos tienen lugar, dónde y cuándo. Se cuenta el final porque es un elemento de trabajo del escritor no destinado al lector final. La extensión varía dependiendo en qué punto estemos de la novela. Si estamos al inicio suele ser de media página o una página.

Para presentar una novela a un editor:

1-     Te presentas junto con tu motivación para escribir (Biografía)

2-     Sinopsis

3-     Fragmento de la obra para que vean tu estilo.

La sinopsis nos ayuda a situarnos y organizarnos.

Qué es el logline o concepto: La definición de la historia/novela en el que se explica su peculiaridad, cual es el protagonista y cual es el conflicto en dos frases. En definitiva: de que va la novela.

Análisis de inicios:

Las brujas, Roald Dahl

Texto, Carta

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Texto

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Entre las claves de su éxito está la maravillosa manera de activar el miedo del lector, al que se dirige directamente, convirtiéndolo en parte de la historia. Hay un “nosotros” en esta historia. Trabaja mucho con la exageración y el humor negro. Empieza con frases muy largas y las va acortando para jugar con el ritmo narrativo y la tensión (las frases cortas y los puntos aceleran el ritmo y las frases largas y las comas los ralentizan). Juega con las contradicciones: lo que dice en la primera frase, lo desmiente en la segunda indicando que “este libro no va de eso”. Busca llamar la atención. Señala la rutina de los niños con elementos reconocibles para ellos para despertar su empatía y complicidad (ej: las fresas con nata). Elimina con un párrafo muy acertado el miedo a la delincuencia real con la que puede estar relacionado el niño lector ya que, a esos, la policía los atrapa, peor a las brujas, no. Enfoca el miedo a una tercera vía, lejos de esos delincuentes o las brujas de cuento, hacia LAS BRUJAS DE VERDAD. Esas brujas utilizan magia, a pesar de que esté apelando a un contexto realista. El escritor usa la magia como elemento terrorífico y luego vuelve a la realidad del niño con párrafos que parecen sacados de un documental (llenos de datos estadísticos). Juega con el realismo y la exageración.  También utiliza los cliffhangers (algo que se deja sin resolver para enganchar al lector. Mantiene la tensión y la alarga para seguir con ello en el siguiente capítulo, episodio, etc. Nos es tan importante para la trama, como para conseguir enganchar al lector). Cuando ya ha obtenido la atención del lector, se permite bajar el ritmo y hacer las frases más largas y así el lector se convierte en confidente- cómplice. Luego vuelve a dar tensión introduciendo de nuevo frases cortas y vuelve a apelar a la realidad del día a día del niño. Después de este inicio, el lector que ya está dentro necesita continuar la historia. Roald Dahl supo mantener el oído en las problemáticas infantiles y las contaba en sus textos.

 

Manolito Gafotas, Elvira lindo

Texto

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El contexto se sitúa en un escenario español bastante general y amplio que apela a una realidad muy concreta. Destaca la oralidad del protagonista, es el narrador de la historia. Nos explica su visión desde su voz. Su forma de hablar es muy verosímil, pero no realistqa. Si transcribimos como hjablamos serúa horrible de leer. A la hora de escribir hay que reescribis dejando fuera repeticiones e imperfecciones  para salvaguardar el sentido.

¿Los niños hablan así? No. ¿Suenan así? Sí.

La autora juega con los castizo español. Al presentar al mejor amigo juega con una enorme contradicción que pone en relieve la humanidad del portegonista. Ala hora de crear personajes hay que tener en cuenta que los que más gustan son aquellos que tiene contradicciones.

En un texto muy corto, Elvira Lindo presneta al protagosnita, su mejor amigo, al padre y a la madre a un ritmo muy rápido. También presenta el entorno.

Otro acierto de la autora es la reivindicación de lo malo: al protagonista le dolía cuando le llamaban cuatro ojos, pero ahora que tiene mote, convierte Gafotas en su bandera y lo luce con orgullo.

Ejercicio 1: Escribimos sobre 5 cosas que nos hayan llamado la atención: emociones, preocupaciones, personas, situaciones…

Ejercicio 2: Breve sinopsis en leque elegimos tipo de lector por edades y presentamos una idea de historia que debe incluir quién es el protagonista, su edad, qué desea o necesita y cual es el problema inicial que se plantea.

martes, 25 de noviembre de 2025

El kitsch y el mal gusto: tarea 3. Te odio, te amo

Disparador de escritura:

- "Durante la noche oigo la voz de un enemigo temible; al amanecer, esa misma voz es la de mi esposa"


La primera noche que la oí me costó darme cuenta de que hablaba de mí. “Te odio”, susurraba entre gemidos, “Ojalá estuvieras muerto”. Se agitaba entre las sábanas con patente desesperación, dándome accidentales golpes de vez en cuando. Eso fue lo que me despertó, no sus susurros empapados de desprecio. Preocupado le acaricié un brazo, intentando reconfortarla en su sueño. “Te odio, Pablo”, ahí fue cuando escupió mi nombre, salpicando las comisuras de sus labios de gotitas de saliva llenas de rencor.

Me quedé de piedra. La sacudí suavemente hasta que abrió los ojos. “Estabas hablando en sueños”, le dije. “Tuve una pesadilla horrible, cariño”, me aseguró ella, “Menos mal que me has despertado. Me abrazó y volvió a dormirse. No le di importancia. 

Al día siguiente todo trascurrió de forma normal. Me sonreía y me miraba con adoración, como venía siendo habitual. Era imposible que no me amara. Eso pensé.

Pero a la noche siguiente se repitió el episodio, con más violencia. “Te odio”, susurraba mientras lanzaba sus puños al aire. “Cómo te odio”, insistía con vehemencia. La abracé sin despertarla y se tranquilizó.

Al día siguiente comencé a encontrarme mal. Ella se preocupó muchísimo, pero, qué podía decirle. La mujer de la noche y la mujer del día no parecían ser la misma persona. No sabía hasta qué punto dar importancia a sus pesadillas. Después de todo, obedecen al subconsciente. ¿Me amaba? ¿Me odiaba? La observé durante todo el día y no pude advertir ninguna señal que no fuera de cariño y admiración. Lo dejé pasar.

Esa noche volvió a regalarme sus muestras de hostilidad onírica. Y la siguiente, y la siguiente. Su aborrecimiento hacia mi persona crecía cada noche, igual que lo hacía su amor cada mañana. Me planteé consultar a un psicólogo a sus espaldas. No quería preocuparla. La angustia y el insomnio que me producía la situación comenzaban a pasarme factura.

Sus “Te odio” me retumbaban en la cabeza como los martillazos de una obra molesta. Pero esa noche, hubiera dado todo por volver a oírlos de sus labios. “Te mataré”, gruñó, en cambio, con gran hostilidad. “aunque tarde días, semanas, meses o años, pero tengo que verte muerto”. La sangre se me heló en las venas. La preocupación se tornó en algo mucho peor que me retorcía las entrañas. O era otra cosa la que estaba causando estragos en mi estómago.

Le conté mis preocupaciones a mi mejor amigo, pero él se rio en mi cara. “Mírala, está loca por ti”, me aseguró refiriéndose a la mujer que resplandecía entre los invitados a la barbacoa sin apartar su dulce mirada de mí. Dulce y ¿envenenada? Sentí ganas de vomitar y corrí al baño a vaciar las deliciosas chuletas, chorizos y morcillas en la taza del váter. Cuando volví, mi mujer me cuidó solícita. Mi amigo me lanzó una significativa mirada. ¿Quién dudaría del sincero afecto de esta mujer encantadora?

Ya no como en casa. Me invento mil excusas y pretextos para pasar fuera el mayor tiempo posible. Pero sigo encontrándome cada vez peor. Ella está preocupada. Lo noto. Me pregunta qué me pasa, cómo puede ayudarme, por qué la estoy alejando. Le respondo con silencio y, cuando el sol se esconde, aguanto sus insultos, sus amenazas y su rechazo mientras duerme a mi lado. La amo y la temo. Cada noche oigo la voz de un enemigo temible; al amanecer, esa misma voz es la de mi cariñosa y abnegada esposa.


viernes, 21 de noviembre de 2025

El kitsch y el mal gusto: tarea 3. Innovación ritual

 Disparador de escritura:

- "Aprendí a cortarme los dedos con una tijera de podar; dije los dedos, no las uñas"


—Y con Yahoo preguntas aprendí a cortarme los dedos con una tijera de podar; dije los dedos, no las uñas —aclaré, por si acaso.

—Pero ¿por qué estabas buscando cómo cortarte los dedos con una tijera de podar? —me preguntó mi compañero abriendo mucho los ojos.

No se podía negar que había conseguido sorprenderlo.

—Evidentemente, no estaba buscando eso. Estaba buscando como cortar dedos en general. Siempre lo hago mal y me cuesta mucho partir las malditas falanges.

Seccionar los dedos de los sacrificios era la mejor manera de recoger su sangre teñida con lenta agonía. Supuestamente, la mejor tinta para escribir los símbolos y letanías primigenios, pero ¿quién sabe? Los textos que hemos encontrado hasta ahora no son muy precisos o están escritos en lenguas olvidadas o no humanas imposibles de descifrar. Y hay que confesar que, hasta ahora, los resultados han sido cuanto menos decepcionantes.

En los ojos de mi interlocutor se leía una total incomprensión hacia mis palabras. No era de extrañar. No lo consideraba la oveja más lista del rebaño. Por eso mismo lo había elegido para esta conversación. Si podía convencer a alguien para probar el novedoso giro que se me había ocurrido para la ejecución de los rituales, era a él.

—Me alegro de que te hayas decidido a aprender a hacerlo bien, porque dejas todo hecho un desastre cuando te toca a ti —opinó de la forma más desafortunada y ofensiva.

Contuve mi gruñido a tiempo. Ni que él lo hiciera mucho mejor. Bueno, sí. Hay que reconocer que tiene un don para encontrar la articulación y que utiliza la daga con suma pericia. Yo, en cambio, me llevé parte de una de mis yemas en la última invocación. ¡Y pude notarlo! La presencia, una chispa de divinidad y sabiduría infinita. Tan leve, tan mínima, que sólo yo me di cuenta. El resto de los acólitos mostraban la misma cara de decepción de siempre.

Así que investigué. Encontré esa curiosa respuesta en Internet, busqué a su autor y di con el caso de su misteriosa y espeluznante desaparición. Para mí que transcendió de plano. Qué afortunado. Pero ponerme a seccionar mis propias falanges a lo loco no es mi estilo, así que necesito una cobaya que me asegure el éxito.

El problema es que mi cobaya no parecía muy convencida de sumarse al experimento. 

—Piénsalo. A lo mejor, por sacrificio, las escrituras se refieren al nuestro propio y no a los desgraciados que hemos recogido en las calles—argumenté con vehemencia —. Quizá no se trate de que vengan a nosotros, sino de ir nosotros donde están ellos.

Mi interlocutor frunció el ceño, pero me estaba escuchando con interés. Al menos estaba logrando que lo considerara. Sonrió de forma siniestra, como hacemos todos. Es un requisito imprescindible para convertirse en sectario del culto de las Estrellas.

—Me corto un dedo, si te lo cortas tú primero —me propuso con un tonito irritante.

Que cabrón. Pues al final no va a ser tan tonto como parece. Voy a tener que dejarlo en tablas con él. Al menos, por ahora.


miércoles, 19 de noviembre de 2025

El kitsch y el mal gusto: cuarta clase

En la trayectoria del héroe a través de los mitos (tragedia griega), ese héroe estaba por encima de dónde estaba el espectador normal, pero un poquito por debajo de los dioses. El espectador purgaba todos sus males sociales a través de las vivencias del héroe. Es lo que se llama la catarsis final.

En la comedia el personaje principal está a la misma altura que el espectador para que pueda reírse de si mismo. Es un espejo del espectador. En realidad, existe un sufrimiento por parte del espectador, pero se ríe porque no le queda más remedio. Se ríe por no llorar.

Ej: el esperpento de Valle-Inclán.

Para reírse de uno mismo antes hay que reconocer que estás metido en ese fango.

Zombie de Chuck Palahniuk

El planteamiento de este relato se enmarca en la postmodernidad, momento en que se cae la utopía del ser humano ideal. Lo tienen todo, pero se sienten vacíos. No llenan su existencia y se aburren, con lo que caen en el consumismo, drogas recreativas… Surge una autoexigencia de destacar. Hoy en día se vende la idea de las redes sociales de una felicidad que sólo es fachada, pero que es la que triunfa como ventana al mundo.

Palahniuk genera un relato en el que el tono es muy importante, si reconocemos como tono los elementos lingüísticos que dan una determinada entonación en la lingüística. Este autor usa un tono muy directo y ese tono genera la verosimilitud de lo que está contando, aunque sea algo increíble.

Concepto de verosimilitud: Lo que el narrador está contando te tiene que convencer. Tiene que resultarte creíble y que está sucediendo o podría llegar a suceder.

En este cuento, Palahniuk te vende la moto.

Ej. Revolutionary road, película.

En esa época surgen voces femeninas, como las de Sylvia Plath y Anne Sexton, que se revelan ante su destino de madres y amas de casa a través de sus obras, pero acaban suicidándose por sentirse incapaces de vivir en esa sociedad.

Entonces llega la contracultura de los años 60.

No existe una definición definida de tras, es un concepto ambiguo.


El gordo, Raymond Carver

El autor utiliza un estilo de escritura reiterativo (dijo…digo…digo…) que encuentra su reflejo en la respiración con resoplidos del gordo.

El gordo come con ansiedad y gusto, disfrutando. Habla de sí mismo en plural. El narrador te pone en escena con este recurso y hace que te preguntes si se le murió alguien o si le dejó su mujer y se refiere a sí mismo en plural por costumbre. Pero no se profundiza en la figura del gordo, sino en la de la camarera. La historia principal se centra en la relación entre la camarera y su marido. Te planeta cual es la relación entre ambos e, incluso se insinúa una relación extramatrimonial del marido con otra camarera. En el relato se platea si realmente quiere tener hijos con él, si quiere engordar con le embarazo. Todo se lo cuenta a una amiga que no está enterando de nada sobre la reflexión de la protagonista, que la vista del gordo le remueve algo por dentro, pero su amiga se queda sólo con lo anecdótico. Se va presentando al personaje de la camarera a través de la forma como sirve al gordo. Nos damos cuenta de que su relación de pareja está rota y de que está pensando en dejar a su marido.

Este relato no causa repulsión como el de Pollock, es más metafórico, más expresionista.

Ej: Estado de conservación de Raymond Carver

Mecánica popular de Raymond Carver

Su poesía es igual que su narrativa, aunque un poco más metafórica, pero también muy descarnada.

Ej. La Oda a Antonio Machado es en realidad el poema de Raymond Carver titulado Ondas de radio (Radio Waves), que fue escrito en homenaje a Machado. En él, Carver habla directamente con Machado, mencionando la influencia de sus poemas en su vida, cómo lo ayudó a dormir y a pensar, incluso recordándole la importancia de "estar atento" a la vida y a uno mismo.

Carver plantea situaciones cotidianas, prescinde de argumentos complejos. Los diálogos con importantes le interesan las emociones de los personajes. Carver sigue la línea de Chejov.

Sobre la mitad del siglo XIX surge Edgard Allan Poe transformando el relato. Lleva a sus personajes al extremo con finales imprevistos. Escribe sobre cotidianidad tocada por elementos fantásticos. Escribe en perspectiva del final.

A finales del siglo XX, surge Chejov con sus relatos breves en los que da mucha fuerza a los diálogos. No le interesa la complejidad del argumento ni las descripciones largas para crear ambiente. La trama va avanzando a través del diálogo. Le interesa, sobre todo, los personajes: como se perciben y cómo son percibidos.

Chejov también era el maestro de Ernest Hemingway: “Escribo con la teoría del Iceberg. Lo que cuento es la parte de arriba, pero debajo hay muchísima información oculta también muy importante”. Es la teoría de que existe un cuento A, que es el que se cuenta al lector, y un cuento B, que es el que conoce sólo el autor y que es lo que le sirve para montar el primero, que sólo muestra una pequeña parte de un todo mucho mayor.

El narrador lo sabe todo, peor no tiene por qué contar todo.

Carver, en sus relatos, juega con el lector espera que pase algo, que nunca llega a pasar.

La generación de escritores de Carver es la del movimiento de Realismo sucio. Los autores expresan un realismo ensuciado por la propia condición de los personajes. Son obreros. La realidad está sucia por la vida misma. También se les llaman minimalistas americanos porque usan un lenguaje sencillo. No hay adorno en el lenguaje, ni en el estilo. Es directo. La ambientación es muy poca, pero contundente.

Ej: Colinas como elefantes blancos de Ernest Hemingway

Ej. Las once mil vergas (Les Onze Mille Verges), una novela erótica de Guillaume Apollinaire (año1910). Es muy directa y bastante trash. Produjo un gran escándalo. Apollinaire la escribió influido por el Marqués de Sade. Tema: delimitación de lo erótico por tres cosas: obsceno, pornográfico y sexual. Esta distinción existe, pero es muy subjetiva.


Tarea: disparador de escritura:

- "Aprendí a cortarme los dedos con una tijera de podar; dije los dedos, no las uñas"

- "Durante la noche oigo la voz de un enemigo temible; al amanecer, esa misma voz es la de mi esposa"


martes, 11 de noviembre de 2025

El kitsch y el mal gusto: tarea 2 bis. El intruso molesto


Cerré los ojos, por fin. El día había sido largo y necesitaba la salvación, que me traería la bendita inconsciencia del sueño, como agüita de mayo. Me dejé llevar, pero mi hundimiento placentero fue interrumpido por una molestia mínima. Insignificante. Pero totalmente inoportuna.

Pensé que acabaría con ella con un simple rascado en la zona afectada y rasqué, rasqué, rasqué… hasta que emergió la primera gota de sangre. 

Ahora lo que sentía era dolor, aunque, curiosamente, molestaba menos que el irritante picor. Cambié de postura y me dispuse a descansar plácidamente, de nuevo. Un leve dolorcillo no me impediría acudir a mi cita con Morfeo.

Pero, entonces, volví a notar esa terrible picazón. Esta vez en el dorso de la mano.

Armándome de paciencia, froté la zona con la yema de los dedos para evitar otra herida. En vano. Casi sin darme cuenta ya volvía a clavarme las uñas con desespero. 

No acababa de levantarme de nuevo la piel, cuando otro pinchazo en el empeine del pie me sobresaltó. ¡pero qué clase de mosquito puede atravesar un edredón nórdico! Porque no me cabía duda de que mi enemigo era un ridículo, minúsculo, fácilmente aplastable y terriblemente ruidoso mosquito.

Debía de rondarme el oído porque su zumbido se volvió ensordecedor. Di un manotazo a lo loco, que impactó en mi oreja, calentándomela casi al mismo nivel que mi creciente cabreo. El sacrificio habría valido la pena, si hubiera acabado con la vida de ese miserable, pero el zumbido persistía. De hecho, fue en aumento y acabó con un molestísimo pinchazo en la mejilla derecha. Y otro en el brazo. Y en la muñeca. Empezaba a plantearme si me habría convertido en el restaurante de moda de una banda de glotones bebedores de sangre.

Me levanté decidido a poner punto final a la batalla, a la guerra y a lo que hiciera falta, mientras me rascaba compulsivamente, llevándome más piel bajo las uñas.

Salí al pasillo, buscando el arma definitiva. La que me daría una victoria aplastante. De regreso al dormitorio, blandí épicamente el bote de veneno antimosquitos y lo vacié profusamente jurando en arameo. Eso sí, bajito. Que no quería despertar a mi mujer. Siempre se levanta con mucha mala leche y ya lo que me faltaba.

Todo en vano. Un inoportuno ataque de tos la hizo incorporarse y abrir los ojos con tan mala suerte que le acerté de lleno. Pero ¡a quién se le ocurre ponerse delante de un espray antimosquitos!

Sus chillidos me asustaron tanto que solté el bote.

—Pero ¡qué coño haces! —gritó, histérica. 

Me acerqué para ayudarla, pero se movió otra vez de forma imprudente y me metió un codazo directo a la nariz, que me dejó fuera de combate durante unos minutos. Mis juramentos adquirieron un volumen mucho más alto.

La vi avanzar, a tientas, por el pasillo, rumbo al baño, pero no sé qué más haría, porque mi atención se desvió hacia el maldito zumbido, que volvía rondar mi oreja. ¡Y otro picotazo! Deseé tener otro par de brazos para poder llegar a rascarme más zonas de mi cuerpo.

Escuché el agua del grifo del baño correr, entremezclada con los lloriqueos de mi mujer y los improperios e insultos que me estaba dedicando de forma injusta.

—La culpa es del puto mosquito —le aclaré.

—Tú eres gilipollas —aclaró ella.

Qué poco comprensiva. Al menos, ya podía encender la luz sin molestar a nadie y buscar a ese maldito cabrón. Cuando lo pillara, pensaba arrancarles las alas y las patas, una a una, muy lentamente.

Mi mujer salió el baño y pegó otro chillido de esos que hacen añicos los cristales. ¿Y a ésta que le pasaba ahora? Estaba rompiendo mi concentración en la caza del puto bicho. Tenía que reventarlo antes de que acabara desangrándome.

Pero todo pasó a un segundo plano cuando reparé en sus ojos de vampira. Cualquiera diría que le iban estallar en cualquier momento.

—¿Qué te ha pasado? Estas bañado en sangre —me señaló.

Con el fragor de la batalla ni me había dado cuenta de la hemorragia nasal que se había venido a sumar a mis múltiples heridas por rascado furioso.

—Pues tú te pareces a Momo —contrataqué.

—¿La de Michael Ende?

—No, la creepypaste esa que viene a matarte.

—¡Vete a la mierda!

—Donde nos vamos a ir es a urgencias —dictaminé yo mientras comenzaba a ponerme ropa de calle.

Con un poco de suerte, el mosquito se habría muerto de viejo cuando volviéramos.


viernes, 7 de noviembre de 2025

El kitsch y el mal gusto: tarea 2. La felicidad no vende


Se llevó la taza a los labios y bebió en pequeños sorbos, quemándose la lengua. Ardía como el demonio. La depositó frente ella con demasiada fuerza, derramando parte del contenido sobre la cascada mesa de la cafetería, llena de raspones, manchas indefinidas y algunos mensajes y dibujitos obscenos, cortesía de mentes calenturientas de visita reciente.

Un olor a fritanga le revolvió aún más el estómago. Un ramalazo de bilis con sabor a vómito le trepó por la garganta. Bajó el mal trago con otro sorbo de café que le escaldó el esófago. Volvió a colocar la taza frente a ella, esta vez con más éxito. Un sándwich mixto languidecía sobre un plato descascarillado. No sabía por qué lo había pedido si no iba a ser capaz de tragarlo.

Alzó los ojos y lo vio sentado frente a ella; serio, enjuto, todo líneas y vértices. No lo había sentido llegar. Se removió inquieta, despegando los sudorosos muslos desnudos del asiento de plástico.

El desconocido siguió inmóvil y en silencio, frente a ella. Totalmente inexpresivo.

—Oiga —le interpeló, molesta —. Hay mesas libres por allá.

Le hubiera gustado sonar más autoritaria, pero el leve temblor de su voz sugería una personalidad más bien insegura. Quizá, por eso mismo, el desconocido ni se inmutó.

Se llevó una taza de café a los labios y se entretuvo en degustarla sin prestar atención a su interlocutora, que comenzaba a plantearse una huida cobarde.

—Cómo echo de menos un buen café irlandés —se lamentó, apretando la taza entre unas manos grandes y huesudas.

Ella observó con asco la gruesa línea de nata, que se había quedado en el fino labio superior de su impuesto acompañante, que no parecía tener la más mínima intención de limpiarse.

—¿No es justo lo que está bebiendo? —inquirió, arrepintiéndose en el acto de dirigirle la palabra. 

Lo último que quería era llamar la atención de ese sujeto.

—No, esto es sólo una triste descripción de la sombra de un café irlandés —explicó, más para sí mismo que para ella.

Ella torció el gesto y se dispuso a cambiar de mesa.

—Espera, Diana.

Oír su nombre la paralizó en un paso intermedio entre estar sentado y de pie. ¿Cómo lo sabía? ¿Le conocía de algo? Rebuscó en su memoria en vano. Se acordaría de un personaje tan peculiar, que parecía real, pero a la vez no.

» No te vayas —Era una orden.

Una que no quería obedecer, pero aun así se sentó de nuevo.

» Te debo una disculpa.

—¿A mí? —Era lo último que esperaba oír ese día.

—Sí, a ti —confirmó fijando su vista directamente en las dilatadas pupilas de la ajada joven, a la que se le escapó una risita triste. 

Sería la primera vez en la vida que alguien se disculpaba con ella y ni siquiera era capaz de comprender el motivo. Es que no lo había. No conocía de nada a la persona que parecía irradiar un aura de compasión y pena hacia ella por todos sus poros.

Volvió a beber, pero más para ganar tiempo que porque, en realidad, lo deseara. Afortunadamente, el café se había enfriado lo suficiente y no volvió a escaldarse.

—De nada —volvió a hablar el desconocido.

Ella abrió mucho los ojos.

—¿Por? —No pudo evitar preguntar.

—Por enfriar tu café.

No entendía nada, pero tampoco era capaz de levantarse y abandonar el bar.

» Y, perdóname por haberte hecho sufrir así. Por crearte tan patética, débil a las tentaciones y presa de tus inseguridades; por hacer que tus acciones llevaran a tu padre a una muerte prematura, por impulsar a tu exnovio a violarte, por el aborto que has sufrido, por obligarte a meter a tu hermano en las drogas, por empujar las cosas al límite en cada capítulo…

—¡Basta! —chilló saturada y muerta de miedo.

¿Cómo sabía ese tipo todo eso? ¿Qué clase de psicópata acosador había atraído? ¿Por qué no podía salirle nada bien? Ella sólo quería ser feliz.

—La felicidad no vende —aseguró su interlocutor, leyéndole la mente.

La frase lapidaría acabó de romperla.

Miró a su alrededor buscando la ayuda del resto de los parroquianos. A la fuerza tenían que haberse dado cuenta de que necesitaba que la salvaran, pero no había nadie.

Habían desaparecido, junto con el ruido del ambiente, el olor a fritanga y las moscas que revoloteaban cerca de la barra. Incluso la luz de los fluorescentes del techo parecía haberse atenuado.

Un sudor frío recorrió la nudosa espalda.

—¿Quién coño eres? —exigió saber.

—Soy tu creador

—¿Dios?

—No, no soy Dios. Soy el autor. Soy quien se ha inventado tu vida, los conflictos, tus antagonistas y todos los obstáculos que has ido encontrando hasta llegar hasta aquí.

—Mentira —negó en un gemido agónico —. Tendrías que estar muy enfermo para inventarte una vida tan miserable como la mía.

Él se rio abiertamente.

—Qué equivocada estás. Los enfermos son los lectores que siempre piden más drama, más tragedia, más agonía… Les encanta sufrir.

Diana notó como algo se rompía en su cabeza.

—¿Me estás diciendo que no existo de verdad?

—Sólo entre mis páginas.

—Entonces, si hago esto, ¿no está sucediendo en realidad?

Veloz como el rayo, agarró el cuchillo, que le habían colocado junto al plato, y se lo clavó con todas sus fuerzas en el ojo. El globo ocular reventó con el sonido de una ventosa, cuando se despega de una superficie, y un líquido viscoso se deslizó por la mejilla del desconocido.

—Exacto —le explicó él, armándose de paciencia —. Ni siquiera me duele.

Dana sacó el cuchillo de la cuenca y lo clavó en la mano que el sujeto tenía sobre la mesa.

—¿Esto tampoco te duele?

Él negó con un movimiento de cabeza.

—Entonces, ¿no te importará que continúe? —chilló desquiciada mientras sacaba y hundía el cuchillo en varios puntos del cuerpo del extraño, haciendo brotar chorros de sangre con mayor o menor grado de presión, dependiendo de lo cercana que estuviera la herida del corazón.

El arma improvisada se le acabó resbalando de entre los dedos y Diana recurrió a sus dientes, desgarrando piel y carne con cada dentellada. Sentada ya a horcajadas en el regazo de su oponente, la emprendió sin piedad con la cara, cuello y hombros del autoproclamado autor.

El regusto metálico y la textura de los trozos de carne, que iba escupiendo al mismo ritmo que los arrancaba, acabó por producirle unas violentas arcadas, que desembocaron en un ridículo vómito, propio de un estómago vacío. Se arrepintió de no haberse comido el sándwich mixto para poder vomitárselo en la cara a ese ser cruel que venía a decirle que todo lo que le había pasado en su vida había salido directamente de su imaginación.

El hombre no se resistía a sus ataques y la dejaba hacer con su único ojo fijo en ella. De todas maneras, ya no podría decirle más barbaridades. Le había cercenado un buen trozo de lengua con sus incisivos. El rugoso apéndice se le quedó atascado en la garganta.

El ahogo la despertó en un desesperado intento por respirar, pero ya era tarde. No era lengua lo que le obstruía las vías, sino su propio vómito.

Murió miserablemente, igual que vivió. Y la historia de su vida ni siquiera llegó a las librerías.

El autor borró la novela de su disco duro porque no acababa de convencerle la construcción de su personaje protagonista.