Disparador de escritura:
- "Durante la noche oigo la voz de un enemigo temible; al amanecer, esa misma voz es la de mi esposa"
La primera noche que la oí me costó darme cuenta de que hablaba de mí. “Te odio”, susurraba entre gemidos, “Ojalá estuvieras muerto”. Se agitaba entre las sábanas con patente desesperación, dándome accidentales golpes de vez en cuando. Eso fue lo que me despertó, no sus susurros empapados de desprecio. Preocupado le acaricié un brazo, intentando reconfortarla en su sueño. “Te odio, Pablo”, ahí fue cuando escupió mi nombre, salpicando las comisuras de sus labios de gotitas de saliva llenas de rencor.
Me quedé de piedra. La sacudí suavemente hasta que abrió los ojos. “Estabas hablando en sueños”, le dije. “Tuve una pesadilla horrible, cariño”, me aseguró ella, “Menos mal que me has despertado. Me abrazó y volvió a dormirse. No le di importancia.
Al día siguiente todo trascurrió de forma normal. Me sonreía y me miraba con adoración, como venía siendo habitual. Era imposible que no me amara. Eso pensé.
Pero a la noche siguiente se repitió el episodio, con más violencia. “Te odio”, susurraba mientras lanzaba sus puños al aire. “Cómo te odio”, insistía con vehemencia. La abracé sin despertarla y se tranquilizó.
Al día siguiente comencé a encontrarme mal. Ella se preocupó muchísimo, pero, qué podía decirle. La mujer de la noche y la mujer del día no parecían ser la misma persona. No sabía hasta qué punto dar importancia a sus pesadillas. Después de todo, obedecen al subconsciente. ¿Me amaba? ¿Me odiaba? La observé durante todo el día y no pude advertir ninguna señal que no fuera de cariño y admiración. Lo dejé pasar.
Esa noche volvió a regalarme sus muestras de hostilidad onírica. Y la siguiente, y la siguiente. Su aborrecimiento hacia mi persona crecía cada noche, igual que lo hacía su amor cada mañana. Me planteé consultar a un psicólogo a sus espaldas. No quería preocuparla. La angustia y el insomnio que me producía la situación comenzaban a pasarme factura.
Sus “Te odio” me retumbaban en la cabeza como los martillazos de una obra molesta. Pero esa noche, hubiera dado todo por volver a oírlos de sus labios. “Te mataré”, gruñó, en cambio, con gran hostilidad. “aunque tarde días, semanas, meses o años, pero tengo que verte muerto”. La sangre se me heló en las venas. La preocupación se tornó en algo mucho peor que me retorcía las entrañas. O era otra cosa la que estaba causando estragos en mi estómago.
Le conté mis preocupaciones a mi mejor amigo, pero él se rio en mi cara. “Mírala, está loca por ti”, me aseguró refiriéndose a la mujer que resplandecía entre los invitados a la barbacoa sin apartar su dulce mirada de mí. Dulce y ¿envenenada? Sentí ganas de vomitar y corrí al baño a vaciar las deliciosas chuletas, chorizos y morcillas en la taza del váter. Cuando volví, mi mujer me cuidó solícita. Mi amigo me lanzó una significativa mirada. ¿Quién dudaría del sincero afecto de esta mujer encantadora?
Ya no como en casa. Me invento mil excusas y pretextos para pasar fuera el mayor tiempo posible. Pero sigo encontrándome cada vez peor. Ella está preocupada. Lo noto. Me pregunta qué me pasa, cómo puede ayudarme, por qué la estoy alejando. Le respondo con silencio y, cuando el sol se esconde, aguanto sus insultos, sus amenazas y su rechazo mientras duerme a mi lado. La amo y la temo. Cada noche oigo la voz de un enemigo temible; al amanecer, esa misma voz es la de mi cariñosa y abnegada esposa.

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