domingo, 4 de septiembre de 2022

La suerte está en la bolsa


Los sueños no la dejaban en paz. Se metían en cada recoveco de su mente y parecían llenarlo todo. Empezaron hace escasamente una semana y cada noche empeoraban. La certeza de que la estaban envenenando como la ponzoña que se respira por las calles de Arkham, sumaban urgencia a la misión autoimpuesta de Diana Stanley, pequeña emprendedora que tomó una de las peores decisiones de su vida en busca de la prosperidad de su pequeño negocio. Su camino la llevó de la Liga de las mujeres, la Cámara de Comercio y la Sociedad Histórica a unirse a las filas de La Logia del Crepúsculo de Plata, un club muy exclusivo al que sólo unos pocos privilegiados tenían acceso. Privilegiados… o condenados, depende de cómo se mire. En ese momento, la mujer, con el miedo reflejado en sus ojos y de movimientos nerviosos, se decantaba más por lo segundo. Condenados a conocer la horrible verdad y vivir con ella… y, en su caso, luchar en su contra desde las sombras. Sabe que ha sellado su destino desde el mismo momento en que cruzó las puertas de la mansión de Carl Sanford soñando con la grandeza y la fortuna. Quería triunfar, sí. Pero no a ese precio. El de la sangre y la cordura. No hay vuelta atrás ni tiempo para lamentarse. Tiempo es lo que menos tiene. Siente como se escapa de entre sus dedos como la fina arena de una playa paradisíaca. Inexorable e implacable. Haciendo que el plan avance demasiado rápido.

Ha sido testigo de tanto terribles secretos… Forma parte, para su desgracia, de un organigrama dantesco que manipula los hilos de la realidad y traspasa las fronteras de la mísera existencia humana. Hay cosas que no deben ser llamadas. Hay presencias que es mejor dejar dormir…

Diana no está sola. En su desesperación cruzó su camino con alguien que logró comprenderla demasiado bien, la sicóloga Carolyn Fern, también atrapada por la misma pesadilla que tejía sus insidiosas telarañas de locura en múltiples frentes. A menos, ellas habían unido fuerzas para desbaratar los planes de la logia.

La pequeña figura de la mujer de ciencia apareció ante la temerosa empresaria una tarde gris y pesada, una de tantas en Arkham, la ciudad de las sombras y los secretos innombrables. Se subió las gafas con nerviosismo y fue directa al grano sin perderse en grandes discursos. La habló de Malachi, el paciente que cambió su vida para siempre, y de las pesadillas que lo llevaron a su trágico final, ensartado en uno de los oníricos cuchillos que salieron de su tenebrosa imaginación de perturbado. Fue la señal que necesitaba para tomar la decisión final de unirse a la sicóloga y traicionar a los suyos.

Las pistas que habían ido recabando gracias a la magnífica capacidad de deducción de Carolyn las había llevado hasta ese punto de no retorno. Casi podían acariciar la victoria con las puntas de los dedos, pero unas criaturas hechas de niebla y miedo les habían cortado el paso. Habían pasado por mucho sufrimiento y estaban a las puertas de truncar el infame ritual que había puesto en marcha la logia por un precio demasiado alto.

La sectaria redimida se aprestó a lanzar la consunción concentrando todas sus energías en un solo punto. En su mente se formaron claramente seis símbolos con forma de cabeza. Sonrió satisfecha. Debería ser suficiente contra la horrible aparición. Susurró el hechizo preparándose para pagar el precio por usar conocimientos prohibidos. Sólo esperaba que no fuera demasiado alto. Una imagen de dos tentáculos que se juntan por sus puntas formando un macabro corazón estalló en el aire. Diana miró horrorizada la imagen mientras se iba disipando poco a poco. El engendro rió emitiendo unos sonidos ininteligibles que parecieron desgarrarle el alma a la investigadora. “Maldita suerte” fue su último pensamiento antes de caer en los abismos de la locura. Desde un lugar muy lejano, más allá de nuestra realidad, se oyó una tormenta de terribles juramentos: “Me cago en todo. Puñetera bolsa de caos. Es la última vez que voy con un místico. Me vuelvo a los guardianes para reventar a puños….”

Tony sacó su inseparable colt de calibre 38 de cañón largo, apuntó a esa cosa que se arrastraba hacia él haciendo inquietantes ruiditos de succión y, sin perder la calma, hizo detonar el percutor reventándole la puta cabeza. No tuvo tanta suerte con la criatura informe que apareció en algún punto impreciso tras su espalda. Carolyn no tenía ninguna oportunidad contra el purulento ser y no se lo pensó dos veces antes de intentar desistir y dejar a su compañero a su suerte. Una pena que otro engendro cuya existencia parecía imposible la estuviera esperando por el camino.

De todas formas, habían llegado tarde. Todas las pistas apuntaban a esa ubicación en concreto como lugar de reunión de los acólitos para llevar a cabo su terrible rito, pero, cuando por fin aparecieron en la misteriosa propiedad, sólo encontraron extraños símbolos en todas y cada una de las paredes y ese cadáver deforme, que parecía haber sufrido horrores innombrables hasta su último aliento. No querían ni imaginárselo. Pues ellos mismo habían tenido que presenciar fenómenos imposibles y enfrentarse a criaturas descarnadas en cuya presencia otros, con menos entrenamiento que ellos, no hubieran podido aguantar ni dos minutos sin caer en los abismos de la locura.

El camino hasta allí había sido difícil y habían pagado el precio con buena parte de su cordura, pero no podían abandonar ahora. Debían seguir intentando salvar nuestra realidad a toda costa. Una de ellos arrastraría un trauma mental hasta el día de su muerte, que probablemente sería pronto si se quedaban de brazos cruzados y la suerte volvía a darle la espalda. Y el otro se había ganado esos dolores delirantes que le hacían cojear en los momentos más inoportunos. Nada de eso les iba a parar. Se jugaban mucho.

Tenían claro que en la mansión, que antes fuera guarida de la cofradía, había comenzado algo terrible que había que parar a toda costa.

Un resplandor inquietante inundó el cielo. Nadie podría describir su color. No parecía de este mundo. Debían darse prisa o la realidad tal y como la conocían empezaría a resquebrajarse. No habría salvación para nadie.

— “Venga coge una ficha de la bolsa del caos… Maldito traidorrr.. ejem ejem”

— “¿Que querías que hiciera? Si estas en las últimas. Y va y me aparece ese pedazo de bicho. Miedo me da coger ficha…”

— “Abandonar es de cobardes. Venga. No seas pesado. Que sea lo que dios quiera”

— “Es que ni con tu guardián potente nos pasamos este escenario. Mira que eres de ideas fijas. Yo creo que con Diana nos hubiera ido mejor…”

— “¡Ni me la nombres! Parecía fácil eso de acumular cabezas y una mierda pa’mí. De todas, formas estamos jodidos otra vez. Para qué seguir sufriendo.”

— “Que no, que todo puede cambiar. Venga que me huelo un éxito. Lo huelo, lo huelo…”


sábado, 3 de septiembre de 2022

El inquilino de arriba



Me duele la cabeza. No es de extrañar. Hace muchos días que no logro dormir bien. No soy una persona impresionable, pero tras la desgracia del inquilino del piso de arriba no he vuelto a ser el mismo. Los rumores apuntan a que fue víctima de un crimen horrible. Las fuerzas de seguridad y sanidad que se vieron involucradas en el caso se vieron afectadas hasta tal punto que cuentan que se han retirado de la vida social para poder recuperarse del dantesco espectáculo que se vieron obligados a presenciar. ¡Exageraciones y chismes! Yo soy un hombre de ciencia muy poco dado a prestar oídos a palabras necias, pero nadie puede controlar su subconsciente y está visto que el mío ha decidido rebelarse contra mí hacia fantásticas ilusiones sin sentido.

En cuanto cierro los ojos comienzan a desfilar ante mí aberraciones humanoides revestidas de pieles escamosas, que recuerdan ligeramente a figuras marinas. Se mueven con andares torpes, pero decididos por las dependencias de una casa muy parecida a la mía, pero, a la vez, muy diferente. Sus ojos inexpresivos resbalan sobre mí como si no me vieran. Unos cánticos extraños, que parecen no provenir de sus labios inertes, llenan mis oídos y se cuelan en mi cerebro produciéndome un agudo dolor que va in crescendo hasta que me despierto presa del terror y envuelto en mi propio sudor.

Curiosamente, los somníferos que yo mismo me he recetado, lejos de darme alivio, amplifican estas pesadillas sin sentido. Tan realistas ya, que hasta me parece percibir un olor a agua y sal mezclado con algo más nauseabundo que no soy capaz de identificar.

Esta situación está afectando a mi pensamiento lógico. La falta de descanso puede acabar con la cordura de cualquiera. La desesperación me ha llevado a pensar en algo que, normalmente, me parecería ridículo, pero a situaciones desesperadas, medidas desesperadas. Estoy decidido a allanar la morada de mi antiguo inquilino para intentar conjurar a mis demonios. Si ha sido este episodio el que me ha sugestionado hasta tal punto, seguramente visitar el lugar de los hechos calmará a mi subconsciente y por fin podré dormir tranquilo. ¡Ah! Una noche sin sueños es lo único que ansío ahora.

Saco la llave del piso de arriba, puesto que al ser yo el dueño del edificio conservo llave de todas las dependencias en uno de los cajones de mi escritorio, y subo las elegantes escaleras de madera hasta la puerta de la víctima. En cuanto vea sus estancias envueltas en la normalidad de una realidad sin extraños monstruos ni espíritus, mi alma recuperará la paz. Es una cuestión científica el hecho de que enfrentarnos a nuestros traumas ayuda al cerebro a procesar mejor los estímulos.

Me cuesta un poco abrir. La puerta está ligeramente atascada. El inquilino tendría que haberme dado un aviso, pero tampoco me extraña mucho que no lo hiciera. Apenas salía de su morada y gozaba de un carácter silencioso y huraño que lo hacía blanco de un sinfín de estúpidos rumores a los que nunca presté oídos. Algo de lo que me arrepentí nada más traspasar el umbral de su puerta. Hubiera sido de ayuda saber algo más del misterioso habitante del piso de arriba.

Lo primero que sentí fue ese olor a mar putrefacto de mis sueños. Así que eso es lo que me estaba sugestionando durante mi sueño. Seguramente, se colaba por mi ventana hasta mis fosas nasales y ayudaba a mi mente a formar los horrores de mis pesadillas. Con un sigilo innecesario, ya que sabía de buena tinta que nadie moraba ya en esa casa, me introduje en el salón, observando cada detalle. El inquilino tenía un gusto extraño y rocambolesco para la decoración. Rayando en el mal gusto y acariciando los límites de una locura oscura e imprecisa. Pero, evidentemente, el aspecto tétrico y oscuro de las estancias no me amedrentó en absoluto. El miedo es un sentimiento irracional. Mis ojos percibían extraños movimientos en las sombras de la habitación, pero mi cerebro no se dejaba engañar por esas meras ilusiones. Así que seguí adelante, curioseando estantes y cajones. Al fin y al cabo, ¿quién iba a quejarse de mi intromisión?

Entonces mis ojos chocaron con un objeto bastante común, pero que, curiosamente, despertaba mi atención. Se trataba de un libro con tapas amarillas que descansaba en una de las mesitas del salón. Lo tomé despreocupadamente con más curiosidad de la que quería admitir. Nada más cogerlo mi corazón comenzó a acelerarse sin ningún motivo aparente.

A medida que pasaba las páginas, las palabras parecían cobrar vida propia y taladrarme más allá de mi consciencia. Algo extraño ocurría a mí alrededor. Algo que no se podía describir con simples palabras. Era como si la realidad se estremeciera y comenzara a tambalearse y a hacerse jirones. Detrás de cada desgarro lograba intuir, más que ver, horrores innombrables que mi cerebro se negaba a aceptar.

Todo mi cuerpo pedía a gritos que soltara el libro, pero mi voluntad se resistía obligándome a pasar una página tras otra, hasta llegar a la última, en la que algo terrible me devolvió la mirada. Sentí como mi cerebro estallaba en pedazos para volver a juntarse de cualquier manera. Mis pensamientos se entremezclaron con palabras irreconocibles imposibles de pronunciar por gargantas humanas y me sentí impulsado por un espacio infinito que escapaba a los límites de la cordura.

De repente, todo estalló en pedazos y me sumí en la oscuridad. Cuando volví en mí, me encontraba en el salón de mi inquilino, tal y como me lo había encontrado al entrar, excepto porque el libro había desaparecido.

Temblando incontrolablemente volví como pude a mis habitaciones. Y nunca he vuelto a salir de ellas. Me paso las horas escribiendo y escribiendo. Tratando inútilmente de poner en palabras mi horrible experiencia. Piensan que he perdido la razón. Y probablemente no se equivocan. De lo que sí estoy seguro es que esas cosas, que se mueven en las sombras de mi casa, son reales y vendrán algún día a por mi alma. No vale la pena intentar escapar. No existe rincón en este mundo en el que pueda ocultarme de ellas. Ruego que vengan a buscarme y acaben con este insoportable sufrimiento. Espero que mis escritos ayuden a la humanidad a entender los horrores innombrables que les acechan sin que ni siquiera lo sospechen.


jueves, 1 de septiembre de 2022

La traición



“¿Y dices que mi cliente está pasando esa puerta?” 

“Eso mismo.” 

“Que currada con todas esas mierdas místicas. Si me pide cosas muy raritas me piro. Eeeh.” 

“Eso no va a pasar. Vamos, entra ya.”

La demacrada chica se tomó su tiempo, pero finalmente cruzó el portal echándome una última mirada de desconfianza. ¿Devorar su alma entraría dentro de lo que ella consideraba cosas raritas? 

No tardé mucho en escuchar una voz siseante que parecía llegar de todos lados a la vez, “Te dije que no quería más putas.”

Cómo si hubiera tanto dónde elegir.

“Pues era eso o nada.”

“A lo mejor tendría que salir yo a buscar, a lo mejor podría arreglarme con tu pobre y asquerosa alma.”

“Vale, vale, ya lo pillo.”, me di la vuelta para pirarme, pero la voz volvió a retumbar en mis oídos.

“¿Te vas ya? ¿Así? ¿Tan frío?”, dudé un poco antes de volver sobre mis pasos y atravesar el portal con cara de pocos amigos.

Qué le voy a hacer. Esa puta asquerosa me tiene en sus manos. Cómo si pudiera negarme.

-

Si me bebo otra estoy seguro de que me ahogaré en este whisky aguado, pero me da igual. Jajaja. Como si tuviera algo que perder. La consciencia. Estaría bien. Podría empezar por perder la consciencia. Voy camino de ello. Jajaja.

Antes de verla, la olí. Se sentó en la banqueta de al lado, pero la ignoré deliberadamente. Lo último que quería era conversación. Seguimos así un rato más, pero no se iba. Notaba sus ojos fijos en mí, pero yo seguía a lo mío, cada vez con más torpeza, he de confesar. Ya no sé quien bebía más. Mi camisa o yo. Jejejeje.

“Sé lo que escondes” Pfffff, ¿eeeeh? La miré, ¿Qué dice ésta? ¡Vaya! Y estaba buena. ¿Era el alcohol o parecía brillar la cabrona? Mi polla hizo un amago de levantamiento, pero no. Ahí se quedó la pobre más ebria de alcohol que de sangre bombeante. Sí que estaba buena.

Y entonces todo se volvió oscuro.

-

Abrí los ojos con mucho esfuerzo. Me sentía como si mil enanos picaran sobre mi cabeza. 

"Bienvenido al mundo de la vigilia... Riot el Grande.” 

"Lo de grande me queda muy grande.", grazne con risa amarga. Pretendía ser gracioso. Lo juro. Pero la beldad que se alzaba ante mí, en el cuartucho de la taberna, me observaba con la mirada cargada de censura. Ahora no me parecía brillante ni nada de eso. Pero seguía estando buena. 

“Soy Tria, se presentó, con gesto impaciente, hechicera caza demonios.” 

Oooh, que impresionante. Ni siquiera moví un musculo de la cara. Nos quedamos un buen rato en silencio. Sólo mirándonos. Y yo aproveché para tomarle las medidas. Me encanta la ropa ultraestrecha que suelen vestir estas hechiceras guerreras. Evitan agarres inoportunos en la batalla y no dejan nada a la imaginación.

Como yo no decía nada, prosiguió con su discurso. 

“Lo sé todo sobre ti. “

Eso era mucho decir. 

“Conozco tu fulgurante carrera militar y tu caída a los infiernos…”

No lo sabía ella bien. 

“Cuando conociste a Elisistar.” 

Joder, pues a lo mejor sí que lo sabía. Me puse en alerta.

“Tranquilo, puedes confiar en mí. Soy la persona que va a conseguir tu libertad”, me aseguró mientras un fulgor de orgullo asomaba a sus ojos azules. Algo se removió en mi interior y me hizo sentir un poco incómodo.

Estuvimos charlando mucho tiempo. Era tan enérgica, como impulsiva. Tan joven… Daba gusta verla en su papel de salvadora convencida. 

Me prometió tantas cosas con voz dulce y ademanes sugerentes… Que casi me sentí transportado a otros tiempos. Otros en los que yo también era joven e impulsivo y me movía por el honor.

Al final me fui de su habitación con la promesa de que la recibiría en mi cochambroso hogar al día al siguiente.

….

Me lo había currado muchísimo para dar un aspecto presentable a mi pocilga. Hasta había comprado telas de esas que les gustan a las mujeres, con colorines y bordados. Y los había colgado por todas partes ocultando las ajadas paredes y puertas.

Ahí estaba Tría, contándome su plan para hacer salir a Elisistar de su cubil y acabar con ella, aprovechando que así perdería todo su poder. No podía menos que admirar su inteligencia y creo que pasé más tiempo preso de su expresión decidida que escuchándola activamente. Vaaale, alguna vez se me cayó la vista a las tetas. ¿Y qué? Pero no se dio cuenta. Quería aparentar para ella el caballero que una vez fui.

“Perdona, necesito ir al baño. ¿Te importa indicarme dónde está?”, interrumpió mi línea de pensamiento.

“Claro. Está ahí. Tras la puerta entelada de rojo”, La hechicera no perdió mucho tiempo admirando la belleza de la tela, con la de monedas que me había costado. Entró apresuradamente acuciada por su necesidad fisiológica.

No tardé mucho en escuchar una conocida voz muy cerca de mi oído.

“Te has superado. Estaba deliciosa. Ven a recibir tu premio”.

Una sonrisa ladeada apareció en mi rostro. Me dirigí al portal oculto con telas rojas.

Vale. Es una jodida demonio sin sentimientos ni corazón, pero, qué le voy a hacer, nadie elige de quien se enamora. ¿Verdad?


sábado, 25 de diciembre de 2021

El caldo de Navidad


El frío se cuela hasta mis huesos. Mal día para perderse en una montaña sin cobertura. Menudas Navidades. Peor de lo que pensaba. Salgo del infierno familiar, alegando un viaje a última hora, y me caigo directamente a una ladera congelada a pocos minutos del anochecer.

—Mira, ahí. ¿No ves algo? —Mi pareja actual (no me suelen durar mucho) me señala a lo lejos y distingo algo marrón entre tanta nieve. Con lo bien que estaba delante de la chimenea, ¿Cómo me dejé convencer para ir a dar una vuelta? A veces por no oírle hago estas locuras. 

El caso es que tiene razón. Ahí delante hay algo y puede que tenga calefacción o mantas en su interior. Sin contestarle, tengo demasiada ira concentrada en él ahora mismo, me encamino al lugar señalado.

Nos cuesta un poco llegar. Nadie se ha molestado en despejar el camino hacia la destartalada cabaña. Al acercarnos, un olor muy agradable se cuela en mis fosas nasales y hace que me suenen las tripas. Mi futuro ex novio se ríe bajito, pero no se atreve a comentar nada. No hace mucho que salimos, pero ya conoce de sobra mis explosiones de mal humor.

Golpeo la puerta con los nudillos con demasiada fuerza y me hago daño, lo que me pone aún de peor ánimo. Viva el espíritu de la Navidad. Yuju.

Afortunadamente, no tardan mucho en abrirnos. Tampoco creo que haya mucha distancia que recorrer dentro de esa casucha. Un personaje, que bien podría confundirse con el gordo de rojo, asoma su barba blanca por el dintel y se queda mirándome sin proferir palabra.

—Eeeh. Nos hemos perdido… —comienzo, titubeando e intentando componer una sonrisa que no se vea demasiado falsa.

—Estábamos dando un paseo y nos hemos desorientado —toma la palabra mi acompañante. Dios, no sé qué pude ver en él. Es irritante—. ¿Podría indicarnos el camino correcto hacia el hotel rural o el pueblo?

—O podría dejarnos entrar para calentarnos un poco que ya no veo ni la punta de mi nariz, ¡moriré congelada si sigo un segundo más aquí fuera! —dramatizo de forma exagerada, interrumpiendo a mi chico bruscamente. Me mira medio raro, pero me da igual. Donde las dan las toman.

El abuelo no dice esta boca es mía. Tan sólo se aparta y nos invita a entrar con un gesto vago. El olor se intensifica. Hace que me sienta extraña. Como en casa, pero no en la casa de ahora, en la que convivo con unos padres inaguantables y el molesto hermano que, como yo, aún no ha podido volar del nido por falta de recursos. 

Aparto esos pensamientos y me tiro como si no hubiera un mañana al lado de la estufilla que preside la habitación a la que accedemos. Cuando por fin entro algo en calor, me fijo en lo que me rodea. Todo está bastante desordenado, pero el conjunto da sensación de confort, con muebles viejos y cómodos colocados despreocupadamente allá donde miro, y montañas y montañas de libros por todas partes. Paz, silencio y millones de páginas que devorar. Yo sería feliz aquí. 

Hasta puedo entrever la cama en un rincón, sepultada también bajo gruesos volúmenes que prometen mil y una aventuras. A la estancia sólo dan dos puertas, que supongo que serán el acceso al baño y a la cocina. El chico que me acompaña no tarda en sentarse en un sofá de orejas altas, que no pega ni con cola con el resto del mobiliario, ni en color ni en forma. Se le ve tan a gusto que hasta se coge la confianza de curiosear ojeando páginas de aquí y allá.

Con una de las puertas he acertado de pleno porque, en ese momento, nuestro benefactor sale de ella con un humeante cuenco en cada mano. De nuevo, ese olor, que me llena de emociones encontradas. Un aroma que llega hasta mí y se posa en mis manos, cuando el personaje me da uno de ellos sin mediar palabra. Casi sin mirarme. Luego hace lo mismo con mi acompañante, que lo recibe encantado. Le da las gracias y lo sopla con una expresión de felicidad en su rostro. Corriente y sin nada que resaltar, como todo él.

Me concentro en mí misma y observo un rato el espeso caldo antes de decidirme a probarlo. En cuanto traspasa mi garganta un bombardeo de recuerdos me golpea sin piedad: risas se entremezclaban con villancicos cantados a voz en grito, ruidos de carreras por el pasillo, mi madre pidiendo calma, mi padre haciéndola rabiar, los olores de la cocina… y, entre ellos, ese olor, el del caldo que tengo entre mis manos. Justo ese mismo olor. ¿Cómo podía ser? Cada Navidad mi casa se llenaba de ese olor por todos los rincones y encendía..., ¿qué es lo que enciende? ¿Nuestro espíritu navideño? Pero yo ya no tengo ilusión por esas tonterías, ya no soy una niña… Ya no… 

Bruscamente, vuelvo a la habitación de la cabaña. Es tan repentino que me mareo. Menos mal que estoy sentada y sólo tengo que lamentar unas pocas gotas del caldo que van a parar a mi abrigo. Cuando llevo el cuenco de nuevo a mis labios me doy cuenta de que tengo las mejillas húmedas. ¿Estaba llorando? Avergonzaba echo un rápido vistazo a mi alrededor para comprobar que nadie se ha percatado de mi momento de debilidad. Y, entonces, me llevo la segunda sorpresa. Él también está llorando, el chico que hacía tan sólo un momento estaba pensando en dejar archivado en antiguas relaciones. Vuelve en sí dando un respingo y se pone colorado hasta las orejas cuando se da cuenta de que le estoy observando. Aparta la mirada y la clava en el cuenco.

Un impulso me lleva a apurar lo que me queda del caldo y a sentarme a su lado. Le cojo una mano con las mías y me aprieto contra su cuerpo buscando calor, pero no como el que pueda dar la calefacción, una chimenea o una estufa, sino uno más humano. Él también suelta el cuenco, ya vacío, en una mesita y me pasa el brazo libre por los hombros. No creo que tardáramos mucho en quedarnos dormidos.

Me despierta la luz que se cuela por las rendijas de las persianas. Alguien nos ha tapado con una gruesa manta. Me duele todo el cuerpo después de tantas horas en una postura tan extraña. Pero, por otro lado, a pesar de que la estufa parece llevar varias horas apagada, siento un calorcillo que viene de mi interior y que me hace sentir muy bien. 

Miguel abre los ojos en cuanto me siente removerme. No sé si ya estaba despierto o he sido yo quien le ha sacado de los brazos de Morfeo. Tiene las mejillas encendidas y sonríe con los ojos y la boca a la vez. Está distinto. O yo le veo distinto.

No encontramos a nuestro Papa Noel de anoche por ningún sitio, así que decidimos intentar volver por nuestra cuenta al hotel. Le dejamos un mensaje escrito en la nieve, aunque seguramente se habrá borrado antes de que vuelva. A saber dónde se ha ido. A comer con su familia seguramente.

Milagrosamente, aparece una línea en el móvil de Miguel y nos da la cobertura justa para orientarnos con su gps, con bastante dificultad, pero por fin estamos en el camino correcto. En poco más de un par de horas encontramos el hotel. 

—Oye —Le paro antes de entrar—. Estoy pensando… Aún me da tiempo de llegar a comer a casa… —Miguel se rasca la barbilla antes de contestar.

—¿Sabes? Yo estaba pensando en lo mismo. ¿Te dejo en tu casa? Me han entrado unas ganas locas de abrazar a mi madre…

viernes, 14 de junio de 2019

La Luna Negra

La luna Negra, de Selento Books,  es una lucha por la supervivencia en un entorno extremadamente hostil. En un planeta al borde de ninguna parte y en el límite de la extinción, los colonos de la ciudad de Víncula se enfrentan al desastre. En Cristal XVIII, el último planeta colonizado tras la Quinta Conquista, el frío es extremo y las condiciones climáticas hacen muy difícil sobrevivir. Las ciudades son búnkers herméticos que están comenzando a fallar tras el abandono de la Administración.

La situación se vuelve insostenible y ha llegado el momento de tomar la más radical de las decisiones, las oportunidades son escasas, pero si se quedan parados sólo les espera la muerte por congelación. Marco, el capataz de Víncula precipita los acontecimientos convencido de que sólo hay un camino. Y está fuera de las puertas de la ciudad.

Un extraño personaje hará su aparición en este momento de inflexión y será clave para el desarrollo de esta aventura llena de horror, violencia, intriga, sorpresas, criaturas terribles y muerte. ¿Hay esperanza?

Vas a tener que leerte el libro para saberlo y conocer todos los secretos de sus protagonistas. Que son muchos e inesperados.

Esta lectura me tuvo en vilo en todo momento, más que leer las páginas las devoraba. La atmósfera angustiante que viven los personajes de ficción se mete en tu cerebro y casi puedes sentir el frío que sube por las venas para asomarse a tus ojos. Corres con ellos, sufres con ellos, vives su miedo... la desesperación, las ganas de rendirse o su instinto de supervivencia te atrapa.

La inocencia y despreocupación con la que viven el éxodo los niños es chocante, pero bastante realista. Son niños pequeños, acostumbrado a vivir las penurias y enfermedades del planeta y que sólo piensan en el ahora y en jugar. No llegan a ver el peligro ante sus narices, pero sí que son capaces de sentir el miedo, la curiosidad o las ganas de pasarlo bien de una forma muy extrema, cada uno según su personalidad.

El contador de supervivientes me pareció un detalle perfecto que enriquece esta historia de un viaje hacia la esperanza.

Ahora mismo está en marcha el Crowdfunding de esta novela y del lanzamiento de Selento Books como editorial independiente y genuina en si misma, por si te apetece participar en el proyecto. A día de hoy el Crowdfunding terminó.

martes, 5 de septiembre de 2017

La espera

Maldita farola. Que poca fuerza. Necesito otro cigarrillo... ¡Vaya! Pues no pienso fumármelo si ha tocado ese apestoso suelo. Me quedan pocos... ¡Perra suerte! ¡Qué frío! No hay ni un alma. Lógico. Estarán durmiendo... Es lo que debería estar haciendo yo.

¡Ah!

Sólo eran unos faros. ¡Vaya asco de coche!

No, no. ¡Maldita sea! ¡No te apagues! ¡No te apagues! Maldita farola ¡Maldita noche! Debería irme. Ya son más de las doce. Dónde estarás. Esta me la pagas. La próxima vez te va a esperar tu tía...

¡Ah!

- Perdona. ¿Te he asustado? ¿Llevas esperando mucho rato?
- No, no... Que va. Casi acabo de llegar.

jueves, 15 de enero de 2015

La fórmula del éxito

Chris Brogan y Julien Smith

Las redes son el futuro, pero no la herramienta en sí: Facebook, instagram, twitter... Quien sabe lo que nos depara el futuro. Tiene fecha de caducidad, pero las ideas no. Las buenas ideas permanecen, pero no lo hacen solas. Eso a lo mejor sucedía al principio, pero ahora somos muchos, somos mejores, somos competitivos y cada vez tenemos más idea de qué va esto.

Nunca alcanzaremos a los nativos digitales, pero hasta que lleguen dónde estamos, todavía queda y hay que trabajar duro.

Diferenciación, viralidad, comunidad, emoción, confianza... ¡Eco!

Descubre CREATE, descubre una nueva forma de difundir, compartir y... hacer negocio. Nueva; barata, incluso gratis; con posibilidades infinitas de alcance.

Este libro ha cambiado radicalmente mi vida 2.0. No te lo voy a contar porque hay cosas que es mejor descubrir por uno mismo.

Las reflexiones y las parábolas se rumian de forma muy personal y los conocimientos que he extrapolado de estas líneas probablemente no serán exactamente los mismos que otro lector, con sus experiencias, bagaje cultural y aprendizaje de la vida propios.

Diseña tus buenas ideas para que lleguen lejos. Aprende cómo tenerlas. Cómo moverte por el espacio de la información infinita sin perder el norte.

Pierde el miedo: miedo al ridículo, miedo a no ser aceptado, miedo al que dirán... Si no lo compartes nunca lo sabrás y te perderás el resultado. Ve a lo sencillo. Si no lo entiendo no lo difundo. Usa metáforas e imágenes y conseguirás hacerte entender con facilidad.

Sólo puedo reprocharle algo a los autores, demasiadas referencias nacionales que le restan un poco de universalidad al mensaje.

Recuerda: la puerta del enemigo siempre está abajo. ¡Es una cuestión de no perder la perspectiva!