domingo, 8 de marzo de 2026

Taller Escribir literatura I y J: Tarea 8. Escribir una escena

 Al no tener nada escrito del proyecto que presenté, me ha costado mucho realizar esta tarea, ya que me faltaba mucho contexto. Normalmente voy conociendo a mis personajes y perfilando situaciones a medida que escribo sobre ellos, pero aquí se me pedía que escribiera una escena suelta a pelo, en frío. Y la escena tenía que ser interesante, intensa, emocionante, con un evento que produjera cambios profundos en los personajes... casi presento una escena de otra novela que tenía escrita, pero no. ¡Quién dijo miedo!

Aquí dejo todo lo que escribí. Nada me convenció, pero presenté la primera porque con las otras dos no se entendía nada sin el contexto.

Escena 1 En la vida real no se respawnea

De 12 a 14 años.

Un destello repentino hizo que diera un respingo en el asiento que no pasó desapercibido para el resto. Menos mal que el profesor ya estaba calentito y nadie se atrevió a ir más allá de una risita.

De todas formas, Manu ni se enteró del efecto que había causado su reacción entre los compañeros porque no podía apartar la vista de la ventana emergente que había aparecido mágicamente ante él. Giró la cabeza a ambos lados, pero todos estaban a lo suyo. Que no era precisamente atender a clase. 

Cerró los ojos con fuerza, los volvió a abrir y… allí seguía. Incluso, más brillante e imponente. ¿Estaría alucinando? El texto cambió sin darle tiempo a leerlo.

«No estás alucinando. Las barras de vida son reales, las estadísticas son reales y tú eres el personaje principal del juego, así que espabila o muere».

Contundente. Muy contundente. Y borde, eso también.

Manu decidió hacer lo que mejor le solía funcionar: hacerse el tonto.

Intentó mirar más allá de la pantalla flotante, hacia la pizarra, pero el obstáculo se hizo más opaco. ¡Que mala leche! Pues fijaría su atención en el cuaderno.

Un chispazo le recorrió los dedos de la mano derecha, haciendo que soltara el boli.

Vale, ahora sí que estaba acojonado. Pero de verdad.

La ventana de videojuego había conseguido llamar su atención, pero bien que lo había conseguido.

«Acto 1: El fiel compañero»

Alguien le acercó el boli, que había acabado en el suelo. Alguien cualquiera, no. Mateo fue el que le puso el boli de nuevo en la mesa y el que lo estaba observando con el ceño fruncido y arruguitas en la frente. Sobre su cabeza seguía la maldita barra al cinco por ciento. 

—¿Te pasa algo? 

—¿Te pasa algo a ti? —contratacó Manu obsesionado con su nivel de vida.

—¿A mí? El que estás rarísimo eres tú.

—¿Estas cansado o algo? ¿Enfermo? ¿Tienes fiebre? —insistió como si se tratara de un interrogatorio policial.

Intentó tocarle la frente, pero su amigo la apartó la mano de un manotazo.

—¿Qué haces? Que a mí no me pasa nada, bro. Eres tú el que está muy raro —Se mosqueó Mateo.

—Encima que me preocupo. ¡Vete a la mierda! —le susurró con rabia.

—Manu y Mateo, a la pizarra.

Ambos pegaron un salto en sus asientos, generando más risitas a su alrededor.

Pues ya lo que faltaba. Atraer atención indeseada. Ambos se hicieron los remolones, pero no les quedó otra que exponerse al escarnio público.

Mateo se levantó primero y casi tiró la silla. Se notaba que se había cabreado. Pero es que Manu también estaba calentito. Ambos avanzaron entre la hilera de mesas hasta llegar al profe de mates, que tampoco se podía comparar con unas castañuelas.

Manu se fue encogiendo a medida que se acercaba al artefacto electrónico. La expresión de cabreo se le fue suavizando y dando paso a una más neutra, pero con incipiente tic en el ojo. Se agarró las manos para evitar que le temblaran. 

Lo último que recordaba de la otra noche era la sensación de ser absorbido por esa cosa. Ya no tenía tan claro que lo hubiera soñado.


Escena 2 En la vida real no se respawnea

De 12 a 14 años.

Un destello le avisó de que comenzaba de nuevo su tortura. Si es que lo sabía. Apretó la mano derecha en un puño alrededor del lápiz, apretando el trazo hasta hundir la punta en el papel. Daba igual. Alargarlo no le iba a servir de nada. Lo mejor era enfrentarse al nuevo reto como el que se quita una tirita. Del tirón. 

Levantó la vista del cuaderno y la fijó en la ventana luminosa que flotaba en el aire como si fuera lo más normal del mundo. Tragó ruidosamente el nudo que le taponaba la garganta. Afortunadamente, sus compañeros seguían con la atención puesta en la compañera. Qué, a ver, pena le daba, pero lo bien que le estaba viniendo para que no lo pillaran de nuevo leyendo el aire. 

Entrecerró los ojos para conseguir más nitidez. No sacaba las gafas ahora ni loco. Las carcajadas de sus compañeros subieron de tono. Pero las ignoró. Ya sabía cómo se las gastaba la pizarra. 

«Misión secundaria: ganar la confianza de la guardiana del umbral»

¿La qué? Empezábamos mal. Cómo iba a superar la misión si ni siquiera la entendía.

«Recompensa: ganarás un aliado importante y un poder aleatorio.

Castigo: ...»

Un impacto suave en la nuca le sacó de su lectura.

—¿Qué haces? Te has vuelto a quedar tonto—le interpeló mosqueado Mateo.

Manu parpadeo deprisa varias veces, sorprendido.

—¿Me has...? ¿Me has dado una colleja? — barboto indignado— Me has agredido —lo acusó abiertamente sintiendo que los colores le subían a las mejillas haciéndolas arder.

Su amigo se encogió de hombros. Nunca le habían impresionado demasiado los cabreos exprés de su amigo.

Ahora Manu se sentía con muchas ganas de explotar, pero seguía percibiendo el brillo de la pantallita emergente por el rabillo del ojo y más le valía enterarse del castigo. Porque se olía que se lo iba a comer.

Ignoró a Mateo y la arruguilla de preocupación que comenzaba a formarse de nuevo en su frente. Si el que tenía motivos para estar preocupado era él. Le estaba costando la vida subir la maldita barra de vida.

«Castigo: se reducirá aún más la capacidad de visión con la necesidad del objeto gafas para ver»

¿Qué? ¿Está de coña? ¿Va a aumentarme las dioptrías para que le haga la competencia a la seta de las gafitas? Manu se apretó las sienes con desesperación.

—¿Te pasa algo?

La arruga de la frente de su amigo ya se había convertido en un profundo surco.

—No, no, que va—aseguró en un todo nada convincente.

El sistema tirita se le estaba yendo a la mierda. Leer en qué consistía la misión ya era una misión chunga en sí misma.

«Éxito automático si la guardiana del umbral cede voluntariamente el objeto gafas».

No, fastidies. ¿La guardiana del umbral es Lucía? Venga, hombreeeeee. 

Un sonido de algo arrastrándose por el suelo y culminando con un choque contra sus deportivas le sacaron de su espiral de miseria.

El objeto gafas descansaba de mala manera ante él. Las alcanzó entusiasmado y se las puso. Espera un momento. No. Que tenía que dárselas voluntariamente. Por qué tenía que ser todo tan difícil.

Los pelos de los brazos se le pusieron de punta al notar el peso de un silencio antinatural. 

Un molesto reguero de sudor comenzó a formarse en su espalda.

—¿Qué hace el rarito este? —escuchó la voz de Isaias en u tono que no presagiaba nada bueno. Al menos para él.


Escena 3 En la vida real no se respawnea

De 12 a 14 años.

Lucía se entregó entusiasmada a su explicación sobre el puzle secreto del Resident Evil Requiem, ganándose a su audiencia desde el minuto uno. Seguía encogida sobre sí misma, pero; si te fijabas mucho, pero mucho, mucho; tras los reflejos de los cristales de las gafas se podía ver un pequeño cambio en su mirada. Había que fijarse muchísimo, pero, con todo lo que llevaba a sus espaldas, Manu se estaba haciendo tan experto en observar los detalles en la vida real, como ya lo era dentro de los videojuegos. 

Todo era susceptible de convertirse en una pista o una señal. Y toda ayuda era bienvenida en esta espiral de sinsentidos en la que se había visto envuelto.

—Ahora vengo —interrumpió brevemente su mejor amigo, al tiempo que se retiraba del corrillo.

Manu lo vio encaminarse hacia el edificio B, seguramente al baño. Algo totalmente natural y nada reseñable.

Pero, como ya he comentado antes, se estaba volviendo un experto en fijarse en señales mínimas que revelaban mucho más de lo que se podía descubrir a simple vista. 

A su amigo le latía una vena en el cuello. Nada exagerado, pero lo justo para hacer saltar sus alarmas.

Discretamente, le siguió, dejando a sus colegas totalmente absorbidos por la explicación de Lucía.

No le costó nada alcanzarlo. Casi sin darse cuenta había ido acelerando el paso y lo pilló en la entrada del edificio.

—Eh… ¡Eh! —lo interpeló antes de que se perdiera por el pasillo.

Mateo se volvió hacia él y lo miró expectante. Y también un poco impaciente. A las claras se veía que quería quitárselo de encima y seguir su camino. Pues sí que se estaba meando.

—Oye, bro. ¿Qué te pasa? Estas raro…

—¿Yo? ¿Qué yo estoy raro? Mira tío, el raro eres tú que me estás siguiendo al baño. 

Manu acusó el golpe y se le subieron los colores de golpe. Pero qué decía ese ingrato. Cómo si a él le gustara hacerle de niñera.

—¿A qué baño vas? El de esta planta está para el otro lado —contratacó muy picado.

Mateo apretó la mandíbula en una línea tensa y endureció la expresión de sus ojos.

—¿Y a ti que te importa? —siseó con rabia mal disimulada.

—¿Por qué te enfadas? —se exasperó Manu sintiendo que el control de la situación se le escapaba de entre los dedos.

—No estoy enfadado —gruñó el otro apretando más aún los dientes.

—Claro, claro… y yo soy Cratos buscando venganza—se burló sin poder evitarlo. Aunque inmediatamente deseó haberse mordido la lengua.

Su amigo bufó y se dio la vuelta, comenzando a andar de nuevo. Seguramente, dando por terminada la conversación, pero no le iba a resultar tan fácil.

Manu echó a andar tras él, apretando el paso para ponerse a su altura.

—¿Qué pasa? ¿Qué te he hecho? —insistió moviendo los brazos como aspas de molino y arrugando aún más el ceño.

Mateo no se paró. Siguió su camino sin ni siquiera mirarlo. Así que Manu le agarró del brazo y tiró de él con pura rabia.

—No me toques —le espetó su amigo soltándose de un tirón.

Su expresión de enfado había cambiado por otra de sorpresa. Lo de agarrarle ya le parecía pasarse tres pueblos. Se encaró con él visiblemente afectado.

» ¿Qué te pasa a ti? Desde que te quedaste a por el móvil estás rarísimo. Cómo si te hubieran poseído —le echó en cara intentando a duras penas recuperar la compostura —A lo mejor eres tú el que tiene algo que contarme.

Se midieron con la mirada unos segundos. Mateo muy serio, un poco más tranquilo y esperando una respuesta que tardaba demasiado en llegar. Al parecer había recargado sus existencias de paciencia. Para su desgracia, no había ocurrido lo mismo con nuestro protagonista, al que la angustia, el estrés y la adrenalina le estaban pasando factura.

—Pues mira, sí. He sido poseído —escupió con voz demasiado aguda mientras el fuego ascendía de su estómago a sus mejillas.

» Y a ti te ha importado una mierda todo este tiempo. Tengo algo en la cabeza que es un hijo de puta integral. O hija de puta. O hije… ¡bueno! Da igual. Esa cosa me hace hacer misiones de mierda por sus huevos— chilló, elevando el volumen de su voz, en concordancia con la dureza del tono. 

—Tú estás loco—le interrumpió Mateo casi en un susurro.

—Y tú estás a punto de morir.

—¿Qué? —La cara de su amigo se tornó lívida en cuestión de segundos.

Manu se mordió el labio. Se le había escapado, pero no podía contarle toda la verdad. Ya pensaba que había perdido la cabeza con lo poco que había soltado.

Los ojos se le humedecieron y se estrujó el cerebro buscando con desesperación una salida airosa. El nudo que se había instalado en su garganta amenazaba con asfixiarlo. Tragó saliva ruidosamente, pero no logró librarse de él. 

Se habían peleado muchas veces, pero no recordaba ninguna otra ocasión en la que pareciera que se jugara tanto. 

—Sólo dices tonterías —rompió Mateo el silencio incómodo. 

Su voz volvía a ser tranquila, pero la presión a la que sometía su mandíbula decía más que mil palabras.

Manu buscó la barra de vida, temiéndose lo peor.

» Mírame a los ojos cuando te hablo—le pidió su amigo cortante—No sé qué historias te estás montando en la cabeza, pero a mí no me metas.

—¡Claro que te meto! —volvió a estallar —Eres mi amigo.

—Pues a lo mejor no me renta serlo.

Manu sintió como si algo le estrujara el corazón dentro del pecho.

—¿Qué? —logró decir con un hilo de voz.

—Que me dejes en paz.

Mateo se alejó con paso rápido y Manu no se sintió con ánimo para seguirlo. «Que le den», pensó lleno de ira. Y se fue. Pero no con los colegas, que seguirían tan felices de charla en el patio. Se fue al baño. El que estaba hacia el otro lado. Se encerró en un cubículo y se puso a llorar intentando ahogar los sollozos como pudo. 

Lo que le faltaba para coronar el día era que alguien le pillara así y se lo contara a todo el mundo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario