martes, 11 de noviembre de 2025

El kitsch y el mal gusto: tarea 2 bis. El intruso molesto


Cerré los ojos, por fin. El día había sido largo y necesitaba la salvación, que me traería la bendita inconsciencia del sueño, como agüita de mayo. Me dejé llevar, pero mi hundimiento placentero fue interrumpido por una molestia mínima. Insignificante. Pero totalmente inoportuna.

Pensé que acabaría con ella con un simple rascado en la zona afectada y rasqué, rasqué, rasqué… hasta que emergió la primera gota de sangre. 

Ahora lo que sentía era dolor, aunque, curiosamente, molestaba menos que el irritante picor. Cambié de postura y me dispuse a descansar plácidamente, de nuevo. Un leve dolorcillo no me impediría acudir a mi cita con Morfeo.

Pero, entonces, volví a notar esa terrible picazón. Esta vez en el dorso de la mano.

Armándome de paciencia, froté la zona con la yema de los dedos para evitar otra herida. En vano. Casi sin darme cuenta ya volvía a clavarme las uñas con desespero. 

No acababa de levantarme de nuevo la piel, cuando otro pinchazo en el empeine del pie me sobresaltó. ¡pero qué clase de mosquito puede atravesar un edredón nórdico! Porque no me cabía duda de que mi enemigo era un ridículo, minúsculo, fácilmente aplastable y terriblemente ruidoso mosquito.

Debía de rondarme el oído porque su zumbido se volvió ensordecedor. Di un manotazo a lo loco, que impactó en mi oreja, calentándomela casi al mismo nivel que mi creciente cabreo. El sacrificio habría valido la pena, si hubiera acabado con la vida de ese miserable, pero el zumbido persistía. De hecho, fue en aumento y acabó con un molestísimo pinchazo en la mejilla derecha. Y otro en el brazo. Y en la muñeca. Empezaba a plantearme si me habría convertido en el restaurante de moda de una banda de glotones bebedores de sangre.

Me levanté decidido a poner punto final a la batalla, a la guerra y a lo que hiciera falta, mientras me rascaba compulsivamente, llevándome más piel bajo las uñas.

Salí al pasillo, buscando el arma definitiva. La que me daría una victoria aplastante. De regreso al dormitorio, blandí épicamente el bote de veneno antimosquitos y lo vacié profusamente jurando en arameo. Eso sí, bajito. Que no quería despertar a mi mujer. Siempre se levanta con mucha mala leche y ya lo que me faltaba.

Todo en vano. Un inoportuno ataque de tos la hizo incorporarse y abrir los ojos con tan mala suerte que le acerté de lleno. Pero ¡a quién se le ocurre ponerse delante de un espray antimosquitos!

Sus chillidos me asustaron tanto que solté el bote.

—Pero ¡qué coño haces! —gritó, histérica. 

Me acerqué para ayudarla, pero se movió otra vez de forma imprudente y me metió un codazo directo a la nariz, que me dejó fuera de combate durante unos minutos. Mis juramentos adquirieron un volumen mucho más alto.

La vi avanzar, a tientas, por el pasillo, rumbo al baño, pero no sé qué más haría, porque mi atención se desvió hacia el maldito zumbido, que volvía rondar mi oreja. ¡Y otro picotazo! Deseé tener otro par de brazos para poder llegar a rascarme más zonas de mi cuerpo.

Escuché el agua del grifo del baño correr, entremezclada con los lloriqueos de mi mujer y los improperios e insultos que me estaba dedicando de forma injusta.

—La culpa es del puto mosquito —le aclaré.

—Tú eres gilipollas —aclaró ella.

Qué poco comprensiva. Al menos, ya podía encender la luz sin molestar a nadie y buscar a ese maldito cabrón. Cuando lo pillara, pensaba arrancarles las alas y las patas, una a una, muy lentamente.

Mi mujer salió el baño y pegó otro chillido de esos que hacen añicos los cristales. ¿Y a ésta que le pasaba ahora? Estaba rompiendo mi concentración en la caza del puto bicho. Tenía que reventarlo antes de que acabara desangrándome.

Pero todo pasó a un segundo plano cuando reparé en sus ojos de vampira. Cualquiera diría que le iban estallar en cualquier momento.

—¿Qué te ha pasado? Estas bañado en sangre —me señaló.

Con el fragor de la batalla ni me había dado cuenta de la hemorragia nasal que se había venido a sumar a mis múltiples heridas por rascado furioso.

—Pues tú te pareces a Momo —contrataqué.

—¿La de Michael Ende?

—No, la creepypaste esa que viene a matarte.

—¡Vete a la mierda!

—Donde nos vamos a ir es a urgencias —dictaminé yo mientras comenzaba a ponerme ropa de calle.

Con un poco de suerte, el mosquito se habría muerto de viejo cuando volviéramos.


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