lunes, 5 de mayo de 2025

Cómo empezar tu novela: Un tipo normal. Capítulo 1

 


Terminé, salí del sistema, saqué el pendrive y lo deslicé por el bolsillo del delantal. Tras lo cual, con el sigilo con el que sólo yo sé moverme, me deslicé fuera de la habitación como un gato en la noche sin luna más oscu…

—¡Marioooooooo! — La voz aguda y chirriante me taladró los oídos segundos antes de notar el fuerte impacto contra mis piernas. Logré recuperar el equilibrio por los pelos. Miré hacia abajo con el ceño fruncido porque ya sabía lo que me iba a encontrar.

—¡Mariooooooo! —volvió a chillar la personita rubia que se aferraba a mí como si fuera lo único que pudiera salvarle la vida.

—Sssssssh sssssssh—le chisté al borde de un ataque de pánico.

Si me encontraban allí me iba a resultar muy difícil explicar la situa… Un sutil ruido hizo que un escalofrío me recorriera la espina dorsal de arriba abajo.

Intuí la presencia antes de verla aparecer por el arco de la puerta. Unos segundos después, la imponente ama de llaves se asomó con cara de pocos amigos.

—Qué hacen aquí—ladró.

—Tamos jugaaaaando —volvió a vociferar el pequeño monstruo todavía adosado a mi persona—¡¡Le enconté!! —anunció rebosante de felicidad apretando aún más el agarre.

El gesto de la ogra, guardiana de la mansión, se dulcificó ligeramente y yo comencé a respirar de nuevo. A lo mejor hasta me libraba gracias a la misma persona que me había metido en el lío.

Intenté sonreír con mi aspecto más inocente. Y les aseguro que las apariencias de inocencia las clavo. Claro, que nunca me había visto en una situación semejante, con un incordio de cría boicoteando mi trabajo a cada paso que doy.

—Señorita Claudia —le reprendió el ama de llaves con un tono más dulce del que seguramente pretendía —. No se coma las letras. Hable bien. Ya sabe que al señor le molestan los ignorantes.

—Zí, Mabel—contestó la pequeña con un mohín de contrariedad.

¿Por qué le piden peras al Olmo? Se ve a la legua que la cría no tiene ningún interés que mejorar su dicción.

—Me tocaaaaaa—gritó la pequeñaja soltándome por fin, esquivando a la robusta señora y trotando como una cría de elefante por el pasillo

Ya era oficial. Me había dejado sólo ante el peligro.

El peligro me miró de arriba abajo frunciendo aún más el ceño.

—Y usted es…

No es raro que no me recuerden. El peinado, la expresión de mi cara, la postura corporal…. Todo está medido para ser anodino, corriente y, en definitiva, invisible. Esa es la clave de mi éxito. Pero ahora, la maldita ama de llaves me estaba viendo. Viendo de verdad. Fijándose en mí. Esta no te la perdono pequeño demonio.

Tragué saliva y contesté con tono monocorde.

—Mario Navarro —Un nombre ni muy común, ni muy extraño. No llama la atención en ningún sentido —. Comencé a trabajar aquí el martes de la semana pasada —Nunca hay que dar fechas exactas, pero sí dejar claro el dato principal. Nada que llame la atención ni por un lado ni por el otro.

Mabel, para la niña, y la señora Ramos, para mí, me dio un último repaso, asintió y se apartó de la puerta para dejarme pasar.

—No me suena que pertenezca al equipo de limpieza que se ocupa del despacho del señor Montalvo. ¿Cómo ha logrado acceder a esta estancia? —comentó de una forma que a mí me pareció bastante amenazadora. Me estrujé las neuronas, pensando a toda velocidad.

—La puesta estaba entreabierta— A veces lo más sencillo es lo más verosímil. Que se lo crea. Por favor, que se lo crea.

Redoblé mis esfuerzos por parecer un pobre desgraciado de lo más inocente y ella pareció notar el impacto de mis encantos de normalidad e insulsez.

—Entiendo que la señorita Claudia puede ser a veces muy convincente y persistente, por decirlo de alguna manera, pero hay líneas que no se pueden cruzar —El final de la frase la pronunció endureciendo el tono y entrecerrando los ojos.

Mala señal. Malísima señal. Creo que se ha quedado con mi cara.

—Entenderá que no esté permitido que el personal doméstico se mueva a sus anchas por la casa— continuó sin el menor rastro de la ligera dulzura que había usado con la niña.

Tragué saliva ruidosamente mientras asentía. A veces un silencio es más conveniente que cualquier frase que se me pueda ocurrir.

—Veo que lo ha entendido, señor Navarro—Mierda. Se quedó con mi nombre—. Espero no volver a verle fuera de su área de servicio.

—Sí, señora—susurré con los ojos tan bajos que casi me clavaba la barbilla en el pecho.

Y, sin esperar ni un segundo más, pasé frente a ella, atravesé la gruesa puerta de madera noble, de la que me había costado un sufrimiento hackear el código, y me alejé por el pasillo con un medido paso tembloroso del que sabe que ha hecho algo malo por ignorancia y no para robar importantes datos acusatorios con el fin de venderlos por una más que jugosa cifra al mejor postor.

Se me presentaban varios problemas. El primero, todavía me quedaba por explorar los dispositivos del hijo mayor para sacar mayor rendimiento a mi trabajo. Segundo, no podía lanzar al mercado lo que tenía aún porque era obvio que había dejado de ser invisible y si se daban cuenta de lo que hacía, la noticia se correría como la pólvora. Y, tercero, ¡qué tercero ni qué porras! El mayor y único problema del que colgaban el resto era esa niña. Esa maldita mocosa que fijó sus inocentes ojitos en mí desde el primer día y desde entonces no me deja en paz. ¿Por qué? ¡¿Por qué?! Hay empleados más guapos, más simpáticos, más inteligentes, más tontos, más todo. En eso se basa mi fachada. En no destacar en nada. Y, de repente, a la personita más escandalosa del organigrama le da por encapricharse del personaje más gris de la ecuación. Cómo esto siga así voy a tener que tomar medidas contundentes. Sí. No es la primera vez que me toca deshacerme de algún inoportuno…

—¡Mario! —Hablando de la reina de Roma —. No haz contado. Tienes que contar azí: uno dooooooz, teeeees…

Ya sabe contar, pero no es capaz de hablar correctamente. Si es que para lo que quiere es muy lista.

Yo también cuento para mí mismo para conservar la calma. Respiro profundamente y…

—Señorita Claudia, no puedo jugar. Estoy trabajando.

Ahí están. Los ojos cuajados, la boquita torcida, la respiración cada vez más acelerada y finalmente el llanto desaforado. ¡Así es imposible pasar desapercibido!

Una de las doncellas cruza el pasillo lanzándome una mirada de desaprobación, pero no se para a atender a la chiquilla, la muy bruja.

Ha llegado la hora de tomar decisiones. Primera, desaparezco por un tiempo, algo muy poco recomendable en mi profesión si no quiero que se coman mi tortilla. Segunda, simular un accidente con cierta niña y aprovechar la desolación familiar para acabar con mi misión actual, aunque si esto sigue así será muy difícil poner a circular la información sin que alguien piense en mí. Lo que significa que no puedo perder más tiempo.

 —Señorita Claudia, cálmese. ¿Qué le parece una carrerita por las escaleras?

—Zíiiiiii

El torbellino sale disparado hacia la escalinata del final de pasillo sin comprobar si la sigo. Perfecto. Ahora sólo necesita un empujoncito y…

—¡Claudia! No corras por los pasillos. Te lo he dicho millones de veces.

Un hombre joven, agarra a su hermana en plena carrera y la carga en brazos. Es el mayor de todos. El que ostenta un puesto importante en la organización y me puede abrir la puerta a muchos millones.

Me quedo todo lo rezagado que puedo para evitar llamar su atención.

—Mario no quiere jugá conmigooooo. Pablo, dile que juegue conmigoooo.

Maldita cría del diablo.

Como no, Pablo repara en mí.

—Mario hace muy bien—le conmina a su hermana—. Dile a tu nani que te lleve al parque. Hoy hace un día estupendo.

—¿Venes conmigo? —inquiere la pequeña llena de ilusión.

—No cariño. Tengo que trab…—Otra vez lo berridos del angelito me taladran los oídos.

Su hermano me mira por encima de sus rizos rubios con algo que se podría definir como desesperación. Tengo un mal presentimiento.

—¿Qué te parece si os acompaña… esteee… Mario, ¿verdad?

—Ziiiiiii

Nooooooo. Ahora sabe mi nombre.

Definitivamente, tengo que arreglar este problema ya mismo.

Pero, por el momento, me veo con la cría y su niñera ante uno de los coches familiares rumbo a un puñetero parque infantil y sin poder hacer mucho para evitarlo. ¡Ni mucho ni nada! Sin poder hacer nada para librarme de este infierno.

—Buenos días, señorita Claudia —oigo que saluda el chófer al pequeño monstruo.

Sin dilación, le abre la puerta y la ayuda a ocupar su lugar sin esperar que la nani y yo nos acomodemos. Bien, bien. Somos del servicio. Es decir, invisibles. Empiezo a sentirme mejor. Un poco más animado, me acomodo en uno de los asientos traseros, porque el del acompañante es ocupado por la niñera con la rapidez del rayo. La explicación es obvia: el chófer está como un tren. Es un dato objetivo. No es que me gusten los hombres, aunque tampoco me vuelvo loco por las mujeres. La verdad es que no tengo mucho éxito en el apartado romántico, ni me entusiasma que nadie repare en mí. No soy una persona muy pasional que se diga. Más bien pragmática y racional al 100%.

Nada más arrancar, la maldita cría se quita el cinturón y se tira sobre mí.

—Pero qué coñ…. Digo, señorita vuelva a su sitio y abróchese el cinturón—le exijo recomponiéndome a marchas forzadas de la sorpresa.

El vehículo disminuye la velocidad hasta quedar parado, mientras yo obligo a una niña muerta de risa y que se retuerce como una lagartija a volver a su lugar. Puede que le apretara el cinturón un poco más de la cuenta, pero ella ni se inmuta y sigue con su juego de escapismo. Ya le apretaba yo el cuello, ya. Pero cada cosa a su tiempo.

—Atenta a la ventanilla, señorita Claudia. Vamos a contar coches rojos y el que vea más, gana.

Era un juego que hacía de niño y parece que funciona con el pequeño diablo rubio. Por fin, logro que se quede en su sitio, aunque totalmente encorvaba hacia el cristal en una postura muy poco natural. Me lo tomo como una prueba de mis sospechas de que está poseída.

Vuelvo a mi sitio y me percato de que la niñera me está mirando fijamente con una expresión de “ves lo que tengo que aguantar” nada disimulada. Desde el reflejo del espejo delantero, el chófer también me mira con una actitud difícil de identificar. Algo parecido a ¿ternura?

Me sonrojo ligeramente por la ira y me giro hacia la ventanilla intentando fundirme con la tapicería. Otros que se van a quedar con mi cara.

 

Por fin nos ponemos en marcha y no tardamos en aparcar en el parking de un enorme y opulento parque de esta urbanización de multimillonarios. Menos mal, porque ya no podía soportar la caótica cuenta de coches rojos.

—Tres mil ochenta mil coches rooojoooos—canturrea Claudia a la par que se quita el cinturón con sorprendente habilidad y salta sobre mí para abrir la puerta del coche. Llamadme loco, pero ¿no hubiera sido más fácil salir por su lado sin atropellar a nadie? No contenta con eso, me agarra del brazo y tira de mí hacia fuera gorjeando como una pajarraco bebé. O como creo que gorjea una pajarraco bebé.

No me queda otra que seguirla. Oigo un portazo a mis espaldas y supongo que será la niñera bajando del coche sin muchas ganas.

Ya podría echarme una mano o lo que fuera.

Pero no. Tras más de una hora corriendo tras un torbellino hiperactivo lleno de malas ideas, me queda muy claro que estoy sólo en esto.

—Cógeme, Marioooo —grita mi torturadora como una posesa.

Durante un milisegundo, me planteo retirar los brazos antes de que salte desde lo alto del castillito y me la imagino con el cuello roto en el pavimento de caucho del parque infantil. Qué satisfacción me produciría. Qué paz. Pero no lo hago.

Antes he mentido un poquito. Sí que he eliminado a personas potencialmente peligrosas para mí de la ecuación, pero no ha sido literalmente, más bien, haciéndolos desaparecer de la escena mediante trampas y encerronas perfectamente planeadas y elaboradas. No de una manera física relativa a dejar de respirar. Si no, mas bien, relacionada con mis extraordinarias habilidades como hacker informático. Y todas mis víctimas eran mayores de edad.

Este bicho no es un angelito precisamente, así que no voy a lograr convencer a sus padres de que la envíen a un internado creando pruebas falsas de un pésimo comportamiento. Estoy seguro de que, aunque apareciera cubierta de sangre de los pies a la cabeza y agitando el brazo arrancado de, yo qué sé, la cocinera, por ejemplo, entre las manos, sus progenitores ladearían la cabeza, abrirían sus bocas ligeramente y entonarían un empalagoso “Ooooooh” a duo.

Una pequeña rodilla se me clava en las costillas durante el torpe aterrizaje de la cría, dejándome sin aliento.

—Ota veeeeeez —chilla la causante de todos mis males reventándome el tímpano derecho.

La dejo en el suelo para que corra de nuevo hacia la ridícula estructura y me giro hacia el banco en el que la nani parece estar totalmente absorbida por el móvil, aunque la delata una ligerísima sonrisita. Será perra. Aprieto los dientes y me preparo para recibir un nuevo ataque aéreo del torbellino rubio.

Yo ahora tendría que estar averiguando el código de entrada del despacho del hijo mayor del capo y no aquí recibiendo accidentales patadas, rodillazos y tirones de pelos. Además, mi espalda no va a resistir muchos empellones más.  La niñera se está riendo descaradamente oculta tras la pantalla. No puedo verlo claramente, pero estoy segurísimo. Esta se la guardo. Ya le desaparecerán algunos miles de euros de su cuenta bancaria. O quizá la borre del sistema de salud. No. Mejor, mejor. ¡Voy a incluirla en la lista de delincuentes por delitos sexuales! Ríete mientras puedas desgraciada.

—Mariooooooo —Y dale con mi nombre. Me lo va a desgastar. Aunque, si lo pensamos bien. Ni siquiera es mi nombre real y juro que nunca más volveré a utilizarlo. Lo quemaré en mi memoria con el fuego del infierno hasta hacerlo desaparecer hasta de mi subconsciente. Nunca he acabado con la vida de nadie, pero siempre hay una primera vez para todo y esta enana se está ganando a pulso el honor de graduarme como asesino.

Ya casi cae la noche cuando la niñera por fin se decide a intervenir.

—Señorita, ya he llamado a Ramón para que venga a recogernos. Estará aquí en unos minutos, así que prepárese para marcharnos

—Nooooo —gime el pequeño monstruo incansable.

Síiiiiiiii. Por fin. Me duelen hasta músculos que no sé cómo se llaman. Incluso, algunos que ni siquiera sabía que existían. Creo que, por hoy, mejor me meto en la cama. No creo ser capaz ni de pensar en algo mínimamente coherente. Maldita cría pegajosa. Me ha agarrado la mano y no la ha soltado en todo el viaje de vuelta sudándomela por completo. He pillado al chófer mirándonos de nuevo con expresión de atontado. Se le caía la baba con la escena. Decidido. Primero me la cargo, luego desaparezco de la mansión con lo que tenga y luego ya veremos.

domingo, 4 de mayo de 2025

Cómo empezar tu novela: Humo. Capítulo 1

 


La calle estaba desierta a esa hora de la mañana, pero no se respiraba ni un poco de paz, sólo la porquería que hay en el aire en cantidades industriales y el olor a mierda de perro. El alboroto chirriante de la avenida principal llegaba a mis oídos en todo su esplendor haciendo que un ligero dolor de cabeza se estuviera abriendo camino entre los pliegues de mi cerebro. Me sequé el sudor de la sien con el dorso de la mano mientras apoyaba el bolso en uno de los bolardos de la acera en la que se ubica el edificio de oficinas donde desfallezco cada jornada laboral. Odio el calor pegajoso del verano.

Rebusqué como una loca en el interior de mi enorme Tote. Estaba segura de que la había metido esa mañana, pero ahora no la encontraba por mucho que ahondara esquivando el móvil, los pañuelos de papel, el neceser con el maquillaje de emergencia, el monedero…. Buscaba una flamante cajetilla nueva que había comprado ayer en el estanco de al lado de casa. La maldita se resistía a aparecer en un momento de urgente necesidad. De verdad que mi cuerpo pedía a gritos calmar nervios a base de nicotina.

Los espejos de la fachada del complejo me devolvieron mi imagen: una preciosidad morena con un uniforme azul marino, extremadamente desfavorecedor, y con cara de acelga, a punto de sufrir un colapso nervioso.

Estaba siendo un día especialmente difícil. Se ve que hay gente que piensa que recepcionista significa chica para todo. Encima mi compañera no había aparecido y se pensaba que podía justificarlo con un escueto mensaje de no sé qué sobre una urgencia. Al jefe no le ha hecho ninguna gracia. Y claro, lo estaba pagando conmigo. Cómo si no tuviera ya suficiente marrón encima.

Como broche de oro a la jornada, el maldito tabaco seguía sin aparecer. ¿Se me habría caído al sacar la tarjeta del metro? Me estaba poniendo bastante nerviosa y no ayudaba la sensación de que alguien me estuviera mirando fijamente.

Alcé la vista y me encontré con unos ojos azules bastante impactantes y tristones. Le pertenecían a un viejo que lucía unas cicatrices tan impresionantes como sus ojos. Y unos músculos bastante inusuales en la tercera edad. De joven debió ser todo un bombón, pero ahora, el repaso que me estaba dando me resultó bastante desagradable. Este viejo verde se creerá que aún está bueno. Qué asco. Le devolví la mirada sin achantarme. Mi trabajo me obliga a ser ridículamente amable, pero ese tío no me sonaba que fuera de ninguna de las oficinas, así que podía quitarme la máscara y mostrar abiertamente mi repulsión.

—¿Necesita algo, abuelo? —le solté con toda mi mala leche y desprecio. Así intentaba recordarle la escandalosa diferencia de edad entre ambos. Lo que haría que no le mirara dos veces. No es por fardar, pero no estoy nada mal y suelo llamar bastante la atención. Si soy joven y guapa se dice y ya está.

El viejo me agarró la muñeca con delicadeza y me puso algo en la mano, sobándome más de la cuenta. Me pareció repulsivo, pero sentí algo muy familiar entre los dedos y no la retiré: Una cajetilla de tabaco. Casi sonreí del alivio. Necesitaba Nicotina ya. Menuda jornada mañanera llevaba a mis espaldas.

Me volví de nuevo al viejo con algo más de amabilidad. Ya se sabe que es de bien nacidos ser agradecidos. Me dio la impresión de que iba a decirme algo, pero en el último momento apartó su mirada triste y se fue, sin más, por la estrecha calle, hacia la avenida principal. Temblaba ligeramente. Como si estuviera conteniendo sollozos. O eso me pareció a mí. Me dio un escalofrío por toda la columna vertebral que me dejó aún peor cuerpo. Menuda mañanita.

Miré la cajetilla. Estaba llena. Tabaco gratis. No iba a quejarme, ¿verdad? Por fin algo de luz en un día de mierda.

De repente, me entraron unas irresistibles ganas de fumar. Ya quería desde el principio, pero ahora casi sentía que me ahogaba si no me metía, ahora mismo, un cigarrillo encendido en la boca y lo aspiraba como si no hubiera mañana. Nunca había sentido algo igual en mi vida. Qué vicio más malo. Lo sé. ¡Lo sé! Cuando se tranquilicen las cosas en mi vida, dejaré de fumar. Está vez de verdad.

Con la conciencia tranquila por mi reciente promesa en pro de la salud de mis pulmones, me puse el ansiado cigarrillo entre los labios y lo encendí anticipándome al placer que iba a proporcionarme la primera calada. Expulsé el aire despacio y el humo tomó formas demasiado concretas y reconocibles. Qué curioso. Volví a aspirar el humo y a soltarlo. La nueva tanda de humo se sumó a la primera, que se resistía a desvanecerse, e hizo aún más nítida una imagen en movimiento.

—Qué coño…

No me dio tiempo a decir nada más antes de escuchar el impacto y los gritos en el cruce con la vía principal. Me giré hacia el lugar del desagradable sonido y vi a lo lejos un cuerpo tirado en una postura de lo más antinatural y un coche girando a toda velocidad hacia mí. Sentí el fuerte deja vu en todos mis huesos y sin pensarlo demasiado, me aparté hacia un lado, estrellándome contra el suelo y esquivando el inminente atropello por los pelos. El vehículo se estrelló violentamente contra la recepción, atravesando la cristalera de espejos de la ancha puerta de entrada. Estaba viva, pero no ilesa. Me había estampado la coronilla con uno de los bolardos que exhibía la acera. Todo tal y como había visto que pasaba en las imágenes formadas por las volutas de humo…

viernes, 2 de mayo de 2025

Cómo empezar tu novela: Segunda clase

 Arte Poética, Eugéne Guillevic

«Me complace imaginar que mi lector es alguien más o menos como yo,

con buena fe y que deja entrar cosas dentro de sí mismo»

Eugéne Guillevic

Guillevic nos habla del proceso de la escritura poética a través de poemas.

Cuando estás en sintonía con tu novela llega un momento en que todo te encaja, todo va bien en la trama. Lo malo es cuando no tenemos nada que añadir a la novela.

Consejos para escribir comienzos de una novela

1- Hay que poner en marcha la historia son complejos. La mejor estrategia es una ataque rápido y frontal. Nada de descripciones aburridas. El personaje que mira a la ventana es una evidencia de tu falta de ideas. Una novela debería empezar con movimiento, con acción.

En La ventana indiscreta, Alfred Hitchcock hay acción desde el principio, aunque se trate de una persona que mira por la ventana.

El pasado del personaje sí importa y se mete poco a poco en la novela. No todo desde el inicio.

El primer capítulo sirve para presentar al personaje y los personajes hacen cosas.

No empecéis con una descripción porque no suele funcionar a la hora de enganchar a los lectores. Hay grandes novelas que empiezan así, pero suelen pertenecer a autores de otro tiempo. En la actualidad, se ha evolucionado a una manera de escribir más directa, que va más al grano y menos a largas descripciones.

Historia de dos ciudades, Charles Dickens. 

En el SXIX, la novela tenía otro ritmo porque no tenía la competencia del cine, televisión, etc… Los lectores de esa época no tenían tantos estímulos. Ahora los libros suelen centrarse más en la acción y los hechos que en las descripciones o largas reflexiones.

2- Información sobre personajes, lugar en el que se sitúa la acción o una época de tiempo determinada. Lo que se suele llamar el cronotopo (tiempo y lugar)

3- En los inicios de las novelas se especifica el tipo de narrador, el tiempo verbal, el tono, la atmósfera de la trama… Es como un contrato que se extiende al lector y romper las normas de ese contrato suele tener consecuencias. No podemos cambiar de repente estos elementos por que sí.

4- Comenzar hablando del tiempo es otro defecto muy habitual: “Era una noche oscura y tormentosa…”

5- Es importante sorprender al lector, llamar su atención, ser intrigante. Ese primer capítulo es como una primera cita de Tinder. Has quedado con le lector, al que no conoces, y quieres mostrarte interesante, mostrarte un tanto misterioso, seducirlo. Es importante mostrar información, pero sin resolverlo todo. Es un ejercicio de seducción. Hay que buscar la extrañeza en el lector.

6- Hay que plantear un conflicto cuanto antes, algo que mueva la historia.

Crónica de una muerte anunciada, Gabriel García Márquez

7- Hay que anticipar la historia sin miedo, pero sin pasarse con la información que se facilita.

8- No se debe acumular nombres de personajes en un principio, porque el lector los olvida con facilidad. Se podría comparar a esos momentos en el que alguien te presenta a muchas personas de una vez y vas olvidando los nombres según los vas escuchando. Esto tiene que ver con la saturación de información al lector.

Grandes pechos, amplias caderas, Moyans (Fei rung, fei tung. Hay musicalidad en el idioma original (chino).

9- El primer capítulo debe sumir al lector en una especia de trance. Lo sumerge, lo hipnotiza. El escritor debe mostrar autoridad frente al lector, convirtiéndose en una especia de Sherpa, sensei e ilusionista. Si cuento la historia con autoridad, introduciendo elementos verosímiles o reconocibles para el lector, éste hará un acto de fe con lo que cuento. Hay que entrar en muchos detalles para crear nuestro universo.

Paradójicamente, el principio se suele escribir al final. Hay que hacer pruebas preliminares para encontrar el tono de tu novela. El primer capítulo de la novela hay que escribirlo cuando ya se sabe toda la trama ( o casi toda) y se suele reescribir muchas veces.

Normalmente, el escritor escribe muchas páginas no publicables para intentar encontrar el tono y construir la novela porque se habla de detalles que ayudan al buen desarrollo de la trama.

Los nombres que acaban en ía (como María, Lucía o Sofía) se desaconsejan porque riman con los verbos en pretérito imperfecto de las conjugaciones acabadas en -er e -ir y rompe con la musicalidad de las frases.

Para consultar información sobre los nombres y apellidos más o menos corrientes en una región española se usa la web del Instituto de Estadística Español (INE). También existen generadores de nombres para todo tipo de géneros y ambientaciones en internet.

Matadero cinco, Kurt Vonnegut no sigue una linealidad temporal y es muy sorprendente. El primer capítulo consta de un par de páginas.

Libros sobre bipolaridad:

La broma infinita o El rey pálido, David Foster Wallace

El club de los mentirosos, Mary Karr

Las vírgenes suicidas, Jeffrey Eugenides


viernes, 18 de abril de 2025

Como empezar tu novela. Tarea uno: Sinopsis

Un día que estaba muy inspirada se me ocurrieron cuatro sinopsis. Cantidad nunca es calidad, soy consciente de ello, pero es mi forma de funcionar casi siempre. La creatividad en mí es abundante y caótica, con lo que luego necesito mucho tiempo para poner orden en todo lo que se me ocurre.

En fin, aquí os dejo las sinopsis de mi primera tarea del curso:

Ratones, velas y pintalabios

Cerró la jaula de los ratones con más fuerza de la debida y abandonó el laboratorio por última vez. Le habían retirado la beca por ser sospechoso de asesinato.

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Los aromas que antes le daban tanta paz, ahora le revolvían el estómago. Tiró la última vela a la bolsa de basura, la cerró, salió de su habitación y se dirigió al contenedor sintiendo las miradas de sus compañeros en su espalda. Todos sabían que era sospechosa de asesinato.

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Observó su pintalabios, incrédula. La mano le temblaba tanto que el carmín acabó en el suelo dejando una leve huella roja, brillante y oscura. La limpió frenéticamente. Debía tranquilizarse y deshacerse de la barra. No era la única que usaba ese tono. Pero lo que le daba verdadero pavor era la idea de que alguien se había metido en su habitación para cogerlo y luego había vuelto para devolvérselo.

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Un cadáver, salvajemente mutilado, aparece en la habitación desocupada de una residencia universitaria junto a un ratón de laboratorio muerto, una vela aromática casi consumida y una extraña fórmula dibujada con un pintalabios de un rojo oscuro y brillante; conmocionando a las fuerzas del orden y a la comunidad científica.



La habitación 313

¿Quién soy? ¿Dónde está mi ropa? ¿Cómo he llegado a esta habitación de hotel? Y, sobre todo, ¿Por qué estoy en una cama rota rodeaba de cadáveres desnudos?



Humo

Todos dicen que fumar mata, pero a mí me salva la vida. Las volutas de humo van tomando forma y me muestran, de nuevo, cómo sobrevivir un día más. Me gustaría saber por qué estoy atrapada en este ciclo sin fin de gente interesada en borrarme del mapa y caladas que delatan sus intenciones, pero si me paro a pensar la muerte podría alcanzarme.



Un tipo normal

Lo mejor de ser un tipo extremadamente normal y tranquilo es que nadie repara en ti. Algo tremendamente útil si te dedicas a infiltrarte como parte del personal de servicio en mansiones de sospechosos de negocios… digamos que muy muy muy ilícitos.

Entro, recopilo información valiosa, se la vendo a clientes incapaces de rastrearme y después sólo queda renunciar y pedir trabajo en otra mansión con otra identidad. Pan comido.

Excepto si a alguien le da por fijarse en ti por razones ridículas que aún no logro comprender. Maldita cría pegajosa. Al final me va a obligar a deshacerme de ella. No querría, pero…

Y que conste que si tengo que llegar a algo tan extremo es culpa suya y no mía.



jueves, 10 de abril de 2025

Cómo empezar tu novela. Primera clase

He comenzado otro interesantísimo curso en la biblioteca pública. Esta vez se trata de Nueve aperturas: cómo empezar tu novela. Aquí os pongo los apuntes de la primera clase.

La noche será negra y blanca, Socorro Venegas

Operación Masacre, Rodolfo J. Walsh

Escribiendo, podemos descubrir lo que queremos contar a partir de una idea inicial .

No siempre hacen falta esquemas y mapas o un armazón antes de comenzar a escribir 

Entre escritor brújula y escritor mapa existe un término medio también muy interesante. Hay que ser elástico para cambiar el mapa cuando sea necesario, aunque signifique tirar gran parte de la estructura a la basura.

A veces, cuando comenzamos a escribir, no conocemos al personaje sobre el que va a versar nuestro escrito hasta que escribimos sobre él y, entonces, se nos revela la trama.

Los personajes viven fuera de nosotros y nos cuentan cosas. Crecen y dan sentido ala historia. A veces imponen las historias

Un hombre bueno es difícil de encontrar, Flannery O'Connor.

Los escritores brújula escriben mucho y la gran mayoría se deshecha, pero les ayuda mucho a desarrolla personajes y tramas. Cuanto más material tenemos más profundizamos.

Hay un momento en el que el universo se confabula con tu novela y todo te inspira, pero es falso y no todo vale. Es el momento de euforia.

Al otro extremo está el momento de bloqueo, que suele llevar a la depresión, inseguridad y crítica extremas.

También hay que tener en cuenta la caducidad de las historias. Cuando guardamos manuscritos en un cajón y las volvemos a sacar para trabajar en ellas, a veces no somos capaces de retomarlas porque se escriben en momentos concretos de nuestras vidas y nuestra nueva situación puede no empatizar con la que se dio en ese momento. El autor cambia y la novela acaba perdiendo atractivo.

Las historias son siempre personales. Suele haber una tendencia de crear personajes muy cercanos al escritor o, por el contrario, totalmente alejados. Ese personaje impone una historia. Normalmente, por muy alejado a nosotros que esté nuestro personaje, tendemos a meter algo nuestro en él. Incluso una parte reprimida de nosotros. Está bien salir de tu zona de confort, pero siempre entregando algo de nosotros a nuestros personajes para hacerlos más creíbles y verosímiles. 

Cuando escribes puedes plasmar cosas que no puedes hacer en la realidad.

Perfect days, película.

Siempre tiene que haber al menos un conflicto, pero no tienen por qué ser conflictos extremos. También pueden ser leves, cotidianos. 

Hay que vencer a todos los estados de ánimo y seguir trabajando. Lo principal es divertirse. Para escribir debemos sumergirnos en la novela durante una parte de nuestra vida. El escritor piensa en su novel a todas horas, aunque no esté escribiendo. Su pensamiento tiene que estar en sintonía con la historia que está escribiendo.

Se necesita un entrenamiento de escritor. Escribir una novela es el resultado de una obsesión. Lo importante es estar sumergido en tu novela. Piensas en ella todo el tiempo y cuando te sientas por fin a escribir tienes muy claro lo que vas a escribir, aunque puede que luego lo que has escrito sólo sirva de material para profundizar en trama y personajes y acabe siendo desechado. Es una mezcla entre la costumbre de escribir y el gozo de escribir.

El camino del artista, Julia Cameron

El gozo de escribir, Natalie Goldberg

No nos quedamos en el borde, nos tiramos dentro.

Estructura de una novela:

- Planteamiento: presentación, ambientación, personajes, trama.

- Nudo: conflicto, lucha. Se presentan los aliados y los enemigos.

- Desenlace: clímax. La gran batalla. El personaje va a triunfar o ser derrotado.

Como ya se dijo, el conflicto no tiene por qué ser tan extremo y épico. Puede ser algo cotidiano a lo que se enfrente el personaje.

La historia no tiene por qué ser lineal, pero todo debe estar conectado.

El éxito de un comienzo está en la manera en al que se muestra la información de la novela.

Comienzo in media res significa que la historia comienza a mitad de la trama.

Hay que seleccionar la información más importante y saber dosificarla o reservarla para las escenas más importantes.

Un principio tiene que entregar siempre algo de información. Un poquito, aunque la hagamos parecer mucha información.

La metamorfosis, Kafka, juega con la extrañeza.

Comienzo de Árbol de humo, Denis Johnson

Comienza casi como un relato lleno de paralelismos entre el asesinato del presidente de EEUU y el asesinato de un mono.

Hay dos elementos que deberían aparecer en toda apertura, aunque no hay normas lapidarias:

- Situación de tiempo y lugar de la novela (ambientación)

- La creación de una atmósfera que nos presente al personaje o personajes principales.

En este caso, la apertura de nos Árbol de humo presenta al personaje con la acción, por medio de la historia. Conocemos al personaje a través de los hechos. No se describe al personaje directamente.

Un comienzo malo es aquel en el que aparece un personaje mirando hacia una ventana de forma estática y empieza a acordarse de algo. Es un inicio malo porque no tenemos a nuestro personaje en la acción.

En el comienzo que nos ocupa, Denis Johnson no explica, expone.

Su personaje evoluciona en una atmósfera concreta, en un tiempo determinado y un lugar. El autor presenta la protagonista por medio de acciones y deja que el lector saque sus propias conclusiones. De manera indirecta, el autor nos cuenta un acto de iniciación a la violencia. Probablemente, este episodio tiene más importancia que la que muestra.

No lo cuentes, muéstralo.

Tarea: Resumen o sinopsis de no más de 500 palabras para tener un argumento como punto de partida.

sábado, 8 de junio de 2024

EL CRIMEN PERFECTO: Epílogo

 


Lavinia posó la mano sobre mi, ya notable, barriga y apenas me dio tiempo a contener mi rechazo. Recompuse mi expresión a la fuerza mientras sus largos y finos dedos descansaban con suavidad en mi jersey de lana merina. Parecían patas de araña sobre el grueso tejido.

En respuesta, mi hijo se agitó inquieto. Dicen que los fetos tienen una intuición natural frente a las amenazas. Me pregunto si el mío se remueve en un intento de huir de la garra de la tejedora o si es una reacción a mi propio estado de ánimo.

La imagen de mi padre y su breve adiós, cargado de incomprensión y decepción, cruza mi mente de forma inesperada. No hubiera podido explicárselo, aunque quisiera. Cómo poner en palabras mi complicidad con el horror en estado puro. Porque así somos los seres humanos: horribles y temibles. Increíblemente egoístas y supersticiosos. Una plaga para el mundo y para nosotros mismos. 

Paré mi hilo de pensamientos antes de que me llevaran de nuevo a recuerdos que mi mente consciente esquivaba con desesperación: el olor a las algas en descomposición que se posaban sin fin en la orilla, los gritos de un amigo al que creía conocer y del que no sabía nada, una verdad colectiva tan terrible como atractiva y, entre todas esas sensaciones, una mujer en las sombras que mueve los hilos con un propósito claro. O quizás miles de ellos. Todos, piezas de un puzle oscuro.

Volví a fijar mis pensamientos en mi progenitor. Aquel que se llenaba las manos con el amor que juraba profesarme y para quien sólo era una extensión de sí mismo a la que moldear. ¿Qué pasó cuando me salí de su camino? Pues que ahora sólo me queda recordar su espalda alejándose. Un recuerdo triste, pero tampoco es que me pueda permitir el lujo de despistarme pensando en lo que he perdido. Me aterra más lo que puedo llegar a perder de aquí en adelante.

Es irónico, porque, según mi padre, el único crimen de mi marido fue el de ser un pelele sin voluntad en manos de las mujeres que amaba, pero, tras tantos años con la venda en los ojos ahora veo que ese hombre, al que le debo en parte el milagro de haber nacido, no sabe lo que es el amor. No hay droga emocional que nos vuelva más tontos. Y aunque mi marido ha demostrado ser el más tonto de todos, no puedo dejar de reconocerle su total adoración por las mujeres de su vida: Su madre, su hermana y, evidentemente, yo. De hecho, debería ponerme delante, puesto que les gané a todas ellas por goleada en el corazón de Howard. 

Aunque yo no lo supiera en aquel momento, sus últimos años de vida estuvieron dedicados en exclusiva a mí. Tampoco es extraño. Después de todo, fui a la única a la que eligió realmente.

Me obligo a sonreír. Mi cuñada me devuelve la sonrisa sin apartar la mano del lugar donde se gesta el futuro heredero de los Pickman. Sé que no confía en mí, aunque no lo demuestre abiertamente. Es tan intuitiva que a veces me pregunto si no será bruja. Después de todo lo vivido no me extrañaría nada descubrir que en ella vive la magia negra.

Noto otra presión en el hombro. Sé que Winfield trata de reconfortarme. Cada día se parece más a su hermano y no sé si eso me gusta demasiado. Me giro y observo su rostro, más pálido de lo normal. Una gota de sudor sigue el camino de la curva de su cuello. Parece un niño perdido, pero no puedo ayudarle.

Tengo mis propios problemas. ¿No os parece?

—¿Tienes frío? Haré que te traigan una manta.

Las palabras de la aparentemente frágil mujer me llegan al cerebro con retardo. Antes de que pueda contestar ya se ha levantado a buscar a algún sirviente para que traiga algo que me mantenga calentita. Estoy completamente segura de que sabe que el escalofrío que ha recorrido mi cuerpo no tiene nada que ver con la temperatura de la estancia, pero es única tejiendo realidades a su medida. 

Un suspiro silencioso escapa de mis labios.

—No es tan malo —se atreve a susurrarme Winfield, pero el temblor de su voz lo delata. 

No me mira a los ojos. Cómo podría. Es demasiado joven para entender los rebordes del problema, pero sabe que están ahí y puedo ver cómo alimenta al monstruo de la duda cada día que pasa. Eso me conviene. Estoy segura de que no pasará mucho tiempo hasta que le devore por completo. Por ahora, que disfrute de su pequeño triunfo, pienso mientras hago girar el ostentoso anillo de compromiso en mi dedo anular.

Ya veremos quién acaba moviendo sus hilos: su hermana o yo.

Upton aparece en el umbral de la puerta con una hermosa manta que, nada más verla, se me antoja imprescindible para que cubra mis piernas. No había notado el frío hasta este mismo instante, pero ni loca dejaría que ese psicópata come cadáveres se acercara mí.

—Cariño, ¿me colocarías la manta? —le pido a Winfield con ese tono de voz sugerente que sé que le desarma ante mí.

Mi flamante prometido no se hace de rogar y me acomoda la codiciada pieza con inmenso cuidado y una expresión de adoración que no pasa desapercibida a su hermana. Seguramente piensa que ese estado de deslumbramiento hacia mí, lo vuelve más débil a sus manejos. Definitivamente el joven que me tapa con la sedosa manta se parece cada vez más a su hermano.

El ejecutor de mi marido perfila una mueca indescifrable con esa boca que siempre me ha parecido demasiado llena de dientes. A pesar de que sé que es un monstruo y odiarle estaría más que justificado, no lo culpo. Sólo intenta sobrevivir, como todos.

En cambio, a ella, a la araña manipuladora de destinos, sí que la culpo. Es más, la odio con todo mi ser. No tarda en aparecer detrás de la espalda de su aberrante lacayo, mirándome con inmensa ternura.

—Si necesitas algo más sólo tienes que pedirlo —Me asegura con voz dulce.

Qué pasará cuando ya no me necesite. La idea me aterra, pero todavía queda mucho tiempo hasta que deje de serle útil. Mucho tiempo hasta que le demuestre el grandísimo error que ha cometido al meterme en el mismo saco que a sus víctimas.

Yo también sé mover hilos.

Agarro la mano de Winfield, que corresponde a mi gesto con una ilusión casi infantil reflejada en el rostro. Uno menos para ti, araña. Y ya tengo en mente el siguiente hilo que te voy a cortar. El miedo es el mejor acicate. Hare lo que tenga que hacer para salvar a mi hijo del horror. Me convertiré en lo que haga falta. Prepárate, Lavinia, porque voy a hacer que tu telaraña te explote en la cara.


EL CRIMEN PERFECTO. Tarea: el asesino

 


Lavinia, la hermana mayor de la víctima, conoce todos los entresijos de la secta a través primero de su hermano Howard y después del secretario Upton, que le profesa una extraña fidelidad. Lavinia es muy inteligente y se conduce por un intenso deseo de llevar prosperidad a su linaje. La secta es una herramienta muy conveniente para asegurarse la fidelidad de otras poderosas familias. Intenta convencer a su hermano para que sea la cabeza visible de la familia y el líder de la congregación, pero éste no está dispuesto a volver, ni siquiera por ella. Ahora tiene una vida en Boston que le gusta y una mujer a la que adora por encima de todo. No quiere a renunciar a nada para volver a su antigua vida que lo sumió en una pesadilla el día en el que murió su madre. Es más, le deja entrever que está harto de todo y que lo mejor sería acabar con la aberración que guía los pasos del culto a Dagon.

Lavinia, inquieta con la idea de que su hermano haga una locura que los lleve a todos a la desgracia, habla con Upton presentando a su hermano como un desquiciado que puede acabar haciendo saltar la liebre de la secta en cualquier momento. Eso no le interesa en absoluto al anodino secretario, que, en realidad, es un criminal con tendencias caníbales. Dichas tendencias están bien vistas por los sectarios, que lo consideran un gul. En la mansión Pickman, Upton se siente seguro y puede dar rienda suelta a sus malos hábitos con los cuerpos de las víctimas de los rituales: forasteros y vagabundos en su mayor parte. El propio H.P. Pickman padre le proporciona la identidad falsa tras la que se esconde, asegurándose su lealtad y fidelidad.

Upton mata a Howard con un estrangulamiento sanguíneo para salvaguardar su modo de vida. Su víctima no tenía una constitución fuerte y su vida sedentaria le había restado potencia muscular, así que no le fue difícil sorprenderle por la espalda para presionar las venas carótidas de su cuello con la técnica de artes marciales conocida como hadaka-jime o mataleón. El cerebro sufrió una carencia de oxígeno demasiado prolongada que llevó a la víctima, primero a la inconsciencia y luego a la muerte. A pesar de que este método de estrangulamiento no suele dejar huellas en el cuello, ya que no se necesita especial fuerza al apretar, y la víctima no presentaba signos de violencia por defenderse de su atacante, el secretario trató de borrar sus huellas dejando el cadáver a merced de los perros del Club de Caza de nuevo Dunwich del que los miembros masculinos de la familia eran socios prominentes. Los perros se dedicaron a jugar con él, ya que estaban bien alimentados y no tenían ninguna necesidad de comérselo. A Upton se le ocurrió esta manera de simular la muerte de su víctima porque le pareció perfectamente alineada con su costumbre de comer carne humana. Pero, más adelante, se arrepintió varias veces de su muestra de humor negro. Hubiera sido mejor tirarlo al mar. Contaba con que el forense de la pequeña ciudad no hiciera un examen minucioso del cuerpo. Y así fue, gracias de nuevo a Lavinia, que se mostró inconsolable ante la profanación del cuerpo de su hermano. Ella les convenció de que era más que evidente la causa de la muerte y que no hacía falta molestar a nadie con el tema. Consiguió que no se llevara a cabo el análisis forense, ya que la conclusión fue muerte accidental al ser atacado por los perros de caza abandonados cuando ya no son efectivos en su labor. La teoría aceptada por todos fue que había acudido al cementerio a llorar su pérdida a la tumba de su padre y allí le sorprendieron los perros salvajes que, supuestamente, se colarían por los muros semi derruidos de la parte sur, la más pobre del cementerio. Otro error fue no llevar a los perros al supuesto lugar del crimen. Aunque nadie en la oficina del sheriff de Nuevo Dunwich se atrevió a indagar demasiado en el caso por temor a la familia Pickman.

Por otro lado, Upton sí que presentaba moratones y arañazos en la parte del brazo de la que se intentó zafar la víctima al ser estrangulado.

La tumba estaba un poco excavada porque el vigilante tenía intención de expoliar la tumba de H.P Pickman cuando se encontró con el cadáver de su hijo. Con los nervios limpió las huellas de la pala, pero se olvidó llevársela. La víctima tenía señales en la mano de haber usado la pala porque había participado en las primeras paletadas que se dan para cubrir el ataúd durante el funeral.