miércoles, 27 de septiembre de 2023

Malentendidos

 —¿Nombre?

—Preferiría no decirlo.

—¿Cómo?

—Es que no le conozco de nada. Compréndalo.

— Er… Bueno, pues ¿profesión?

—Asesino en serie.

—¿Disculpe?

—Disculpada.

—Digo que me diga su profesión. Y sin cachondeitos, por favor.

—Asesino en serie.

—¿En serio?

—En serie.

—¡Ja! Me parto.

—Puedo hacer realidad su sueño si así lo desea.

—…

—Lo malo es que un señor muy serio de la puerta se ha quedado con mis herramientas, pero puedo ir a pedírselas. No tardo nada.

—¡No! Digo… No, gracias. Déjelo. Si no hace falta. Mejor sigamos. A ver… ¿Cómo se describiría?

—Educado, agradable… aunque algo temperamental. Y, a veces, un poco menos agradable.

—Ya… ¿Le gustan los niños?

—Fritos o al horno están deliciosos.

—¡Está loco!

—Claro.

—Comprenderá que no puedo contratarlo como monitor de guardería…

—¿Perdón?

—Perdonado.

—¿Pero no es aquí donde buscan troceador de cadáveres para prestigiosa banda mafiosa?

—Si le digo que no, ¿qué pasaría?

—Que le enseñaría mi afición favorita y me temo que tendría que dejar de ser tan educado.

—¡Pues claro que es aquí! Ha pasado la prueba. Enhorabuena.

—Estupendo, estupendo. Le aseguro que no se arrepentirá. Aunque me siento un poco decepcionado. Pensé que tendría que pasar un examen práctico antes.

—Noooo. Que va. Es que me ha impresionado mucho, ¿sabe?

—Entonces no me puedo ir sin demostrarle mi potencial. Va a ser muy divertido… al menos para mí. Voy a por mi instrumental. Enseguida vuelvo. ¡No se mueva!

Dos días después…

—Buenos días, disculpe el retraso. Es que me han retenido en la puerta. Menuda seguridad tienen ustedes aquí. Eso me gusta.

—Cualquier precaución es poca después de tener que jugar al escondite con los trozos del cuerpo de una compañera.

—¡Terrible! Si es que no te puedes fiar de nadie. Esos malditos salvadores de almas están en todas partes.

—¿Disculpe?

—¡Ah! ¿Que no es aquí lo del Aquelarre?

—¿El aquelarre?

—Maldición. Pues le ruego que me disculpe por lo que voy a tener que hacer ahora.

—¿Croac?

Dos días después…

—¿No había aquí una agencia de empleo?

—La tuvieron que cerrar. Por lo visto el mensaje del cartel no era muy claro y se les colaba cada uno…

—¿Qué ponía?

—“Está usted en el lugar correcto”.


viernes, 15 de septiembre de 2023

Reto

 —¿Se lo has dicho?

Susana se hizo la loca de una forma bastante convincente.

—¡Oh! ¡Venga ya! No se lo has dicho, ¿verdad? —insistió la vocecita muy cerca de su oreja.

La niña se empecinó en garabatear en su cuaderno fingiendo una concentración que distaba mucho de tener.

—Pues me estoy enfadando… —silbó amenazante la voz, aún más cerca de su oído.

“Si sigue así se va a meter directamente en mi cerebro”, pensó fastidiada.

Con un gesto de derrota se levantó de su pupitre y cruzó la clase con paso vacilante.

Por qué tenían que obligarla. Qué había hecho ella para merecer esto. Bueno, sí que había hecho algo. Una tontería de nada. Nunca más volvería a jugar a verdad, beso o reto. Eso seguro.

Suspiró y le tocó levemente las anchas espaldas enrojecidas a su objetivo para llamar su atención.

La enorme mole se dio a la vuelta y clavó sus oscuros ojos en la temblorosa figura de Susana.

—Es verdad que… —comenzó con voz temblorosa —. ¿Es verdad que tienes una huella del pie de Miguel en tu culo? —terminó todo lo deprisa que pudo trabándose en algunas palabras.

Si no le entendía mejor que mejor.

El ceño de su interlocutor se frunció levemente.

—¿Quieres morir? —escupió con voz de fuego

—Ya… ya estoy muerta

—¡Oh! Es verdad —cayó en la cuenta el demonio.

—Pues entonces me vas a escribir 3.822 millones de veces en tu cuadernito “No tentaré mi suerte tocando los cojones a dos manos al magnífico Ángel Caído, aka el Príncipe de las Tinieblas, Lucifer Estrella de la Mañana, también conocido como Satanás, Luzbel, Samael… Buf me aburro. Necesito vacaciones

—…ññññ aburro…eeehh… vacaciones —apuntó la niña.

—Eso último ¡no! —se exasperó Su Malignidad—. Espera. ¿Te has traído el cuaderno?

—Er… Sí…

—¿Ya te esperabas un castigo tan horrible?

—Puesss… —A la pequeña le empezó a dar pena el gran mandatario infernal.

La verdad es que no destacaba por su originalidad.

Miró a sus espaldas y vio a uno de sus compañeros de torturas riéndose por lo bajo.

—Oiga, gran Mal en mayúsculas. Si lo que necesita son ideas nuevas por qué no pregunta a la clase. Ya sabe eso que dicen de que los niños pueden llegar a ser muy crueles.

—Sigue hablando.

—Por ejemplo, ve a ese que se está descojonando ahí al fondo.

—¿Sí?

—Mándelo al cielo.

Lucifer abrió los ojos muy sorprendido y una malévola sonrisa le ensanchó la cara.

Dos días después los demonios daban una fiesta en un infierno vacío de almas haciendo oídos sordos a los terribles golpes que daban unos furiosos arcángeles en la puerta.

martes, 17 de enero de 2023

IETHAR. Jack el Mago

Reto literario 2023. Enero: IETHAR. Jack el Mago

Jack el mago es el primero de un saga que promete muchas aventuras y un nuevo universo extremadamente interesante.

Autor: Marcos Madueño

Género: Fantasía

Serie-Saga: IETHAR

Target de edad: Juvenil-adultos

Tipo de encuadernación: Tapa dura

Editorial: Autopublicado

Número de páginas: 392 

Dónde encontrarlo: Publishmybesteseller.es


Sinopsis

¿Qué pensarías si descubrieras que esos mundos mágicos que creías cuentos han sido siempre reales?

Pero las historias no contaban toda la verdad.

Los Despertados viven entre nosotros con el deber de proteger a la Madre Tierra.

Magos, Cambiaformas y guerreros con místicos poderes combaten contra fuerzas malignas para defender nuestro mundo y el de los espíritus.

Jack regresa de un largo viaje por el Mundo Espiritual en su búsqueda de una salvación para su amiga.

Llega con las manos vacías pero no piensa rendirse.

¿Podrán él y sus amigos acabar con la maldición que tortura a Kate?

Reseña

Este tomo nos presenta un universo muy cuidado que se divide en despertados, elegidos por los grandes espíritus y sus descendientes, y dormidos, los humanos que no conocen la verdadera realidad y viven sus vidas ajenos a la gran guerra que se debate sobre ellos. 

Porque los durmientes tienen una misión muy concreta: mantener a raya a los demonios.

Además, deben mantener el equilibrio entre el mundo espiritual y el material, separados por líneas demasiado difusas que se entremezclan continuamente.

Se dividen en seis castas dependiendo del gran espíritu que les concedió sus dones: guardianes, jueces, magos, cambiaformas, asesinos y videntes.

El protagonista de la historia es un mago desesperado por ayudar a su amiga cambiaformas que pone a prueba su suerte buscando la solución en lugares en los que no debería aventurarse nunca un humano y vuelve al mundo material sin memoria ni salvación.

"—... Es inútil preguntártelo, pero ¿tampoco puedes decirme si encontraste lo que buscabas?

—Bueno, ni siquiera sabía que me había marchado para buscar nada."

Pero algo ha cambiado. Él no se acuerda, pero ha cruzado la línea, y va a necesitar de toda la ayuda de sus amigos para lanzarse de lleno a la locura en un intento por restaurar lo roto, salvar a su amiga y evitar la oscuridad que amenaza la realidad.

"Pero esa imagen de paz y serenidad era sólo una fachada que ocultaba una verdad aterradora, como ocultaban las sábanas las cadenas que sujetaban sus muñecas y tobillos al suelo; pues todas y cada una de las noches, nada más ponerse el sol, su calma se tornaba en una furia salvaje."

La trama serpentea entre dilemas personales y un gran peligro común, llevándonos de una escena a otra con un sentimiento de desconcierto y hambre por saber más. El autor va dejando pequeños rastros de la historia y los hilos con los que se acabará entretejiendo un gran final que desvela el terribles secretos a la vez que deja un camino abierto hacia los nuevos acontecimientos que nos esperan en el siguiente tomo, que ojalá no tardemos mucho en poder disfrutar.

Puede que las idas y venidas, los recuerdos y los flashbacks, unidos a los cambios bruscos de escenario pierdan un poco al lector y por ello también incluya una cronología de los hechos que se suceden en el libro. Aunque yo no tuve problema en seguir la línea de la aventura, admito que no viene mal este pequeño resumen. Sobre todo, porque no sabemos cuándo se publicará la segunda parte y ahí sí que nos va a venir muy bien esta parte.

"Lo que debería haber acabado con la salvación de Kate tan solo había sido una puerta abierta a un futuro incierto. Y ni siquiera el presente era ya como el pasado que conocía."

El argumento descansa sobre una estructura muy sólida: un ambiente bien construido y que cuida cada detalle. Incluso un idioma y mitología propia. De ésta última encontramos un fragmento al final del libro que nos ayuda a entender mejor el mundo en el que se mueven los personajes.

Además, siempre podemos consultar el glosario que nos explica el significado de muchas de las palabras y conceptos que se manejan a lo largo del libro.

Por cierto, las ilustraciones de portada e interiores también son del escritor y creo que, por eso mismo, reflejan a la perfección el texto como un espejo.

Tips

Lo mejor: El misterio que te van desvelando poco a poco.

Lo peor: Se manejan muchísimos personajes en esta trama y a veces confundía dos entre sí o, directamente, no sabía quién estaba hablando en ese momento. A lo mejor un guía de personajes ayudaría.

Personaje favorito: Liliane.

"Había algo en la Asesina, en su mirada imposible, que hizo estremecer a los espectros, frenando su embestida lo suficiente para que las dagas volaran y los enemigos cayeran inmóviles a sus pies, con un certero corte en el cuello, o una puñalada en sus corazas que alcanzaba siempre el corazón"

Sensaciones: Me parece que es un libro que trasmite urgencia, emoción y tensión. Hay que salvar a la amiga, enfrentar nuevos e inquietantes peligros, desentrañar un misterio de gran importancia oculto en la pérdida de memoria de Jack, prepararse para lo que viene... En cada conversación y cada escena sientes que bajo las líneas de palabras se esconde algo más de lo que lees.

domingo, 4 de septiembre de 2022

La suerte está en la bolsa


Los sueños no la dejaban en paz. Se metían en cada recoveco de su mente y parecían llenarlo todo. Empezaron hace escasamente una semana y cada noche empeoraban. La certeza de que la estaban envenenando como la ponzoña que se respira por las calles de Arkham, sumaban urgencia a la misión autoimpuesta de Diana Stanley, pequeña emprendedora que tomó una de las peores decisiones de su vida en busca de la prosperidad de su pequeño negocio. Su camino la llevó de la Liga de las mujeres, la Cámara de Comercio y la Sociedad Histórica a unirse a las filas de La Logia del Crepúsculo de Plata, un club muy exclusivo al que sólo unos pocos privilegiados tenían acceso. Privilegiados… o condenados, depende de cómo se mire. En ese momento, la mujer, con el miedo reflejado en sus ojos y de movimientos nerviosos, se decantaba más por lo segundo. Condenados a conocer la horrible verdad y vivir con ella… y, en su caso, luchar en su contra desde las sombras. Sabe que ha sellado su destino desde el mismo momento en que cruzó las puertas de la mansión de Carl Sanford soñando con la grandeza y la fortuna. Quería triunfar, sí. Pero no a ese precio. El de la sangre y la cordura. No hay vuelta atrás ni tiempo para lamentarse. Tiempo es lo que menos tiene. Siente como se escapa de entre sus dedos como la fina arena de una playa paradisíaca. Inexorable e implacable. Haciendo que el plan avance demasiado rápido.

Ha sido testigo de tanto terribles secretos… Forma parte, para su desgracia, de un organigrama dantesco que manipula los hilos de la realidad y traspasa las fronteras de la mísera existencia humana. Hay cosas que no deben ser llamadas. Hay presencias que es mejor dejar dormir…

Diana no está sola. En su desesperación cruzó su camino con alguien que logró comprenderla demasiado bien, la sicóloga Carolyn Fern, también atrapada por la misma pesadilla que tejía sus insidiosas telarañas de locura en múltiples frentes. A menos, ellas habían unido fuerzas para desbaratar los planes de la logia.

La pequeña figura de la mujer de ciencia apareció ante la temerosa empresaria una tarde gris y pesada, una de tantas en Arkham, la ciudad de las sombras y los secretos innombrables. Se subió las gafas con nerviosismo y fue directa al grano sin perderse en grandes discursos. La habló de Malachi, el paciente que cambió su vida para siempre, y de las pesadillas que lo llevaron a su trágico final, ensartado en uno de los oníricos cuchillos que salieron de su tenebrosa imaginación de perturbado. Fue la señal que necesitaba para tomar la decisión final de unirse a la sicóloga y traicionar a los suyos.

Las pistas que habían ido recabando gracias a la magnífica capacidad de deducción de Carolyn las había llevado hasta ese punto de no retorno. Casi podían acariciar la victoria con las puntas de los dedos, pero unas criaturas hechas de niebla y miedo les habían cortado el paso. Habían pasado por mucho sufrimiento y estaban a las puertas de truncar el infame ritual que había puesto en marcha la logia por un precio demasiado alto.

La sectaria redimida se aprestó a lanzar la consunción concentrando todas sus energías en un solo punto. En su mente se formaron claramente seis símbolos con forma de cabeza. Sonrió satisfecha. Debería ser suficiente contra la horrible aparición. Susurró el hechizo preparándose para pagar el precio por usar conocimientos prohibidos. Sólo esperaba que no fuera demasiado alto. Una imagen de dos tentáculos que se juntan por sus puntas formando un macabro corazón estalló en el aire. Diana miró horrorizada la imagen mientras se iba disipando poco a poco. El engendro rió emitiendo unos sonidos ininteligibles que parecieron desgarrarle el alma a la investigadora. “Maldita suerte” fue su último pensamiento antes de caer en los abismos de la locura. Desde un lugar muy lejano, más allá de nuestra realidad, se oyó una tormenta de terribles juramentos: “Me cago en todo. Puñetera bolsa de caos. Es la última vez que voy con un místico. Me vuelvo a los guardianes para reventar a puños….”

Tony sacó su inseparable colt de calibre 38 de cañón largo, apuntó a esa cosa que se arrastraba hacia él haciendo inquietantes ruiditos de succión y, sin perder la calma, hizo detonar el percutor reventándole la puta cabeza. No tuvo tanta suerte con la criatura informe que apareció en algún punto impreciso tras su espalda. Carolyn no tenía ninguna oportunidad contra el purulento ser y no se lo pensó dos veces antes de intentar desistir y dejar a su compañero a su suerte. Una pena que otro engendro cuya existencia parecía imposible la estuviera esperando por el camino.

De todas formas, habían llegado tarde. Todas las pistas apuntaban a esa ubicación en concreto como lugar de reunión de los acólitos para llevar a cabo su terrible rito, pero, cuando por fin aparecieron en la misteriosa propiedad, sólo encontraron extraños símbolos en todas y cada una de las paredes y ese cadáver deforme, que parecía haber sufrido horrores innombrables hasta su último aliento. No querían ni imaginárselo. Pues ellos mismo habían tenido que presenciar fenómenos imposibles y enfrentarse a criaturas descarnadas en cuya presencia otros, con menos entrenamiento que ellos, no hubieran podido aguantar ni dos minutos sin caer en los abismos de la locura.

El camino hasta allí había sido difícil y habían pagado el precio con buena parte de su cordura, pero no podían abandonar ahora. Debían seguir intentando salvar nuestra realidad a toda costa. Una de ellos arrastraría un trauma mental hasta el día de su muerte, que probablemente sería pronto si se quedaban de brazos cruzados y la suerte volvía a darle la espalda. Y el otro se había ganado esos dolores delirantes que le hacían cojear en los momentos más inoportunos. Nada de eso les iba a parar. Se jugaban mucho.

Tenían claro que en la mansión, que antes fuera guarida de la cofradía, había comenzado algo terrible que había que parar a toda costa.

Un resplandor inquietante inundó el cielo. Nadie podría describir su color. No parecía de este mundo. Debían darse prisa o la realidad tal y como la conocían empezaría a resquebrajarse. No habría salvación para nadie.

— “Venga coge una ficha de la bolsa del caos… Maldito traidorrr.. ejem ejem”

— “¿Que querías que hiciera? Si estas en las últimas. Y va y me aparece ese pedazo de bicho. Miedo me da coger ficha…”

— “Abandonar es de cobardes. Venga. No seas pesado. Que sea lo que dios quiera”

— “Es que ni con tu guardián potente nos pasamos este escenario. Mira que eres de ideas fijas. Yo creo que con Diana nos hubiera ido mejor…”

— “¡Ni me la nombres! Parecía fácil eso de acumular cabezas y una mierda pa’mí. De todas, formas estamos jodidos otra vez. Para qué seguir sufriendo.”

— “Que no, que todo puede cambiar. Venga que me huelo un éxito. Lo huelo, lo huelo…”


sábado, 3 de septiembre de 2022

El inquilino de arriba



Me duele la cabeza. No es de extrañar. Hace muchos días que no logro dormir bien. No soy una persona impresionable, pero tras la desgracia del inquilino del piso de arriba no he vuelto a ser el mismo. Los rumores apuntan a que fue víctima de un crimen horrible. Las fuerzas de seguridad y sanidad que se vieron involucradas en el caso se vieron afectadas hasta tal punto que cuentan que se han retirado de la vida social para poder recuperarse del dantesco espectáculo que se vieron obligados a presenciar. ¡Exageraciones y chismes! Yo soy un hombre de ciencia muy poco dado a prestar oídos a palabras necias, pero nadie puede controlar su subconsciente y está visto que el mío ha decidido rebelarse contra mí hacia fantásticas ilusiones sin sentido.

En cuanto cierro los ojos comienzan a desfilar ante mí aberraciones humanoides revestidas de pieles escamosas, que recuerdan ligeramente a figuras marinas. Se mueven con andares torpes, pero decididos por las dependencias de una casa muy parecida a la mía, pero, a la vez, muy diferente. Sus ojos inexpresivos resbalan sobre mí como si no me vieran. Unos cánticos extraños, que parecen no provenir de sus labios inertes, llenan mis oídos y se cuelan en mi cerebro produciéndome un agudo dolor que va in crescendo hasta que me despierto presa del terror y envuelto en mi propio sudor.

Curiosamente, los somníferos que yo mismo me he recetado, lejos de darme alivio, amplifican estas pesadillas sin sentido. Tan realistas ya, que hasta me parece percibir un olor a agua y sal mezclado con algo más nauseabundo que no soy capaz de identificar.

Esta situación está afectando a mi pensamiento lógico. La falta de descanso puede acabar con la cordura de cualquiera. La desesperación me ha llevado a pensar en algo que, normalmente, me parecería ridículo, pero a situaciones desesperadas, medidas desesperadas. Estoy decidido a allanar la morada de mi antiguo inquilino para intentar conjurar a mis demonios. Si ha sido este episodio el que me ha sugestionado hasta tal punto, seguramente visitar el lugar de los hechos calmará a mi subconsciente y por fin podré dormir tranquilo. ¡Ah! Una noche sin sueños es lo único que ansío ahora.

Saco la llave del piso de arriba, puesto que al ser yo el dueño del edificio conservo llave de todas las dependencias en uno de los cajones de mi escritorio, y subo las elegantes escaleras de madera hasta la puerta de la víctima. En cuanto vea sus estancias envueltas en la normalidad de una realidad sin extraños monstruos ni espíritus, mi alma recuperará la paz. Es una cuestión científica el hecho de que enfrentarnos a nuestros traumas ayuda al cerebro a procesar mejor los estímulos.

Me cuesta un poco abrir. La puerta está ligeramente atascada. El inquilino tendría que haberme dado un aviso, pero tampoco me extraña mucho que no lo hiciera. Apenas salía de su morada y gozaba de un carácter silencioso y huraño que lo hacía blanco de un sinfín de estúpidos rumores a los que nunca presté oídos. Algo de lo que me arrepentí nada más traspasar el umbral de su puerta. Hubiera sido de ayuda saber algo más del misterioso habitante del piso de arriba.

Lo primero que sentí fue ese olor a mar putrefacto de mis sueños. Así que eso es lo que me estaba sugestionando durante mi sueño. Seguramente, se colaba por mi ventana hasta mis fosas nasales y ayudaba a mi mente a formar los horrores de mis pesadillas. Con un sigilo innecesario, ya que sabía de buena tinta que nadie moraba ya en esa casa, me introduje en el salón, observando cada detalle. El inquilino tenía un gusto extraño y rocambolesco para la decoración. Rayando en el mal gusto y acariciando los límites de una locura oscura e imprecisa. Pero, evidentemente, el aspecto tétrico y oscuro de las estancias no me amedrentó en absoluto. El miedo es un sentimiento irracional. Mis ojos percibían extraños movimientos en las sombras de la habitación, pero mi cerebro no se dejaba engañar por esas meras ilusiones. Así que seguí adelante, curioseando estantes y cajones. Al fin y al cabo, ¿quién iba a quejarse de mi intromisión?

Entonces mis ojos chocaron con un objeto bastante común, pero que, curiosamente, despertaba mi atención. Se trataba de un libro con tapas amarillas que descansaba en una de las mesitas del salón. Lo tomé despreocupadamente con más curiosidad de la que quería admitir. Nada más cogerlo mi corazón comenzó a acelerarse sin ningún motivo aparente.

A medida que pasaba las páginas, las palabras parecían cobrar vida propia y taladrarme más allá de mi consciencia. Algo extraño ocurría a mí alrededor. Algo que no se podía describir con simples palabras. Era como si la realidad se estremeciera y comenzara a tambalearse y a hacerse jirones. Detrás de cada desgarro lograba intuir, más que ver, horrores innombrables que mi cerebro se negaba a aceptar.

Todo mi cuerpo pedía a gritos que soltara el libro, pero mi voluntad se resistía obligándome a pasar una página tras otra, hasta llegar a la última, en la que algo terrible me devolvió la mirada. Sentí como mi cerebro estallaba en pedazos para volver a juntarse de cualquier manera. Mis pensamientos se entremezclaron con palabras irreconocibles imposibles de pronunciar por gargantas humanas y me sentí impulsado por un espacio infinito que escapaba a los límites de la cordura.

De repente, todo estalló en pedazos y me sumí en la oscuridad. Cuando volví en mí, me encontraba en el salón de mi inquilino, tal y como me lo había encontrado al entrar, excepto porque el libro había desaparecido.

Temblando incontrolablemente volví como pude a mis habitaciones. Y nunca he vuelto a salir de ellas. Me paso las horas escribiendo y escribiendo. Tratando inútilmente de poner en palabras mi horrible experiencia. Piensan que he perdido la razón. Y probablemente no se equivocan. De lo que sí estoy seguro es que esas cosas, que se mueven en las sombras de mi casa, son reales y vendrán algún día a por mi alma. No vale la pena intentar escapar. No existe rincón en este mundo en el que pueda ocultarme de ellas. Ruego que vengan a buscarme y acaben con este insoportable sufrimiento. Espero que mis escritos ayuden a la humanidad a entender los horrores innombrables que les acechan sin que ni siquiera lo sospechen.


jueves, 1 de septiembre de 2022

Bietka


La condena

¿Y dices que mi cliente está pasando esa puerta?

Eso mismo.

Que currada con todas esas mierdas místicas. Si me pide cosas muy raritas me piro. Eeeh.

Eso no va a pasar. Vamos, entra ya.

La demacrada chica se toma su tiempo, pero finalmente cruza el portal echándome una última mirada de desconfianza. ¿Devorar su alma entraría dentro de lo que ella consideraría cosas raritas? 

No tardé mucho en escuchar una voz susurrante que parecía llegar de todos lados a la vez. 

Te dije que no quería más putas.

Cómo si hubiera tanto dónde elegir.

Pues era eso o nada.

A lo mejor tendría que salir yo a buscar. A lo mejor, incluso, podría arreglarme con tu pobre y asquerosa alma.

Vale, vale, ya lo pillo .

Me di la vuelta para pirarme, pero la voz volvió a retumbar en mis oídos.

¿Te vas ya? ¿Así? ¿Tan frío?

Dudé un poco antes de volver sobre mis pasos y atravesar el portal con cara de pocos amigos.

Qué le voy a hacer. Esa puta asquerosa me tiene en sus manos. Cómo si pudiera negarme.

El olvido

Si me bebo otra estoy seguro de que me ahogaré en este whisky aguado, pero me da igual. Como si tuviera algo que perder. La consciencia estaría bien. Podría empezar por perder la consciencia. Voy camino de ello. 

Antes de verla, la olí. Se sentó en la banqueta de al lado, pero la ignoré deliberadamente. Lo último que quería era conversación. Seguimos así un rato más, pero no se iba. Notaba sus ojos fijos en mí, pero yo seguía a lo mío, cada vez con más torpeza, he de confesar. Ya no sé quien bebía más. Mi camisa o yo. 

Sé lo que escondes.

Pfffff. ¿Eeeeh? La miré con mis ojos desenfocado. ¿Qué dice ésta? ¡Vaya! Y estaba buena. ¿Era el alcohol o parecía brillar la cabrona? Mi polla hizo un amago de levantamiento, pero no. Ahí se quedó la pobre, más ebria de alcohol que de sangre bombeante. Sí que estaba buena.

Y entonces todo se volvió oscuro.

La esperanza

Abrí los ojos con mucho esfuerzo. Me sentía como si mil pájaros carpinteros picaran sobre mi cabeza. 

Bienvenido al mundo de la vigilia... Riot el Grande.

Hacía muchísimo que nadie me llamaba así. No me hizo especial ilusión.

Lo de grande me queda muy grande grazne con risa amarga. 

Pretendía ser gracioso. Lo juro. Pero la beldad que se alzaba ante mí, en el cuartucho del motel de mala muerta, me observaba con la mirada cargada de censura. Ahora no me parecía brillante ni nada de eso. Pero seguía estando buena. 

Soy Tría se presentó con su nombre secreto, y con tono impaciente—, hechicera caza demonios.

¡Oooh! Qué impresionante. Ni siquiera moví un musculo de la cara. Nos quedamos un buen rato en silencio. Sólo mirándonos. Y yo aproveché para tomarle las medidas. Me encanta la ropa ultra estrecha que suelen vestir estas hechiceras guerreras de sectas secretas. Evitan agarres inoportunos en sus peleas contra el mal y no dejan nada a la imaginación.

Como yo no decía nada, prosiguió con su discurso. 

Lo sé todo sobre ti. 

Eso era mucho decir. 

Conozco tu fulgurante carrera militar y tu caída a los infiernos…

No lo sabía ella bien. 

Cuando conociste a Bietka. 

Joder, pues a lo mejor sí que lo sabía. Me puse en alerta.

Tranquilo, puedes confiar en mí. Soy la persona que va a conseguir tu libertad me aseguró mientras un fulgor de orgullo asomaba a sus ojos azules. Algo se removió en mi interior y me hizo sentir un poco incómodo.

Estuvimos charlando mucho tiempo. Era tan enérgica, como impulsiva. Tan joven… Daba gusta verla en su papel de salvadora convencida. Yo también fui así durante un tiempo. Siempre lo somos cuando nos acaban de captar.

Mi bella hechicera me prometió tantas cosas con su voz dulce y sugerente que casi me sentí transportado a otros tiempos. Otros en los que yo también era joven e impulsivo y me movía por el honor de la secta.

Al final me fui de su habitación con la promesa de que la recibiría en mi cochambroso hogar al día al siguiente.

El amor

Me lo había currado muchísimo para dar un aspecto presentable a mi pocilga. Hasta había comprado telas de esas que les gustan a las mujeres, con colorines y bordados. Y los había colgado por todas partes ocultando las ajadas paredes y puertas.

Ahí estaba Tría, contándome su plan para hacer salir a Bietka de su cubil y acabar con ella, aprovechando que así perdería todo su poder. No podía menos que admirar su inteligencia y creo que pasé más tiempo preso de su expresión decidida que escuchándola activamente. Vaaale, alguna vez se me cayó la vista a las tetas. ¿Y qué? Pero no se dio cuenta. Quería aparentar para ella el caballero que una vez fui.

Perdona, necesito ir al baño. ¿Te importa indicarme dónde está? —Interrumpió mi línea de pensamiento.

Claro. Está ahí. Tras la puerta entelada de rojo.

La hechicera no perdió mucho tiempo admirando la belleza de la tela, con la de pasta que me había costado. Entró apresuradamente acuciada por su necesidad fisiológica.

No tardé mucho en escuchar una conocida voz muy cerca de mi oído.

Te has superado. Estaba deliciosa. Ven a recibir tu premio.

Una sonrisa ladeada apareció en mi rostro. Me dirigí al portal oculto con telas rojas.

Vale. Es una jodida demonio sin sentimientos ni corazón que me había atrapado en su maldición, pero, qué le voy a hacer, nadie elige de quien se enamora. ¿Verdad?


sábado, 25 de diciembre de 2021

El caldo de Navidad


El frío se cuela hasta mis huesos. Mal día para perderse en una montaña sin cobertura. Menudas Navidades. Peor de lo que pensaba. Salgo del infierno familiar, alegando un viaje a última hora, y me caigo directamente a una ladera congelada a pocos minutos del anochecer.

—Mira, ahí. ¿No ves algo? —Mi pareja actual (no me suelen durar mucho) me señala a lo lejos y distingo algo marrón entre tanta nieve. Con lo bien que estaba delante de la chimenea, ¿Cómo me dejé convencer para ir a dar una vuelta? A veces por no oírle hago estas locuras. 

El caso es que tiene razón. Ahí delante hay algo y puede que tenga calefacción o mantas en su interior. Sin contestarle, tengo demasiada ira concentrada en él ahora mismo, me encamino al lugar señalado.

Nos cuesta un poco llegar. Nadie se ha molestado en despejar el camino hacia la destartalada cabaña. Al acercarnos, un olor muy agradable se cuela en mis fosas nasales y hace que me suenen las tripas. Mi futuro ex novio se ríe bajito, pero no se atreve a comentar nada. No hace mucho que salimos, pero ya conoce de sobra mis explosiones de mal humor.

Golpeo la puerta con los nudillos con demasiada fuerza y me hago daño, lo que me pone aún de peor ánimo. Viva el espíritu de la Navidad. Yuju.

Afortunadamente, no tardan mucho en abrirnos. Tampoco creo que haya mucha distancia que recorrer dentro de esa casucha. Un personaje, que bien podría confundirse con el gordo de rojo, asoma su barba blanca por el dintel y se queda mirándome sin proferir palabra.

—Eeeh. Nos hemos perdido… —comienzo, titubeando e intentando componer una sonrisa que no se vea demasiado falsa.

—Estábamos dando un paseo y nos hemos desorientado —toma la palabra mi acompañante. Dios, no sé qué pude ver en él. Es irritante—. ¿Podría indicarnos el camino correcto hacia el hotel rural o el pueblo?

—O podría dejarnos entrar para calentarnos un poco que ya no veo ni la punta de mi nariz, ¡moriré congelada si sigo un segundo más aquí fuera! —dramatizo de forma exagerada, interrumpiendo a mi chico bruscamente. Me mira medio raro, pero me da igual. Donde las dan las toman.

El abuelo no dice esta boca es mía. Tan sólo se aparta y nos invita a entrar con un gesto vago. El olor se intensifica. Hace que me sienta extraña. Como en casa, pero no en la casa de ahora, en la que convivo con unos padres inaguantables y el molesto hermano que, como yo, aún no ha podido volar del nido por falta de recursos. 

Aparto esos pensamientos y me tiro como si no hubiera un mañana al lado de la estufilla que preside la habitación a la que accedemos. Cuando por fin entro algo en calor, me fijo en lo que me rodea. Todo está bastante desordenado, pero el conjunto da sensación de confort, con muebles viejos y cómodos colocados despreocupadamente allá donde miro, y montañas y montañas de libros por todas partes. Paz, silencio y millones de páginas que devorar. Yo sería feliz aquí. 

Hasta puedo entrever la cama en un rincón, sepultada también bajo gruesos volúmenes que prometen mil y una aventuras. A la estancia sólo dan dos puertas, que supongo que serán el acceso al baño y a la cocina. El chico que me acompaña no tarda en sentarse en un sofá de orejas altas, que no pega ni con cola con el resto del mobiliario, ni en color ni en forma. Se le ve tan a gusto que hasta se coge la confianza de curiosear ojeando páginas de aquí y allá.

Con una de las puertas he acertado de pleno porque, en ese momento, nuestro benefactor sale de ella con un humeante cuenco en cada mano. De nuevo, ese olor, que me llena de emociones encontradas. Un aroma que llega hasta mí y se posa en mis manos, cuando el personaje me da uno de ellos sin mediar palabra. Casi sin mirarme. Luego hace lo mismo con mi acompañante, que lo recibe encantado. Le da las gracias y lo sopla con una expresión de felicidad en su rostro. Corriente y sin nada que resaltar, como todo él.

Me concentro en mí misma y observo un rato el espeso caldo antes de decidirme a probarlo. En cuanto traspasa mi garganta un bombardeo de recuerdos me golpea sin piedad: risas se entremezclaban con villancicos cantados a voz en grito, ruidos de carreras por el pasillo, mi madre pidiendo calma, mi padre haciéndola rabiar, los olores de la cocina… y, entre ellos, ese olor, el del caldo que tengo entre mis manos. Justo ese mismo olor. ¿Cómo podía ser? Cada Navidad mi casa se llenaba de ese olor por todos los rincones y encendía..., ¿qué es lo que enciende? ¿Nuestro espíritu navideño? Pero yo ya no tengo ilusión por esas tonterías, ya no soy una niña… Ya no… 

Bruscamente, vuelvo a la habitación de la cabaña. Es tan repentino que me mareo. Menos mal que estoy sentada y sólo tengo que lamentar unas pocas gotas del caldo que van a parar a mi abrigo. Cuando llevo el cuenco de nuevo a mis labios me doy cuenta de que tengo las mejillas húmedas. ¿Estaba llorando? Avergonzaba echo un rápido vistazo a mi alrededor para comprobar que nadie se ha percatado de mi momento de debilidad. Y, entonces, me llevo la segunda sorpresa. Él también está llorando, el chico que hacía tan sólo un momento estaba pensando en dejar archivado en antiguas relaciones. Vuelve en sí dando un respingo y se pone colorado hasta las orejas cuando se da cuenta de que le estoy observando. Aparta la mirada y la clava en el cuenco.

Un impulso me lleva a apurar lo que me queda del caldo y a sentarme a su lado. Le cojo una mano con las mías y me aprieto contra su cuerpo buscando calor, pero no como el que pueda dar la calefacción, una chimenea o una estufa, sino uno más humano. Él también suelta el cuenco, ya vacío, en una mesita y me pasa el brazo libre por los hombros. No creo que tardáramos mucho en quedarnos dormidos.

Me despierta la luz que se cuela por las rendijas de las persianas. Alguien nos ha tapado con una gruesa manta. Me duele todo el cuerpo después de tantas horas en una postura tan extraña. Pero, por otro lado, a pesar de que la estufa parece llevar varias horas apagada, siento un calorcillo que viene de mi interior y que me hace sentir muy bien. 

Miguel abre los ojos en cuanto me siente removerme. No sé si ya estaba despierto o he sido yo quien le ha sacado de los brazos de Morfeo. Tiene las mejillas encendidas y sonríe con los ojos y la boca a la vez. Está distinto. O yo le veo distinto.

No encontramos a nuestro Papa Noel de anoche por ningún sitio, así que decidimos intentar volver por nuestra cuenta al hotel. Le dejamos un mensaje escrito en la nieve, aunque seguramente se habrá borrado antes de que vuelva. A saber dónde se ha ido. A comer con su familia seguramente.

Milagrosamente, aparece una línea en el móvil de Miguel y nos da la cobertura justa para orientarnos con su gps, con bastante dificultad, pero por fin estamos en el camino correcto. En poco más de un par de horas encontramos el hotel. 

—Oye —Le paro antes de entrar—. Estoy pensando… Aún me da tiempo de llegar a comer a casa… —Miguel se rasca la barbilla antes de contestar.

—¿Sabes? Yo estaba pensando en lo mismo. ¿Te dejo en tu casa? Me han entrado unas ganas locas de abrazar a mi madre…