martes, 25 de noviembre de 2025

El kitsch y el mal gusto: tarea 3. Te odio, te amo

Disparador de escritura:

- "Durante la noche oigo la voz de un enemigo temible; al amanecer, esa misma voz es la de mi esposa"


La primera noche que la oí me costó darme cuenta de que hablaba de mí. “Te odio”, susurraba entre gemidos, “Ojalá estuvieras muerto”. Se agitaba entre las sábanas con patente desesperación, dándome accidentales golpes de vez en cuando. Eso fue lo que me despertó, no sus susurros empapados de desprecio. Preocupado le acaricié un brazo, intentando reconfortarla en su sueño. “Te odio, Pablo”, ahí fue cuando escupió mi nombre, salpicando las comisuras de sus labios de gotitas de saliva llenas de rencor.

Me quedé de piedra. La sacudí suavemente hasta que abrió los ojos. “Estabas hablando en sueños”, le dije. “Tuve una pesadilla horrible, cariño”, me aseguró ella, “Menos mal que me has despertado. Me abrazó y volvió a dormirse. No le di importancia. 

Al día siguiente todo trascurrió de forma normal. Me sonreía y me miraba con adoración, como venía siendo habitual. Era imposible que no me amara. Eso pensé.

Pero a la noche siguiente se repitió el episodio, con más violencia. “Te odio”, susurraba mientras lanzaba sus puños al aire. “Cómo te odio”, insistía con vehemencia. La abracé sin despertarla y se tranquilizó.

Al día siguiente comencé a encontrarme mal. Ella se preocupó muchísimo, pero, qué podía decirle. La mujer de la noche y la mujer del día no parecían ser la misma persona. No sabía hasta qué punto dar importancia a sus pesadillas. Después de todo, obedecen al subconsciente. ¿Me amaba? ¿Me odiaba? La observé durante todo el día y no pude advertir ninguna señal que no fuera de cariño y admiración. Lo dejé pasar.

Esa noche volvió a regalarme sus muestras de hostilidad onírica. Y la siguiente, y la siguiente. Su aborrecimiento hacia mi persona crecía cada noche, igual que lo hacía su amor cada mañana. Me planteé consultar a un psicólogo a sus espaldas. No quería preocuparla. La angustia y el insomnio que me producía la situación comenzaban a pasarme factura.

Sus “Te odio” me retumbaban en la cabeza como los martillazos de una obra molesta. Pero esa noche, hubiera dado todo por volver a oírlos de sus labios. “Te mataré”, gruñó, en cambio, con gran hostilidad. “aunque tarde días, semanas, meses o años, pero tengo que verte muerto”. La sangre se me heló en las venas. La preocupación se tornó en algo mucho peor que me retorcía las entrañas. O era otra cosa la que estaba causando estragos en mi estómago.

Le conté mis preocupaciones a mi mejor amigo, pero él se rio en mi cara. “Mírala, está loca por ti”, me aseguró refiriéndose a la mujer que resplandecía entre los invitados a la barbacoa sin apartar su dulce mirada de mí. Dulce y ¿envenenada? Sentí ganas de vomitar y corrí al baño a vaciar las deliciosas chuletas, chorizos y morcillas en la taza del váter. Cuando volví, mi mujer me cuidó solícita. Mi amigo me lanzó una significativa mirada. ¿Quién dudaría del sincero afecto de esta mujer encantadora?

Ya no como en casa. Me invento mil excusas y pretextos para pasar fuera el mayor tiempo posible. Pero sigo encontrándome cada vez peor. Ella está preocupada. Lo noto. Me pregunta qué me pasa, cómo puede ayudarme, por qué la estoy alejando. Le respondo con silencio y, cuando el sol se esconde, aguanto sus insultos, sus amenazas y su rechazo mientras duerme a mi lado. La amo y la temo. Cada noche oigo la voz de un enemigo temible; al amanecer, esa misma voz es la de mi cariñosa y abnegada esposa.


viernes, 21 de noviembre de 2025

El kitsch y el mal gusto: tarea 3. Innovación ritual

 Disparador de escritura:

- "Aprendí a cortarme los dedos con una tijera de podar; dije los dedos, no las uñas"


—Y con Yahoo preguntas aprendí a cortarme los dedos con una tijera de podar; dije los dedos, no las uñas —aclaré, por si acaso.

—Pero ¿por qué estabas buscando cómo cortarte los dedos con una tijera de podar? —me preguntó mi compañero abriendo mucho los ojos.

No se podía negar que había conseguido sorprenderlo.

—Evidentemente, no estaba buscando eso. Estaba buscando como cortar dedos en general. Siempre lo hago mal y me cuesta mucho partir las malditas falanges.

Seccionar los dedos de los sacrificios era la mejor manera de recoger su sangre teñida con lenta agonía. Supuestamente, la mejor tinta para escribir los símbolos y letanías primigenios, pero ¿quién sabe? Los textos que hemos encontrado hasta ahora no son muy precisos o están escritos en lenguas olvidadas o no humanas imposibles de descifrar. Y hay que confesar que, hasta ahora, los resultados han sido cuanto menos decepcionantes.

En los ojos de mi interlocutor se leía una total incomprensión hacia mis palabras. No era de extrañar. No lo consideraba la oveja más lista del rebaño. Por eso mismo lo había elegido para esta conversación. Si podía convencer a alguien para probar el novedoso giro que se me había ocurrido para la ejecución de los rituales, era a él.

—Me alegro de que te hayas decidido a aprender a hacerlo bien, porque dejas todo hecho un desastre cuando te toca a ti —opinó de la forma más desafortunada y ofensiva.

Contuve mi gruñido a tiempo. Ni que él lo hiciera mucho mejor. Bueno, sí. Hay que reconocer que tiene un don para encontrar la articulación y que utiliza la daga con suma pericia. Yo, en cambio, me llevé parte de una de mis yemas en la última invocación. ¡Y pude notarlo! La presencia, una chispa de divinidad y sabiduría infinita. Tan leve, tan mínima, que sólo yo me di cuenta. El resto de los acólitos mostraban la misma cara de decepción de siempre.

Así que investigué. Encontré esa curiosa respuesta en Internet, busqué a su autor y di con el caso de su misteriosa y espeluznante desaparición. Para mí que transcendió de plano. Qué afortunado. Pero ponerme a seccionar mis propias falanges a lo loco no es mi estilo, así que necesito una cobaya que me asegure el éxito.

El problema es que mi cobaya no parecía muy convencida de sumarse al experimento. 

—Piénsalo. A lo mejor, por sacrificio, las escrituras se refieren al nuestro propio y no a los desgraciados que hemos recogido en las calles—argumenté con vehemencia —. Quizá no se trate de que vengan a nosotros, sino de ir nosotros donde están ellos.

Mi interlocutor frunció el ceño, pero me estaba escuchando con interés. Al menos estaba logrando que lo considerara. Sonrió de forma siniestra, como hacemos todos. Es un requisito imprescindible para convertirse en sectario del culto de las Estrellas.

—Me corto un dedo, si te lo cortas tú primero —me propuso con un tonito irritante.

Que cabrón. Pues al final no va a ser tan tonto como parece. Voy a tener que dejarlo en tablas con él. Al menos, por ahora.


miércoles, 19 de noviembre de 2025

El kitsch y el mal gusto: cuarta clase

En la trayectoria del héroe a través de los mitos (tragedia griega), ese héroe estaba por encima de dónde estaba el espectador normal, pero un poquito por debajo de los dioses. El espectador purgaba todos sus males sociales a través de las vivencias del héroe. Es lo que se llama la catarsis final.

En la comedia el personaje principal está a la misma altura que el espectador para que pueda reírse de si mismo. Es un espejo del espectador. En realidad, existe un sufrimiento por parte del espectador, pero se ríe porque no le queda más remedio. Se ríe por no llorar.

Ej: el esperpento de Valle-Inclán.

Para reírse de uno mismo antes hay que reconocer que estás metido en ese fango.

Zombie de Chuck Palahniuk

El planteamiento de este relato se enmarca en la postmodernidad, momento en que se cae la utopía del ser humano ideal. Lo tienen todo, pero se sienten vacíos. No llenan su existencia y se aburren, con lo que caen en el consumismo, drogas recreativas… Surge una autoexigencia de destacar. Hoy en día se vende la idea de las redes sociales de una felicidad que sólo es fachada, pero que es la que triunfa como ventana al mundo.

Palahniuk genera un relato en el que el tono es muy importante, si reconocemos como tono los elementos lingüísticos que dan una determinada entonación en la lingüística. Este autor usa un tono muy directo y ese tono genera la verosimilitud de lo que está contando, aunque sea algo increíble.

Concepto de verosimilitud: Lo que el narrador está contando te tiene que convencer. Tiene que resultarte creíble y que está sucediendo o podría llegar a suceder.

En este cuento, Palahniuk te vende la moto.

Ej. Revolutionary road, película.

En esa época surgen voces femeninas, como las de Sylvia Plath y Anne Sexton, que se revelan ante su destino de madres y amas de casa a través de sus obras, pero acaban suicidándose por sentirse incapaces de vivir en esa sociedad.

Entonces llega la contracultura de los años 60.

No existe una definición definida de tras, es un concepto ambiguo.


El gordo, Raymond Carver

El autor utiliza un estilo de escritura reiterativo (dijo…digo…digo…) que encuentra su reflejo en la respiración con resoplidos del gordo.

El gordo come con ansiedad y gusto, disfrutando. Habla de sí mismo en plural. El narrador te pone en escena con este recurso y hace que te preguntes si se le murió alguien o si le dejó su mujer y se refiere a sí mismo en plural por costumbre. Pero no se profundiza en la figura del gordo, sino en la de la camarera. La historia principal se centra en la relación entre la camarera y su marido. Te planeta cual es la relación entre ambos e, incluso se insinúa una relación extramatrimonial del marido con otra camarera. En el relato se platea si realmente quiere tener hijos con él, si quiere engordar con le embarazo. Todo se lo cuenta a una amiga que no está enterando de nada sobre la reflexión de la protagonista, que la vista del gordo le remueve algo por dentro, pero su amiga se queda sólo con lo anecdótico. Se va presentando al personaje de la camarera a través de la forma como sirve al gordo. Nos damos cuenta de que su relación de pareja está rota y de que está pensando en dejar a su marido.

Este relato no causa repulsión como el de Pollock, es más metafórico, más expresionista.

Ej: Estado de conservación de Raymond Carver

Mecánica popular de Raymond Carver

Su poesía es igual que su narrativa, aunque un poco más metafórica, pero también muy descarnada.

Ej. La Oda a Antonio Machado es en realidad el poema de Raymond Carver titulado Ondas de radio (Radio Waves), que fue escrito en homenaje a Machado. En él, Carver habla directamente con Machado, mencionando la influencia de sus poemas en su vida, cómo lo ayudó a dormir y a pensar, incluso recordándole la importancia de "estar atento" a la vida y a uno mismo.

Carver plantea situaciones cotidianas, prescinde de argumentos complejos. Los diálogos con importantes le interesan las emociones de los personajes. Carver sigue la línea de Chejov.

Sobre la mitad del siglo XIX surge Edgard Allan Poe transformando el relato. Lleva a sus personajes al extremo con finales imprevistos. Escribe sobre cotidianidad tocada por elementos fantásticos. Escribe en perspectiva del final.

A finales del siglo XX, surge Chejov con sus relatos breves en los que da mucha fuerza a los diálogos. No le interesa la complejidad del argumento ni las descripciones largas para crear ambiente. La trama va avanzando a través del diálogo. Le interesa, sobre todo, los personajes: como se perciben y cómo son percibidos.

Chejov también era el maestro de Ernest Hemingway: “Escribo con la teoría del Iceberg. Lo que cuento es la parte de arriba, pero debajo hay muchísima información oculta también muy importante”. Es la teoría de que existe un cuento A, que es el que se cuenta al lector, y un cuento B, que es el que conoce sólo el autor y que es lo que le sirve para montar el primero, que sólo muestra una pequeña parte de un todo mucho mayor.

El narrador lo sabe todo, peor no tiene por qué contar todo.

Carver, en sus relatos, juega con el lector espera que pase algo, que nunca llega a pasar.

La generación de escritores de Carver es la del movimiento de Realismo sucio. Los autores expresan un realismo ensuciado por la propia condición de los personajes. Son obreros. La realidad está sucia por la vida misma. También se les llaman minimalistas americanos porque usan un lenguaje sencillo. No hay adorno en el lenguaje, ni en el estilo. Es directo. La ambientación es muy poca, pero contundente.

Ej: Colinas como elefantes blancos de Ernest Hemingway

Ej. Las once mil vergas (Les Onze Mille Verges), una novela erótica de Guillaume Apollinaire (año1910). Es muy directa y bastante trash. Produjo un gran escándalo. Apollinaire la escribió influido por el Marqués de Sade. Tema: delimitación de lo erótico por tres cosas: obsceno, pornográfico y sexual. Esta distinción existe, pero es muy subjetiva.


Tarea: disparador de escritura:

- "Aprendí a cortarme los dedos con una tijera de podar; dije los dedos, no las uñas"

- "Durante la noche oigo la voz de un enemigo temible; al amanecer, esa misma voz es la de mi esposa"


martes, 11 de noviembre de 2025

El kitsch y el mal gusto: tarea 2 bis. El intruso molesto


Cerré los ojos, por fin. El día había sido largo y necesitaba la salvación, que me traería la bendita inconsciencia del sueño, como agüita de mayo. Me dejé llevar, pero mi hundimiento placentero fue interrumpido por una molestia mínima. Insignificante. Pero totalmente inoportuna.

Pensé que acabaría con ella con un simple rascado en la zona afectada y rasqué, rasqué, rasqué… hasta que emergió la primera gota de sangre. 

Ahora lo que sentía era dolor, aunque, curiosamente, molestaba menos que el irritante picor. Cambié de postura y me dispuse a descansar plácidamente, de nuevo. Un leve dolorcillo no me impediría acudir a mi cita con Morfeo.

Pero, entonces, volví a notar esa terrible picazón. Esta vez en el dorso de la mano.

Armándome de paciencia, froté la zona con la yema de los dedos para evitar otra herida. En vano. Casi sin darme cuenta ya volvía a clavarme las uñas con desespero. 

No acababa de levantarme de nuevo la piel, cuando otro pinchazo en el empeine del pie me sobresaltó. ¡pero qué clase de mosquito puede atravesar un edredón nórdico! Porque no me cabía duda de que mi enemigo era un ridículo, minúsculo, fácilmente aplastable y terriblemente ruidoso mosquito.

Debía de rondarme el oído porque su zumbido se volvió ensordecedor. Di un manotazo a lo loco, que impactó en mi oreja, calentándomela casi al mismo nivel que mi creciente cabreo. El sacrificio habría valido la pena, si hubiera acabado con la vida de ese miserable, pero el zumbido persistía. De hecho, fue en aumento y acabó con un molestísimo pinchazo en la mejilla derecha. Y otro en el brazo. Y en la muñeca. Empezaba a plantearme si me habría convertido en el restaurante de moda de una banda de glotones bebedores de sangre.

Me levanté decidido a poner punto final a la batalla, a la guerra y a lo que hiciera falta, mientras me rascaba compulsivamente, llevándome más piel bajo las uñas.

Salí al pasillo, buscando el arma definitiva. La que me daría una victoria aplastante. De regreso al dormitorio, blandí épicamente el bote de veneno antimosquitos y lo vacié profusamente jurando en arameo. Eso sí, bajito. Que no quería despertar a mi mujer. Siempre se levanta con mucha mala leche y ya lo que me faltaba.

Todo en vano. Un inoportuno ataque de tos la hizo incorporarse y abrir los ojos con tan mala suerte que le acerté de lleno. Pero ¡a quién se le ocurre ponerse delante de un espray antimosquitos!

Sus chillidos me asustaron tanto que solté el bote.

—Pero ¡qué coño haces! —gritó, histérica. 

Me acerqué para ayudarla, pero se movió otra vez de forma imprudente y me metió un codazo directo a la nariz, que me dejó fuera de combate durante unos minutos. Mis juramentos adquirieron un volumen mucho más alto.

La vi avanzar, a tientas, por el pasillo, rumbo al baño, pero no sé qué más haría, porque mi atención se desvió hacia el maldito zumbido, que volvía rondar mi oreja. ¡Y otro picotazo! Deseé tener otro par de brazos para poder llegar a rascarme más zonas de mi cuerpo.

Escuché el agua del grifo del baño correr, entremezclada con los lloriqueos de mi mujer y los improperios e insultos que me estaba dedicando de forma injusta.

—La culpa es del puto mosquito —le aclaré.

—Tú eres gilipollas —aclaró ella.

Qué poco comprensiva. Al menos, ya podía encender la luz sin molestar a nadie y buscar a ese maldito cabrón. Cuando lo pillara, pensaba arrancarles las alas y las patas, una a una, muy lentamente.

Mi mujer salió el baño y pegó otro chillido de esos que hacen añicos los cristales. ¿Y a ésta que le pasaba ahora? Estaba rompiendo mi concentración en la caza del puto bicho. Tenía que reventarlo antes de que acabara desangrándome.

Pero todo pasó a un segundo plano cuando reparé en sus ojos de vampira. Cualquiera diría que le iban estallar en cualquier momento.

—¿Qué te ha pasado? Estas bañado en sangre —me señaló.

Con el fragor de la batalla ni me había dado cuenta de la hemorragia nasal que se había venido a sumar a mis múltiples heridas por rascado furioso.

—Pues tú te pareces a Momo —contrataqué.

—¿La de Michael Ende?

—No, la creepypaste esa que viene a matarte.

—¡Vete a la mierda!

—Donde nos vamos a ir es a urgencias —dictaminé yo mientras comenzaba a ponerme ropa de calle.

Con un poco de suerte, el mosquito se habría muerto de viejo cuando volviéramos.


viernes, 7 de noviembre de 2025

El kitsch y el mal gusto: tarea 2. La felicidad no vende


Se llevó la taza a los labios y bebió en pequeños sorbos, quemándose la lengua. Ardía como el demonio. La depositó frente ella con demasiada fuerza, derramando parte del contenido sobre la cascada mesa de la cafetería, llena de raspones, manchas indefinidas y algunos mensajes y dibujitos obscenos, cortesía de mentes calenturientas de visita reciente.

Un olor a fritanga le revolvió aún más el estómago. Un ramalazo de bilis con sabor a vómito le trepó por la garganta. Bajó el mal trago con otro sorbo de café que le escaldó el esófago. Volvió a colocar la taza frente a ella, esta vez con más éxito. Un sándwich mixto languidecía sobre un plato descascarillado. No sabía por qué lo había pedido si no iba a ser capaz de tragarlo.

Alzó los ojos y lo vio sentado frente a ella; serio, enjuto, todo líneas y vértices. No lo había sentido llegar. Se removió inquieta, despegando los sudorosos muslos desnudos del asiento de plástico.

El desconocido siguió inmóvil y en silencio, frente a ella. Totalmente inexpresivo.

—Oiga —le interpeló, molesta —. Hay mesas libres por allá.

Le hubiera gustado sonar más autoritaria, pero el leve temblor de su voz sugería una personalidad más bien insegura. Quizá, por eso mismo, el desconocido ni se inmutó.

Se llevó una taza de café a los labios y se entretuvo en degustarla sin prestar atención a su interlocutora, que comenzaba a plantearse una huida cobarde.

—Cómo echo de menos un buen café irlandés —se lamentó, apretando la taza entre unas manos grandes y huesudas.

Ella observó con asco la gruesa línea de nata, que se había quedado en el fino labio superior de su impuesto acompañante, que no parecía tener la más mínima intención de limpiarse.

—¿No es justo lo que está bebiendo? —inquirió, arrepintiéndose en el acto de dirigirle la palabra. 

Lo último que quería era llamar la atención de ese sujeto.

—No, esto es sólo una triste descripción de la sombra de un café irlandés —explicó, más para sí mismo que para ella.

Ella torció el gesto y se dispuso a cambiar de mesa.

—Espera, Diana.

Oír su nombre la paralizó en un paso intermedio entre estar sentado y de pie. ¿Cómo lo sabía? ¿Le conocía de algo? Rebuscó en su memoria en vano. Se acordaría de un personaje tan peculiar, que parecía real, pero a la vez no.

» No te vayas —Era una orden.

Una que no quería obedecer, pero aun así se sentó de nuevo.

» Te debo una disculpa.

—¿A mí? —Era lo último que esperaba oír ese día.

—Sí, a ti —confirmó fijando su vista directamente en las dilatadas pupilas de la ajada joven, a la que se le escapó una risita triste. 

Sería la primera vez en la vida que alguien se disculpaba con ella y ni siquiera era capaz de comprender el motivo. Es que no lo había. No conocía de nada a la persona que parecía irradiar un aura de compasión y pena hacia ella por todos sus poros.

Volvió a beber, pero más para ganar tiempo que porque, en realidad, lo deseara. Afortunadamente, el café se había enfriado lo suficiente y no volvió a escaldarse.

—De nada —volvió a hablar el desconocido.

Ella abrió mucho los ojos.

—¿Por? —No pudo evitar preguntar.

—Por enfriar tu café.

No entendía nada, pero tampoco era capaz de levantarse y abandonar el bar.

» Y, perdóname por haberte hecho sufrir así. Por crearte tan patética, débil a las tentaciones y presa de tus inseguridades; por hacer que tus acciones llevaran a tu padre a una muerte prematura, por impulsar a tu exnovio a violarte, por el aborto que has sufrido, por obligarte a meter a tu hermano en las drogas, por empujar las cosas al límite en cada capítulo…

—¡Basta! —chilló saturada y muerta de miedo.

¿Cómo sabía ese tipo todo eso? ¿Qué clase de psicópata acosador había atraído? ¿Por qué no podía salirle nada bien? Ella sólo quería ser feliz.

—La felicidad no vende —aseguró su interlocutor, leyéndole la mente.

La frase lapidaría acabó de romperla.

Miró a su alrededor buscando la ayuda del resto de los parroquianos. A la fuerza tenían que haberse dado cuenta de que necesitaba que la salvaran, pero no había nadie.

Habían desaparecido, junto con el ruido del ambiente, el olor a fritanga y las moscas que revoloteaban cerca de la barra. Incluso la luz de los fluorescentes del techo parecía haberse atenuado.

Un sudor frío recorrió la nudosa espalda.

—¿Quién coño eres? —exigió saber.

—Soy tu creador

—¿Dios?

—No, no soy Dios. Soy el autor. Soy quien se ha inventado tu vida, los conflictos, tus antagonistas y todos los obstáculos que has ido encontrando hasta llegar hasta aquí.

—Mentira —negó en un gemido agónico —. Tendrías que estar muy enfermo para inventarte una vida tan miserable como la mía.

Él se rio abiertamente.

—Qué equivocada estás. Los enfermos son los lectores que siempre piden más drama, más tragedia, más agonía… Les encanta sufrir.

Diana notó como algo se rompía en su cabeza.

—¿Me estás diciendo que no existo de verdad?

—Sólo entre mis páginas.

—Entonces, si hago esto, ¿no está sucediendo en realidad?

Veloz como el rayo, agarró el cuchillo, que le habían colocado junto al plato, y se lo clavó con todas sus fuerzas en el ojo. El globo ocular reventó con el sonido de una ventosa, cuando se despega de una superficie, y un líquido viscoso se deslizó por la mejilla del desconocido.

—Exacto —le explicó él, armándose de paciencia —. Ni siquiera me duele.

Dana sacó el cuchillo de la cuenca y lo clavó en la mano que el sujeto tenía sobre la mesa.

—¿Esto tampoco te duele?

Él negó con un movimiento de cabeza.

—Entonces, ¿no te importará que continúe? —chilló desquiciada mientras sacaba y hundía el cuchillo en varios puntos del cuerpo del extraño, haciendo brotar chorros de sangre con mayor o menor grado de presión, dependiendo de lo cercana que estuviera la herida del corazón.

El arma improvisada se le acabó resbalando de entre los dedos y Diana recurrió a sus dientes, desgarrando piel y carne con cada dentellada. Sentada ya a horcajadas en el regazo de su oponente, la emprendió sin piedad con la cara, cuello y hombros del autoproclamado autor.

El regusto metálico y la textura de los trozos de carne, que iba escupiendo al mismo ritmo que los arrancaba, acabó por producirle unas violentas arcadas, que desembocaron en un ridículo vómito, propio de un estómago vacío. Se arrepintió de no haberse comido el sándwich mixto para poder vomitárselo en la cara a ese ser cruel que venía a decirle que todo lo que le había pasado en su vida había salido directamente de su imaginación.

El hombre no se resistía a sus ataques y la dejaba hacer con su único ojo fijo en ella. De todas maneras, ya no podría decirle más barbaridades. Le había cercenado un buen trozo de lengua con sus incisivos. El rugoso apéndice se le quedó atascado en la garganta.

El ahogo la despertó en un desesperado intento por respirar, pero ya era tarde. No era lengua lo que le obstruía las vías, sino su propio vómito.

Murió miserablemente, igual que vivió. Y la historia de su vida ni siquiera llegó a las librerías.

El autor borró la novela de su disco duro porque no acababa de convencerle la construcción de su personaje protagonista.


miércoles, 5 de noviembre de 2025

El kitsch y el mal gusto: tercera clase

 El sentido de lo bello ha ido cambiando con el tiempo, junto con los cambios que va sufriendo la cultura. Desde el concepto de Apolíneo de la antigua Grecia se han dado ciertos cambios según la demanda y carencias del ser humano.

El decadentismo del siglo XIX desembocó en el feísmo, aunque hay antecedentes que datan de fechas anteriores al siglo XIX, por ejemplo, Francoise Vellon, del que ya hablamos en una sesión anterior y que pertenece a la Edad Media, en el que la ideología se basaba en que el ser humano vive en valle de lágrimas en espera de la recompensa divina prometida de la otra vida. Vellón se reía de la sociedad que le tocó vivir.

En el siglo XIX se publican Las flores del mal de Baudelaire, que es un culto a lo feo y a la tristeza. Se pone de moda el viajero dentro de su propia ciudad. Edgard Allan Poe inauguró este movimiento del viajero en su propia ciudad con “El hombre en la multitud”.

Baudelaire reflexiona sobre la parte fea de París y lo vuelve estéticamente bello. Rompe con el Romanticismo e inaugura el Simbolismo.

Arthur Rimbaud, siguió esta tendencia con su Venus Anadiomena, un poema en el que describe a una mujer fea y enferma de una forma muy bella. Surge un nuevo referente cultural.

Trash significa basura en inglés. No es un subgénero. Se relaciona con un tipo de literatura basura de mala calidad, pero también tiene mucho que ver con otro tipo de literatura que coge lo desagradable y sucio como temas de sus textos. Éste es un Trash interesante que rompe con los moldes más canónicos. El narrador cuenta las cosas que suceden sin eufemismos, de forma directa y sin “paños calientes”.

El realismo sucio norteamericano se compone de obras realistas que hablan de realidades sucias. Ejemplos de este movimiento literario son Richard Ford y Raymond Carver.

Existe un subestilo llamado White Trash que trata sobre una realidad problemática y desagradable de la población blanca estadounidense. En los años 50 se tenía el pensamiento de que la piel negra era señal de fracaso y con este estilo literario se pone de manifiesto que también hay una población blanca que no puede entrar En el sistema y eso genera mucha tensión. El sistema no logra contentar a la población.

La literatura genera emociones, como todo en el arte. Las emociones son más espontáneas y los sentimientos son más duraderos. Dentro de los sentimientos encontramos a las emociones. Las emociones que provoca el arte no tienen por qué ser necesariamente de alegría. El ser humano puede sentir gozo con emociones como el miedo, incluso con le asco y la angustia.

“El mono gramático”, Octavio Paz.

El escritor se esconde detrás del narrador. La máscara del escritor es importante para poder escribir cualquier cosa sin límites morales o de valores.

Hay que mostrar, no contar. Todo está al servicio de mostrar un retazo.

Determinismo social.

Roland Bartes, “El informante”, la información que no parece muy relevante puede dar una información importante para entender algo.

“El gordo”, Raymond Carver.

Al Trash le interesa dar una bofetada de la realidad.

Guillaume Apollinaire, Charles Bukowski… Miguel Delibes con su “Santos inocentes” o Camilo José Cela con su “La familia Pascual Duarte” forman parte del Tremendismo español.

Crear un ambiente en las descripciones es importante. Hay que hablar de otros sentidos, además del de la vista para que le lector no solo lo visualice, sino que crea sentirlo y le envuelva. Pero deben ser pinceladas que no ralenticen al autor.

“La ducha”, Charles Bukowski.

En la narración hacen falta elementos de ficción, no funciona sólo lo real.

El Trash es una actitud.

Tarea: Escribir una escena Narrativa produzca asco, angustia y/o ira.

Leer el relato “Zombie” de Chuck Palahniuk.