Se llevó la taza a los labios y bebió en pequeños sorbos, quemándose la lengua. Ardía como el demonio. La depositó frente ella con demasiada fuerza, derramando parte del contenido sobre la cascada mesa de la cafetería, llena de raspones, manchas indefinidas y algunos mensajes y dibujitos obscenos, cortesía de mentes calenturientas de visita reciente.
Un olor a fritanga le revolvió aún más el estómago. Un ramalazo de bilis con sabor a vómito le trepó por la garganta. Bajó el mal trago con otro sorbo de café que le escaldó el esófago. Volvió a colocar la taza frente a ella, esta vez con más éxito. Un sándwich mixto languidecía sobre un plato descascarillado. No sabía por qué lo había pedido si no iba a ser capaz de tragarlo.
Alzó los ojos y lo vio sentado frente a ella; serio, enjuto, todo líneas y vértices. No lo había sentido llegar. Se removió inquieta, despegando los sudorosos muslos desnudos del asiento de plástico.
El desconocido siguió inmóvil y en silencio, frente a ella. Totalmente inexpresivo.
—Oiga —le interpeló, molesta —. Hay mesas libres por allá.
Le hubiera gustado sonar más autoritaria, pero el leve temblor de su voz sugería una personalidad más bien insegura. Quizá, por eso mismo, el desconocido ni se inmutó.
Se llevó una taza de café a los labios y se entretuvo en degustarla sin prestar atención a su interlocutora, que comenzaba a plantearse una huida cobarde.
—Cómo echo de menos un buen café irlandés —se lamentó, apretando la taza entre unas manos grandes y huesudas.
Ella observó con asco la gruesa línea de nata, que se había quedado en el fino labio superior de su impuesto acompañante, que no parecía tener la más mínima intención de limpiarse.
—¿No es justo lo que está bebiendo? —inquirió, arrepintiéndose en el acto de dirigirle la palabra.
Lo último que quería era llamar la atención de ese sujeto.
—No, esto es sólo una triste descripción de la sombra de un café irlandés —explicó, más para sí mismo que para ella.
Ella torció el gesto y se dispuso a cambiar de mesa.
—Espera, Diana.
Oír su nombre la paralizó en un paso intermedio entre estar sentado y de pie. ¿Cómo lo sabía? ¿Le conocía de algo? Rebuscó en su memoria en vano. Se acordaría de un personaje tan peculiar, que parecía real, pero a la vez no.
» No te vayas —Era una orden.
Una que no quería obedecer, pero aun así se sentó de nuevo.
» Te debo una disculpa.
—¿A mí? —Era lo último que esperaba oír ese día.
—Sí, a ti —confirmó fijando su vista directamente en las dilatadas pupilas de la ajada joven, a la que se le escapó una risita triste.
Sería la primera vez en la vida que alguien se disculpaba con ella y ni siquiera era capaz de comprender el motivo. Es que no lo había. No conocía de nada a la persona que parecía irradiar un aura de compasión y pena hacia ella por todos sus poros.
Volvió a beber, pero más para ganar tiempo que porque, en realidad, lo deseara. Afortunadamente, el café se había enfriado lo suficiente y no volvió a escaldarse.
—De nada —volvió a hablar el desconocido.
Ella abrió mucho los ojos.
—¿Por? —No pudo evitar preguntar.
—Por enfriar tu café.
No entendía nada, pero tampoco era capaz de levantarse y abandonar el bar.
» Y, perdóname por haberte hecho sufrir así. Por crearte tan patética, débil a las tentaciones y presa de tus inseguridades; por hacer que tus acciones llevaran a tu padre a una muerte prematura, por impulsar a tu exnovio a violarte, por el aborto que has sufrido, por obligarte a meter a tu hermano en las drogas, por empujar las cosas al límite en cada capítulo…
—¡Basta! —chilló saturada y muerta de miedo.
¿Cómo sabía ese tipo todo eso? ¿Qué clase de psicópata acosador había atraído? ¿Por qué no podía salirle nada bien? Ella sólo quería ser feliz.
—La felicidad no vende —aseguró su interlocutor, leyéndole la mente.
La frase lapidaría acabó de romperla.
Miró a su alrededor buscando la ayuda del resto de los parroquianos. A la fuerza tenían que haberse dado cuenta de que necesitaba que la salvaran, pero no había nadie.
Habían desaparecido, junto con el ruido del ambiente, el olor a fritanga y las moscas que revoloteaban cerca de la barra. Incluso la luz de los fluorescentes del techo parecía haberse atenuado.
Un sudor frío recorrió la nudosa espalda.
—¿Quién coño eres? —exigió saber.
—Soy tu creador
—¿Dios?
—No, no soy Dios. Soy el autor. Soy quien se ha inventado tu vida, los conflictos, tus antagonistas y todos los obstáculos que has ido encontrando hasta llegar hasta aquí.
—Mentira —negó en un gemido agónico —. Tendrías que estar muy enfermo para inventarte una vida tan miserable como la mía.
Él se rio abiertamente.
—Qué equivocada estás. Los enfermos son los lectores que siempre piden más drama, más tragedia, más agonía… Les encanta sufrir.
Diana notó como algo se rompía en su cabeza.
—¿Me estás diciendo que no existo de verdad?
—Sólo entre mis páginas.
—Entonces, si hago esto, ¿no está sucediendo en realidad?
Veloz como el rayo, agarró el cuchillo, que le habían colocado junto al plato, y se lo clavó con todas sus fuerzas en el ojo. El globo ocular reventó con el sonido de una ventosa, cuando se despega de una superficie, y un líquido viscoso se deslizó por la mejilla del desconocido.
—Exacto —le explicó él, armándose de paciencia —. Ni siquiera me duele.
Dana sacó el cuchillo de la cuenca y lo clavó en la mano que el sujeto tenía sobre la mesa.
—¿Esto tampoco te duele?
Él negó con un movimiento de cabeza.
—Entonces, ¿no te importará que continúe? —chilló desquiciada mientras sacaba y hundía el cuchillo en varios puntos del cuerpo del extraño, haciendo brotar chorros de sangre con mayor o menor grado de presión, dependiendo de lo cercana que estuviera la herida del corazón.
El arma improvisada se le acabó resbalando de entre los dedos y Diana recurrió a sus dientes, desgarrando piel y carne con cada dentellada. Sentada ya a horcajadas en el regazo de su oponente, la emprendió sin piedad con la cara, cuello y hombros del autoproclamado autor.
El regusto metálico y la textura de los trozos de carne, que iba escupiendo al mismo ritmo que los arrancaba, acabó por producirle unas violentas arcadas, que desembocaron en un ridículo vómito, propio de un estómago vacío. Se arrepintió de no haberse comido el sándwich mixto para poder vomitárselo en la cara a ese ser cruel que venía a decirle que todo lo que le había pasado en su vida había salido directamente de su imaginación.
El hombre no se resistía a sus ataques y la dejaba hacer con su único ojo fijo en ella. De todas maneras, ya no podría decirle más barbaridades. Le había cercenado un buen trozo de lengua con sus incisivos. El rugoso apéndice se le quedó atascado en la garganta.
El ahogo la despertó en un desesperado intento por respirar, pero ya era tarde. No era lengua lo que le obstruía las vías, sino su propio vómito.
Murió miserablemente, igual que vivió. Y la historia de su vida ni siquiera llegó a las librerías.
El autor borró la novela de su disco duro porque no acababa de convencerle la construcción de su personaje protagonista.