viernes, 10 de octubre de 2025

El kitsch y el mal gusto: tarea 1. Descripción de una estancia


El salón atacó a todos mis sentidos a traición, sin piedad, devastando mi capacidad de concentración y produciéndome un ligero dolor de cabeza martilleante. Sobre todo, se cebó con el de la vista. Mis ojos parecían arder ante tal profusión de colores entremezclados y desorganizados, aparentemente, sin seguir un orden ni un criterio básico de combinación y buen gusto al uso.  “La Tentación”, de Kaka de Lux, con una jovencísima Alaska a la guitarra, sonaba de fondo, aportando una psicodélica banda sonora a un escenario que rallaba lo absurdo. 

Me centré en lo que tenía delante, procurando buscarle algún sentido al amasijo de cosas que pugnaban por reinar a la vez en mi atención. Los sillones, o sillas con pretensiones, estaban formados por gruesas líneas rojas acolchadas, que prometían tanta suavidad y sensaciones mullidas como dolores de espaldas, de lumbares y cervicales. Parecía imposible llegar a alcanzar una postura cómoda entre sus lineales formas entrelazadas. Sendos cojines coronaban las supuestos zonas de reposo de pompis poco ambiciosos de dos de los, cuanto menos, originales, asientos. ¿Cuál de ellos era más inquietante? No sabría decirlo. La competición por cual molestaba más a mi sencillo gusto minimalista era feroz. Quizá fuera el del perro con collarín y ojos tan saltones que daban la impresión de que se saldrían de sus orbitas en cualquier momento, rebotando contra el parqué de lamas alargadas y color cerezo. Lo único en toda la estancia que me daba un respiro. O, quizá, el de la tal Lily, que mostraba tal postura que, a las claras, daba a entender que en breve dejaría caer una ominosa y fragante boñiga canina para tapar el olor a rancio y a plástico que emanaba de algún lugar incierto, que no lograba identificar. Probablemente, de la imponente recreación de la torre Eiffel, que se alzaba, a modo de mesa central, entre las estructuras rojas, como un símbolo de que, para alcanzar la libertad, hay que sudar sangre. Cómo yo, que ahora mismo, daría hasta un tercio de la mía por escapar de semejante batiburrillo caótico y desenfrenado de formas y colores.

Al fondo de este sinsentido, y en total contraste, vi un mueble de madera de nogal y líneas claras y concisas, de esas que uno no espera encontrar en un estilo decorativo tan abigarrado y peculiar como éste, y que bien podría pertenecer a otra época. Tan correcto me parecía que me molestaba encontrarlo entre tanta aberración. Afortunadamente, estropeaba su carácter sobrio una serie de ridículas fotografías y figuritas, lideradas por un soberbio busto del señor de las sombras por excelencia. Él es la venganza, él es la noche, él es ¡Batman! Busqué su equivalente en la figura que no es un pájaro, no es un avión, es ¡Superman! Y me decepcionó mucho no encontrarlo. Lo que sí ocupaba un digno primer plano era la figura gigante de un duro y anguloso mecha japonés, bastante parecido al nostálgico Mazinger Z, pero con claras diferencias que me hacían pensar en una interpretación libre del famoso personaje de anime.

Y qué decir de las paredes. La verdad es que no sabría ni por donde empezar. Caladas, blancas y con un terrible complejo de horror vacui que tiraba para atrás. Cuadros y láminas se apelotonaban sin orden ni concierto, enmarcados y sin enmarcar, peleando por dar preponderancia a su estilo sobre otros, totalmente diferentes en su forma, tiempo y concepción.

Un regusto a casposo, hortera y a “demasiado en general” se instaló en mi garganta, regurgitando una pequeña parte del café con tostada que acababa de desayunar. Me pareció muy oportuno, ya que completaba el cuadro de sentidos que estaba experimentando.


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